Nadie parece tener un minuto libre para no hacer nada. Nunca sentimos que el tiempo fuera tan escaso, y todo indica que seguirá menguando en esta carrera sin pausa que hemos convertido en nuestras vidas. Cada época inventa sus propias obsesiones, y la nuestra ha hecho de la falta de tiempo una de sus ficciones más convincentes. Hace unos años nos enteramos de que el núcleo interno de la Tierra había empezado a desacelerarse, un fenómeno del que, según algunas hipótesis, podrían derivarse variaciones mínimas en la duración de los días. Como si no tuviéramos bastante con nuestra propia angustia. Las veinticuatro horas del día ya nos quedan cortas como para que también la Tierra venga a complicarnos las cosas.
Basta con cambiar la escala para advertir el absurdo de nuestra urgencia. Dentro de unos cuatro o cinco mil millones de años, el Sol habrá agotado el hidrógeno de su núcleo, alterando para siempre el destino de la Tierra. Mientras tanto, nosotros nos desesperamos por llegar a una reunión. Medimos la vida en minutos y el universo en miles de millones de años, pero nos comportamos como si nuestra pequeña agenda fuera el centro del universo.
Si por algún milagro nos sobra un minuto, enseguida nos encargamos de llenarlo. Lo gastamos en cualquier cosa antes de permitirnos el lujo de dejarlo pasar. Hace tiempo que hemos relegado el ocio al territorio de lo superfluo, como si dedicar un rato a lo que nos dé la gana fuera un capricho que debiéramos justificar. No descansamos para descansar, sino para seguir produciendo. Cuando no producimos, consumimos. Entre esos dos verbos transcurre buena parte de nuestra existencia.
Nadie parece querer más tiempo para hacer menos. En teoría, claro que sí. En las conversaciones y en los deseos que formulamos sin demasiado compromiso, todos querríamos una tarde libre, más horas para leer, pasear, encontrarnos con alguien o, sencillamente, aburrirnos. Pero cuando aparece la posibilidad de hacerlo, casi siempre encontramos una manera de renunciar. Nos gusta decir que no tenemos tiempo y lamentar que nos falte, pero rara vez estamos dispuestos a defenderlo cuando lo tenemos delante.
Hemos convertido la declaración de nuestras aspiraciones en una actividad por derecho propio. De todas las cosas que consideramos nuestras, quizá el tiempo sea la que menos nos pertenece. Podemos tener una casa, un auto, un celular, una cuenta bancaria; podemos incluso disponer de cierta libertad para decidir qué hacer con ellos. Pero nuestro tiempo está casi siempre comprometido con algo o con alguien. Vivimos bajo la impresión de que nos falta tiempo cuando, en realidad, lo que nos falta es la posibilidad de disponer de él sin tener que justificar para qué lo queremos.
A veces me pregunto qué sucedería si todos, en cualquier lugar del mundo, decidiéramos recuperar nuestro tiempo durante un minuto. Uno solo. Si durante sesenta segundos exactos la humanidad entera suspendiera cualquier actividad: nadie levantaría un brazo, movería un dedo, cambiaría de postura, hablaría, tosería, miraría el teléfono ni respondería con un gesto. Nadie enviaría un mensaje, manejaría un auto, pulsaría un botón o daría una orden. Todo quedaría en suspenso. En una civilización que ha hecho de la velocidad y el intercambio sus principales credenciales, una interrupción semejante tendría algo de catástrofe.
Durante ese minuto no subirían los precios. Nadie lanzaría bombas ni daría instrucciones para hacerlo. No habría petróleo que extraer, discursos que encendieran el odio ni voces empeñadas en silenciar a otras. No se difundirían mentiras, no se consumarían estafas, no habría humillaciones ni insultos. Tampoco selfies, notificaciones, goles, errores, ruido o mensajes que reclamaran una respuesta inmediata. La realidad quedaría suspendida, como si alguien hubiera cortado la electricidad que alimenta la maquinaria del mundo. Quizá después todo volvería a funcionar exactamente igual. Pero durante sesenta segundos habríamos comprobado que el mundo puede prescindir de nuestra actividad sin desmoronarse.
El sol seguirá su curso durante miles de millones de años. La Tierra girará sin preocuparse por nuestros plazos. Nosotros, que apenas ocupamos un instante en la historia del universo, seguimos viviendo como si cada minuto ocioso fuera una catástrofe.
