Hace dos semanas Milei publicó una columna en el Financial Times —co-firmada con su ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger— y el mundo se dio vuelta a mirar a la Argentina. Propuso algo que no tiene precedentes directos en ninguna legislación consolidada: crear “corporaciones no humanas”, entidades con personería jurídica operadas íntegramente por agentes de inteligencia artificial, donde los accionistas humanos pueden participar pero no son obligatorios. Cero regulación previa. Libertad total. Argentina como paraíso global de la IA.
Es, probablemente, uno de los debates más relevantes sobre tecnología y derecho de los últimos años. Y pocos lo están leyendo con la profundidad que se merece.
La respuesta de Yuval Noah Harari fue inmediata y filosa. En el mismo diario británico, el autor de Sapiens advirtió que darle personería jurídica a la IA equivale a entregar “una llave maestra” a entidades que no pueden ir presas, no sienten miedo y no le rinden cuentas a nadie con su cuerpo ni su libertad. Y eligió una metáfora devastadora: Milei, escribió, aspira a convertir a Buenos Aires en una nueva Ámsterdam —el centro financiero que floreció gracias a la Compañía Holandesa de las Indias Orientales y su invención de la sociedad de responsabilidad limitada—. Pero corre el riesgo de convertirla en una nueva Batavia, la ciudad indonesia que esa misma compañía arrasó en 1619 para construir su imperio.
La metáfora es brillante. Pero tiene un problema serio.
Los holandeses hubiesen arrasado Batavia de todos modos
Lo que Harari no dice —y lo que la historia sí dice— es que la violencia colonial no nació con la sociedad anónima. Los holandeses no necesitaban una innovación jurídica para destruir Jayakarta. Los portugueses ya habían hecho lo mismo en Goa y Malaca décadas antes, sin ninguna estructura corporativa moderna. Los españoles arrasaron Tenochtitlán con una bula papal y un puñado de conquistadores endeudados. La brutalidad imperial es anterior al capitalismo, anterior a la responsabilidad limitada, anterior a cualquier forma societaria.
Lo que la Compañía de las Indias Orientales hizo no fue inventar la depredación: fue darle una estructura más eficiente para escalar. Y esa distinción importa enormemente, porque obliga a hacerse la pregunta correcta. El problema nunca fue la herramienta legal en sí. El problema fue —y sigue siendo— qué controles le ponemos.
Si aceptamos esta lectura, la advertencia de Harari sigue siendo valiosa pero se desplaza. El riesgo no está en crear entidades autónomas con personería jurídica. Está en crearlas sin mecanismos de gobernanza que estén a la altura de su poder.
Dos formas de pensar el futuro: el miedo versus la arquitectura
La conversación global sobre inteligencia artificial está dominada por una sola voz: la del miedo. Nick Bostrom, el filósofo sueco que escribió Superintelligence en 2014, instaló la idea de que la IA es un riesgo existencial, una fuerza que podría superar nuestra capacidad de control y, en el peor escenario, destruirnos. Su influencia es enorme: el tono precautorio de buena parte de la conversación global —incluida la regulación europea— tiene ecos de esa tradición. Harari, en muchos sentidos, piensa desde el mismo lugar.
Pero existe otra tradición, menos conocida y mucho más concreta. Elinor Ostrom, economista estadounidense y Premio Nobel de Economía 2009, dedicó su carrera a estudiar cómo las comunidades humanas gobiernan recursos compartidos sin privatización total ni control estatal. En Governing the Commons (1990) documentó casos que funcionan desde hace siglos: praderas alpinas en Suiza gestionadas colectivamente desde 1224, tribunales de riego en Valencia que operan sin interrupción desde el año 960. Lo que Ostrom encontró no fue idealismo: fue arquitectura institucional. Reglas claras, monitoreo entre pares, sanciones graduales, resolución rápida de conflictos.
La diferencia entre Bostrom y Ostrom no es solo académica: es la diferencia entre pensar la IA como una amenaza que hay que contener y pensarla como un recurso compartido que hay que gobernar. Uno lleva a la parálisis o a la prohibición. La otra lleva al diseño de instituciones. Y es exactamente en esa segunda tradición donde se inscribe uno de los trabajos intelectuales más ambiciosos que existen hoy sobre cómo darle personería jurídica a agentes autónomos.
Un paper publicado en abril de este año por Emiliano Kargieman, fundador de Satellogic —la empresa argentina de microsatélites que el mes pasado alcanzó una valuación de 1.400 millones de dólares— propone lo que llama “Entidades Legales Autónomas” (ALE). Lejos de lo que podría sugerir el nombre, estas entidades tendrían más capas de control que una sociedad anónima tradicional, no menos: un steward council —un directorio humano— con poder de veto y capacidad de revertir decisiones algorítmicas, seguros obligatorios proporcionales al riesgo, sistemas de arbitraje que resuelven disputas en horas, y un kill-switch que apaga automáticamente la operación cuando se superan ciertos umbrales de riesgo. El proyecto que Milei envió al Congreso se inspiró en estas ideas, pero las simplificó. Y ahí está el nudo.
Córdoba tiene con qué
Lo que pocos fuera de la provincia dimensionan es que Córdoba no mira este debate desde la tribuna. La economía del conocimiento es hoy la tercera industria provincial, con más de 2.900 empresas y 57.000 empleos según datos del gobierno provincial. El Córdoba Cluster, con 25 años de trayectoria y más de 350 organizaciones, proyecta a las empresas de la economía del conocimiento cordobesa al mundo: del Mobile World Congress de Barcelona al Argentina Day en Nueva York, donde la CaCEC, la Cámara de Comercio Exterior de Córdoba, posiciona al talento local en los mercados más exigentes. Las universidades forman profesionales en ciencia de datos e inteligencia artificial con estándares competitivos a nivel global.
Y lo digo desde la experiencia: como Chief AI Officer en una empresa cordobesa de CX Tech, trabajo todos los días con agentes conversacionales que toman decisiones operativas sin intervención humana en tiempo real. Estoy experimentando con pequeñas organizaciones autónomas, embriones de lo que esta legislación busca encuadrar. Los agentes de IA son una realidad del día a día, no una promesa de futuro.
Pero hay que ser honestos: todavía no son independientes. Estos agentes resuelven problemas complejos con una eficacia que a veces asombra, pero también se confunden con situaciones triviales que cualquier persona resolvería sin pensar. La madurez tecnológica actual no alcanza para la autonomía plena. Sin embargo, el advenimiento de agentes verdaderamente autónomos y altamente eficientes está a la vuelta de la esquina. Justamente por eso la discusión sobre qué marco legal les damos no puede esperar: cuando lleguen, las reglas ya tienen que estar escritas.
Si Argentina se convierte en la primera jurisdicción en ofrecer un marco legal serio para entidades autónomas, Córdoba tiene la densidad empresarial, el talento y la cultura de innovación para ser uno de sus epicentros. No es voluntarismo: es infraestructura que ya existe.
La SoberanIA, sí, escrito así
Hay un punto que casi nadie está poniendo sobre la mesa y que es, quizás, el más importante de todos. Mientras discutimos si las entidades autónomas deben tener personería jurídica, estamos ignorando una pregunta previa: ¿sobre qué infraestructura van a funcionar?
Mientras escribo esta nota, la administración Trump acaba de imponer controles de exportación sobre los modelos más avanzados de Anthropic —Mythos 5 y Fable 5—, restringiendo el acceso a gobiernos, empresas e individuos fuera de Estados Unidos. Anthropic tuvo que desactivar los modelos para todos sus clientes del mundo. De un día para el otro. Sin negociación. Sin transición.
Pensémoslo así: si Argentina construye un ecosistema de entidades autónomas cuyo cerebro depende de modelos de inteligencia artificial controlados por otro país, lo que tiene no es autonomía sino dependencia con otro nombre. Es como construir toda la economía energética de un país sobre un gasoducto que pasa por territorio ajeno. El Estrecho de Ormuz de la inteligencia artificial ya no es una metáfora: es algo que puede pasar cualquier lunes a la mañana con un correo del Departamento de Comercio de Estados Unidos.
Esto no invalida la oportunidad. La refuerza, pero la condiciona. Cualquier marco legal serio para entidades autónomas tiene que incluir la pregunta por la soberanIA tecnológica: cuáles son los modelos de IA sobre los que operan estas entidades, quién los controla, dónde están alojados, y qué ocurre si mañana un gobierno extranjero decide cortar el acceso. Si no incorporamos esta dimensión al diseño, no estamos construyendo el futuro: estamos alquilándolo.
Estar a la altura del momento
Hay instantes en la historia que solo se dimensionan mucho después. Cuando Gutenberg imprimió su primera Biblia, nadie entendió que estaba empezando la Reforma, la ciencia moderna y la democratización del conocimiento. Cuando ARPANET conectó cuatro computadoras en 1969, nadie imaginó que estaba naciendo la infraestructura de la economía global del siglo XXI.
Lo que está ocurriendo ahora con la inteligencia artificial es uno de esos momentos. Y lo que se decida en estos meses sobre cómo encuadrar legalmente a los agentes autónomos va a recordarse dentro de décadas como un acto fundacional o como una oportunidad que dejamos pasar.
Argentina tiene hoy una ventana que pocos países tienen. Tiene la audacia política de abrir un debate que nadie más se animó a abrir. Tiene talento intelectual de primer nivel. Tiene un ecosistema tecnológico maduro, especialmente en Córdoba. Lo que todavía falta es la sabiduría colectiva para no confundir velocidad con improvisación, ni prudencia con parálisis.
El punto no es si las empresas con operaciones autónomas van a existir. Ya existen, en formas embrionarias, en Córdoba y en el mundo. La pregunta es si vamos a estar a la altura de lo que la historia nos está pidiendo.
Fabio Grigorjev se desempeña como Chief AI Officer (CAIO) en la empresa tecnológica Evoltis










Dos economistas acaban de publicar una prueba matemática de que la IA destruirá la economía. No podría. No tal vez. Lo hará — si nada cambia. El artículo se titula «The AI Layoff Trap». Publicado el 2 de marzo de 2026. Wharton School, Universidad de Pensilvania. Universidad de Boston. Revisado por pares. Modelado matemáticamente. La conclusión es una sola oración. «En el límite, las empresas automatizan su camino hacia una productividad ilimitada y una demanda cero». Una economía que produce todo. Y lo vende a nadie. Aquí está cómo llegar ahí. Una empresa despide a 500 trabajadores y los reemplaza con IA. Un competidor despide a 700 para mantenerse al día. Otra despide a 1.000. Cada empresa se comporta racionalmente. Cada empresa sigue los incentivos correctamente. Y cada empresa está construyendo una trampa para sí misma. Porque los trabajadores que fueron despedidos también eran clientes. Cuando pierden sus empleos más rápido de lo que la economía puede absorberlos, dejan de gastar. La demanda del consumidor cae. Las empresas responden recortando costos —lo que significa automatizar más trabajadores— lo que significa menos gasto —lo que significa más caída de la demanda— lo que significa más automatización. El ciclo no tiene salida natural. Los investigadores probaron cada solución propuesta. Ingreso básico universal. Impuestos sobre la renta del capital. Participación en equidad para trabajadores. Programas de reconversión laboral. Acuerdos de coordinación corporativa. Todas fallaron en el modelo. La única intervención que funcionó: un impuesto pigouviano a la automatización —un gravamen por tarea cobrado cada vez que una empresa reemplaza a un humano con IA, obligándolas a incluir en el precio la demanda que están destruyendo antes de apretar el gatillo. Ningún gobierno lo ha implementado. Ninguna economía importante lo está discutiendo seriamente. Mientras tanto, los números ya están siguiendo la curva. 100.000 trabajadores tecnológicos despedidos en 2025. 92.000 más en los primeros meses de 2026. Jack Dorsey despidió a la mitad de la fuerza laboral de Block y dijo públicamente: «Dentro del próximo año, la mayoría de las empresas llegará a la misma conclusión». Nadie está haciendo nada mal. Las empresas están siguiendo sus incentivos a la perfección. Ese es exactamente el problema. Comportamiento racional. A escala. Simultáneamente. Sin ningún mecanismo para detenerlo. Dos economistas construyeron las matemáticas. Las matemáticas llevan a un solo lugar. Fuente: Falk & Tsoukalas · Wharton School + Boston Universit
Muy buena nota. Para los abogados, el tema deja una inquietud de fondo: la inteligencia artificial ya no puede pensarse solo como una herramienta auxiliar, sino como una infraestructura generativa capaz de producir efectos jurídicos, económicos y sociales relevantes.
Esto implica una transformación epistemológica novedosa: el derecho ya no enfrenta únicamente actos humanos mediados por herramientas, sino sistemas capaces de producir, recomendar, decidir o ejecutar operaciones con impacto normativo.
La IA no es sujeto de derecho, pero sus resultados pueden incidir en contratos, responsabilidad, prueba, administración pública, decisiones empresariales y acceso a derechos. Ahí aparece el verdadero problema jurídico: cómo imputar responsabilidad, garantizar trazabilidad, preservar soberanía tecnológica y evitar que funciones estratégicas dependan por completo de infraestructuras opacas o extranjeras.
Quizás el debate no sea únicamente si pueden existir empresas operadas por agentes autónomos, sino qué estatuto jurídico corresponde darle a la IA como insumo crítico. No como persona, sino como infraestructura generativa digital de interés público, sometida a un régimen jurídico sui generis.
Genial que se haya un espacio para difundir y debatir estos temas. Estoy muy de acuerdo con la visión acá planteada, pero eso es en parte por sesgo de conocer a Fabio y la clase de persona que es y por mi propio apetito al riesgo tecnológico.
Concuerdo con Harari en muchos aspectos, pero creo que en este caso es tan disruptiva la nueva realidad, que la visión de un historiador puede quedarse miope.