Difíciles de querer: cuando la identidad deja de construir puentes

Cada Mundial vuelve a mostrar la pasión inagotable de los argentinos. También aparecen voces que dicen: "No los soportamos". ¿Cómo puede una identidad tan potente despertar admiración y, al mismo tiempo, rechazo? La neurociencia, la construcción de sintonía y el liderazgo ofrecen una explicación que va mucho más allá del fútbol: cuando la pertenencia crece sin tender puentes, la conexión empieza a romperse.

Nosotros, los hinchas argentinos.

Nosotros, los hinchas argentinos.

Cuando vemos a un argentino festejar, hay algo que nos conmueve. «Argentina, no lo entenderías» nos gusta decir. Es una frase que repetimos con orgullo y sentido de pertenencia. Pero también marca una distancia difícil de atravesar. Nos coloca en un lugar de excepcionalidad, como si hubiera una manera de sentir, de celebrar y de vivir reservada solo para quienes nacimos de este lado de la frontera.

Acá nosotros: los que cantamos durante noventa minutos, los que llenamos calles para recibir a la Selección, los que emocionamos a artistas de todo el mundo por nuestra energía que dicen no haber visto en ningún otro lugar.

Allá, los otros: los que «no entienden». Los que no sienten igual. Los que quedan fuera de ese nosotros.
Y ahí aparece la paradoja. Esa identidad que hacia adentro nos une y nos emociona puede producir hacia afuera el efecto contrario. Empiezan a aparecer comentarios como «son demasiado» o «qué pesados». Lo que para unos es pasión, para otros puede convertirse en distancia. ¿Qué pasó? ¿En qué momento aquello que más admiramos de nosotros mismos empezó a dificultar el encuentro con los demás?

La respuesta, quizás, no esté en el fútbol.

Las neurociencias muestran que nuestro cerebro está diseñado para sincronizarse con otros. Daniel Goleman llama resonancia a esa capacidad de generar un estado emocional compartido. Cuando un líder es resonante, crea confianza, entusiasmo y la sensación de estar construyendo algo juntos.

Pero existe también la disonancia. Aparece cuando la distancia emocional es tan grande que el otro deja de sentirse convocado y comienza a protegerse. Ya no hay encuentro: hay separación. No depende solo de cuánta emoción expresamos, sino de si esa emoción todavía permite construir un puente.

En comunicación esto se llama rapport. Es la capacidad de crear sintonía. No consiste en esperar que el otro venga hasta nuestro mundo, sino en acercarnos primero al suyo. Adaptar el lenguaje, encontrar puntos en común, escuchar antes de explicar. Eso hacen los grandes comunicadores. Y también los grandes líderes.

Durante este Mundial vimos escenas maravillosas: policías del país anfitrión bailando con hinchas argentinos, personas de distintas culturas abrazándose con nuestra camiseta, como sucede desde hace años en Bangladesh. ¿Qué pasó ahí? Dejamos de intentar demostrar quiénes somos y empezamos a compartir una experiencia. La celebración dejó de ser una frontera para convertirse en una invitación. No es la intensidad lo que aleja, es la distancia que esa intensidad genera.

El problema aparece cuando confundimos identidad con superioridad. Porque pertenecer es una necesidad humana fundamental. Nos organiza, nos da sentido y construye comunidad. Pero toda identidad muy fuerte tiene una sombra: empieza a definir quién pertenece… y quién queda afuera.

En Conversar para Crear sostengo que ninguna conversación empieza cuando hablamos. Empieza cuando decidimos desde dónde vamos a mirar al otro. Por eso, antes de comunicar conviene preguntarnos: ¿quién tengo enfrente?, ¿qué necesita para encontrarse conmigo?, ¿qué puedo hacer yo para reducir la distancia? Es cierto, en un mundial, tal vez la hinchada no vaya pensando “¿Cómo construyo puentes con un colombiano o con un suizo?”.

Pero esta lógica no vale solo para un estadio, se expande en cada ámbito de nuestras vidas. Pasa en las empresas: Equipos que desarrollan una identidad tan fuerte que dejan de escuchar a otras áreas. Profesionales convencidos de que todos deberían entender su lenguaje. Líderes que creen que repetir con más intensidad hará que el mensaje llegue mejor.

Y olvidan algo fundamental: la comunicación como competencia estratégica del liderazgo, no se mide por lo que uno dice, sino por el encuentro que logra generar.

Construir sintonía exige algunos gestos simples: mirar antes de hablar, escuchar antes de explicar, encontrar coincidencias antes de marcar diferencias, adaptar el lenguaje al destinatario y regular la intensidad. No para dejar de ser apasionados, sino para que esa pasión pueda ser compartida.

Tal vez la pasión argentina siga siendo una de nuestras mayores fortalezas. Sería una pena perderla. Pero también sería una pena que se transformara en una barrera.

Como líderes, como equipos y como sociedad, siempre podemos elegir. Podemos seguir esperando que los demás se adapten a nuestra intensidad o dar el primer paso y construir un puente.

Porque la identidad da pertenencia y la sintonía permite construir comunidad. Cuando la identidad deja de tender puentes, empieza a levantar fronteras. Toda identidad necesita fronteras para existir. Pero toda conversación necesita puentes para crecer.

 

Soledad Venier es Comunicadora I Facilitadora de Conversaciones estratégicas de líderes y equipos I Autora de Conversar para Crear

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