El terremoto que sacudió Venezuela dejó miles de víctimas. Miramos espantados los videos de gente escapando en medio de derrumbes, las imágenes satelitales que muestran la destrucción, familias buscando a sus seres queridos y rescatistas trabajando contra reloj. Mientras tanto, el número de muertos sigue aumentando y, aunque las cifras marcan la dimensión de la tragedia, también la deshumanizan. El problema es que cuando las víctimas se cuentan de a miles, la estadística termina convirtiendo vidas en números.
Quizás esa sea una de las razones por las que, frente a una tragedia de semejante magnitud, sentimos la necesidad de encontrarle un sentido, porque nos cuesta aceptar que una desgracia pueda ser simplemente una desgracia. Buscamos una explicación que alivie el desconcierto y esa búsqueda de consuelo es profundamente humana.
Hace casi tres siglos, otro terremoto volvió a poner en el centro una pregunta tan antigua como la humanidad. En 1755, Lisboa quedó devastada por uno de los mayores desastres de la historia europea. En apenas unos minutos, la ciudad quedó reducida a escombros. Las estimaciones varían, pero se calcula que perdieron la vida entre 15.000 y 60.000 habitantes en una ciudad que apenas superaba los 200.000. Mientras Leibniz sostenía que vivíamos en «el mejor de los mundos posibles», Voltaire respondía con un poema dedicado a la catástrofe y luego con Cándido. Su pregunta era tan simple como devastadora: ¿cómo podía un Dios infinitamente bueno y todopoderoso permitir semejante desastre? ¿Qué sentido tenía hablar de un plan perfecto mientras miles de personas permanecían sepultadas bajo los restos de la ciudad?
Tres siglos después, reflexionamos sobre lo mismo. Voltaire rechazaba la pretensión de explicar el sufrimiento desde la comodidad de quien no lo está padeciendo. Le parecía obsceno justificar el horror presente con la promesa de un bien futuro.
Quizás la respuesta siga siendo igual de incómoda. La tierra simplemente se mueve sin dejar ninguna lección, y somos nosotros quienes llamamos tragedia a aquello que destruye vidas y hogares. El dolor es humano y la naturaleza es indiferente. Precisamente por eso resulta tan difícil aceptar que no siempre exista una explicación capaz de aliviarlo.
El escenario cambió, pero se parecen los consuelos. Hoy las respuestas suelen llegar con otro lenguaje. Las frases: “Todo pasa por algo» o “Si sucede, conviene”, se repiten como mantras. Cambiaron las palabras, pero no la necesidad de creer que el sufrimiento siempre tendría un propósito y que, tarde o temprano, terminaría revelando su recompensa.
Tres siglos después, Voltaire seguiría escribiendo contra esa necesidad de encontrarle un sentido inmediato a cualquier tragedia. Necesitamos explicaciones porque el azar nos resulta insoportable. Preferimos un universo con un plan, aunque sea cruel, antes que aceptar que la naturaleza puede ser simplemente ajena a nosotros.
Tres siglos después, casi todo cambió. Lo que casi no cambia es nuestra necesidad de encontrar una explicación para el sufrimiento. Seguimos preguntándonos, como Voltaire después de Lisboa, por qué ocurren ciertas tragedias y qué sentido tienen. El mundo no nos debe una explicación y lo único que podemos hacer es acompañar. Al final, seguimos dándole la razón al francés: “¡De inútiles dolores la eterna conversación!”.
