Durante décadas, la FIFA cultivó la ficción cuidadosamente construida de ser una organización apolítica. El fútbol, repetían sus dirigentes, debía mantenerse al margen de los conflictos internacionales, las disputas ideológicas y las luchas de poder. Naturalmente, nunca fue cierto. Los Mundiales de Mussolini, la utilización propagandística de México 1970, la dictadura argentina de 1978, entre otros, demuestran que el campeonato más importante del planeta siempre fue también un escenario de disputa geopolítica. Lo novedoso del Mundial de 2026 no es, entonces, la irrupción de la política sino que esa política ya ni siquiera intenta ocultarse.
La intervención de Donald Trump para influir en una decisión disciplinaria de la FIFA no significa un simple escándalo deportivo. Se trata, a estas alturas, de un síntoma de un cambio mucho más profundo que tiene que ver con la progresiva subordinación de las instituciones globales a la lógica del liderazgo personal y del espectáculo político.
Durante buena parte del siglo XX, las organizaciones internacionales construyeron su legitimidad alrededor de procedimientos. No importaba tanto quién ocupaba el cargo sino el respeto por las reglas. La promesa del orden liberal internacional era, precisamente, la de tener instituciones relativamente autónomas de los gobiernos nacionales. Hoy ocurre exactamente lo contrario. Lo que importa es quién tiene acceso directo al líder.
La llamada telefónica sustituye al reglamento y la amistad reemplaza al procedimiento. La excepción desplaza a la norma. En este sentido, la FIFA ya se parece bastante menos a una federación deportiva y más a una gran plataforma global administrada por relaciones personales. No debería sorprender. La propia evolución del capitalismo apunta en esa dirección. El poder económico contemporáneo se organiza cada vez menos alrededor de mercados competitivos y cada vez más mediante plataformas que administran accesos privilegiados. La política internacional parece estar recorriendo un camino similar.
Trump entiende perfectamente ese lenguaje. Su forma de ejercer el poder nunca consistió en fortalecer instituciones sino en convertir cada decisión en una negociación personal. El Estado deja de funcionar como una burocracia para transformarse en una red de vínculos donde todo depende de la cercanía con el líder. No es casualidad que esa lógica encuentre un terreno fértil en la FIFA.
Desde hace décadas la organización funciona como una estructura profundamente personalista. Los grandes presidentes de la entidad -desde João Havelange hasta Joseph Blatter y Gianni Infantino- construyeron su poder menos sobre mecanismos transparentes que sobre complejas redes de favores, apoyos políticos y distribución de recursos. La diferencia es que antes esas relaciones permanecían relativamente ocultas. Ahora se exhiben casi con orgullo. El Mundial de 2026 representa, además, una mutación geopolítica.
Durante buena parte de la posguerra, el fútbol internacional constituyó una expresión del multilateralismo. La FIFA intentaba equilibrar intereses europeos, sudamericanos, africanos y asiáticos bajo una retórica de igualdad entre federaciones. La organización del torneo en Estados Unidos, Canadá y México ya simbolizaba un desplazamiento hacia una lógica más integrada al mercado norteamericano. Pero la creciente centralidad de la Casa Blanca introduce el regreso explícito del poder estatal como actor directo dentro del espectáculo deportivo global.
Mientras la diplomacia tradicional negocia tratados, la política-espectáculo disputa cámaras. Por eso el Mundial adquiere un valor estratégico comparable al de una cumbre internacional o una gran exposición universal. La FIFA, por su parte, parece cada vez menos preocupada por preservar su autonomía institucional. Su principal objetivo consiste en garantizar un producto global exitoso, atractivo para patrocinadores, plataformas audiovisuales y gobiernos anfitriones.
El problema es que, cuando una institución sacrifica la apariencia de imparcialidad, comienza a erosionar el capital simbólico que sostiene su autoridad. Las reglas del fútbol son aceptadas porque se presume que se aplican de manera uniforme. Si esa presunción desaparece, el deporte empieza a perder aquello que lo distingue de cualquier otro espectáculo: la incertidumbre sobre el resultado. Tal vez ese sea el verdadero riesgo que enfrenta la FIFA.
No el escándalo de una llamada telefónica. Sino la percepción creciente de que las decisiones ya no responden exclusivamente al reglamento sino al peso político de quienes participan del torneo. El Mundial siempre fue una representación del orden internacional de su época. En 1934 reflejó el ascenso del fascismo. En 1978 mostró la convivencia entre deporte y autoritarismo. En 1994 celebró la globalización liberal.
Quizá el Mundial de 2026 termine siendo recordado como el primer Mundial plenamente posliberal. Un torneo donde las instituciones importan menos que los líderes, donde la influencia pesa más que el procedimiento y donde el fútbol confirma que el siglo XXI ya no se organiza alrededor de reglas universales, sino de relaciones personales capaces de alterar, en tiempo real, incluso aquello que parecía más sagrado: el resultado de un partido.









