Si el fútbol fuera un deporte racional, Argentina habría resuelto el partido ante Egipto, sin sufrir, en el primer tiempo. Pero el fútbol, cuando juega la Selección, se rige por las leyes del realismo mágico. Lo que vivimos en esos 20 minutos finales no fue un partido táctico; fue un exorcismo colectivo, la manifestación más pura de la «Infartoneta», ese equipo que te pasea por el cielo de la confianza para después soltarte la mano y obligarte a rezar.
Las redes sociales fueron el termómetro exacto de nuestra salud cardiovascular. En cuestión de segundos, los memes pasaron de la soberbia futbolera al pánico absoluto. Twitter (X) se inundó de imágenes de ambulancias, electrocardiogramas colapsados y la infaltable «banda del palo santo» activándose en cadena nacional. Casas enteras sahumadas de urgencia, congelando nombres de jugadores egipcios en el freezer, cambiando de lugar en el sillón por cábala absoluta. La mística pagana puesta al servicio de once tipos corriendo detrás de una pelota (y explicando por qué el fútbol es mucho más que eso).
Porque en el fondo de cada cabeza argentina había un pensamiento insoportable, una injusticia cósmica que la historia no podía permitir: no podía ser así la despedida de Lionel Messi de los Mundiales. El fútbol le debía la paz, pero el destino —que tiene algo de argentino y, por ende, dramático— exigía que el guion tuviera épica. No se podía ir por la puerta de atrás; tenía que ser con el barro al cuello, con el corazón en la boca, con la certeza de que cada pelota recuperada valía una vida. Cada lágrima suya al final, también fueron nuestras.
¿Merecemos vivir así el fútbol? ¿Es un karma? Quizás no sea un castigo, sino nuestra forma de ser y de sentir. Somos una sociedad entrenada en la resiliencia, experta en atar las cosas con alambre y en pelearle a las crisis hasta el último minuto. Por eso, cuando la Selección juega con el corazón en la mano, con una actitud que roza la locura y nos regala los 20 minutos más desquiciados de la historia de los mundiales, nos reconocemos en ellos.
Creo que no elegimos sufrir, pero elegimos no ser indiferentes. Hoy no habrá otro tema de conversación, posiblemente nos duela el pecho, el palo santo siga humeando y el café de la mañana tenga gusto a alivio. Porque sobrevivimos una vez más. Porque somos argentinos, y si no se sufre, no vale. Y el sábado… el sábado estaremos dispuestos a estar otra vez con el corazón en la mano… y el magiclick en la otra.
