Durante mucho tiempo, la sociedad asoció la soledad no deseada con una sola etapa de la vida: la vejez. Pensamos en la persona mayor que quedó sola en una casa grande, en la viudez o en el abandono familiar. Es una postal dolorosa y real. Sin embargo, hoy el mapa del aislamiento cambió por completo y encendió las alarmas de los especialistas: los adolescentes están cayendo en esa misma trampa, a veces de forma invisible y sin buscarlo.
La comparación suena fuerte, pero los datos la sostienen. Mientras muchos adultos mayores sufren una soledad impuesta por el entorno, miles de jóvenes la padecen puertas adentro, atrincherados en sus propias habitaciones. Estar rodeados de familia en la casa o tener miles de amigos virtuales no los salva de sentirse profundamente solos.
El problema es tan grande que dejó de ser un simple tema privado para convertirse en una crisis social que nos obliga a reaccionar como comunidad. El especialista en Recursos Humanos y doctor en Sociología del Trabajo, Luis María Cravino, analiza esta realidad a nivel mundial y advierte que la soledad ya es un problema de Estado, no solo un problema interpersonal, como lo demuestra la creación del Ministerio de la Soledad en Japón.
Cuando el aislamiento deja de ser un caso raro y se vuelve parte de la rutina diaria, los gobiernos no pueden mirar para otro lado y tienen que cuidar la salud mental de la gente. Lo que pasa en Asia nos sirve como un espejo de lo que ya vivimos de este lado del mundo, donde la falta de lazos comunitarios empieza a generar problemas de salud graves y gastos médicos muy altos. Esta intervención estatal es urgente porque la soledad enferma el cuerpo tanto en el inicio como en el final del camino: daña el corazón de un anciano que pasa días sin que nadie le hable y desequilibra la mente de un chico que no sale de su pieza.
Dos mundos con el mismo dolor
El mecanismo es distinto, pero el sufrimiento es calcado. En la vejez, la soledad llega de afuera hacia adentro (la jubilación, la pérdida de pares, las dificultades de movilidad). En la adolescencia, el proceso arranca al revés: el aislamiento empieza como un refugio y termina como una cárcel.
Para el adulto mayor, el corte del mundo exterior es como una marea que va retirando el agua poco a poco hasta dejarlo en la arena seca. Primero llega el día de la jubilación, ese momento donde se apaga el despertador pero también se corta el contacto con los compañeros, los mates de la oficina y el sentimiento de sentirse útil en una actividad. Después, el paso del tiempo hace su trabajo más triste: empiezan a vaciarse las sillas de los amigos de toda la vida, los hermanos, la pareja. Los dolores del cuerpo y las dificultades para caminar o subirse a un colectivo terminan de armar el encierro. Al final, el abuelo no elige quedarse solo; es el entorno el que se va achicando hasta dejarlo encerrado entre cuatro paredes.
El chico que se encierra con llave a jugar a los videojuegos o a mirar pantallas busca, al principio, protegerse de las presiones del mundo exterior: la exigencia de encajar, la mirada implacable de las redes sociales o los cambios de su propia edad. El problema es que ese búnker cómodo se transforma en un círculo vicioso. Sin darse cuenta, el joven pierde la costumbre de interactuar cara a cara, el afuera le da cada vez más miedo y la desconexión se vuelve total.
Esta decisión de aislarse provoca problemas serios en el bienestar de los jóvenes, algo que los expertos relacionan de forma directa con las pantallas y el uso excesivo de la tecnología. Cravino cita al autor Jonathan Haidt y su libro La generación ansiosa, para señalar que “la patología de soledad puede estar asociada a otra patología de mayores niveles de ansiedad, producto de que el cerebro se sobreestimula con las redes, pero impide las relaciones interpersonales”. Estar conectados todo el tiempo a un teléfono no ayuda a madurar; al contrario, quita la capacidad de aguantar las frustraciones o de manejar las idas y vueltas de una conversación frente a frente. En ese sentido, el sociólogo deja picando una pregunta sobre el verdadero rol de los juegos virtuales y sugiere evaluar si los videojuegos, en realidad, que generan a veces redes de competencia, hacen algo por la interacción con los otros.
Sistema perverso
La paradoja de nuestro tiempo: nunca la humanidad estuvo tan comunicada a través de la tecnología y, al mismo tiempo, nunca los jóvenes manifestaron tanta dificultad para construir un vínculo real y afectivo. El gran enredo está en que confundimos estar comunicados con estar conectados de verdad, creyendo que mandar un mensaje rápido tiene el mismo valor afectivo que sentarse a tomar un café a charlar. Los entornos digitales nos dan una pantalla donde los problemas se borran con un bloqueo y el afecto se resume en un emoticón, dejando a los chicos sin herramientas para enfrentar los roces de la vida diaria.
La vida en familia sufre este golpe de lleno. Hoy vemos una desconexión diaria dentro de las casas donde estar cerca físicamente no asegura un encuentro real. El especialista describe esta rutina triste y propone la imagen de que «en un restaurante puede haber cuatro personas, un padre, una madre, dos hijos, para poner la familia más tradicional, y puede ser que los cuatro estén mirando un celular», lo cual representa una imagen de que estamos todos conectados superficialmente con otras cosas, redes, WhatsApp, juegos, lo que sea. Esta postal familiar, que vemos todos los días en cualquier comedor o restaurante, nos muestra que el aislamiento se metió en el corazón de los hogares. Ya no hablamos de falta de compañía, sino de un portazo mental silencioso donde cada uno elige vivir en su propia burbuja digital. Y en esa misma mesa, o en la casa grande que quedó vacía, el abuelo sufre la misma desconexión: los hijos y nietos a veces creen que cumplir es mandar un mensajito de voz por la pantalla, cambiando el abrazo real y la visita de los domingos por un contacto apurado que no calma el frío de la casa.
Tendencias laborales
El mundo del trabajo actual ayuda a que este aislamiento crezca, porque les quita a los jóvenes los espacios de charla, de mates compartidos y de compañerismo. Sobre la falta de empleo seguro y las pocas chances de progresar, el profesional subraya que «no hay mucho trabajo para los jóvenes, pero algunos de los trabajos de aplicaciones no generan equipo. Si una persona es trabajador de aplicaciones, tanto las de delivery como las de movilidad, no tiene la constitución del trabajo en equipo que pueda tener, por ejemplo, en una organización, en una fábrica o una oficina; el trabajo independiente con esa pseudo forma de aplicación». Al no existir un lugar físico donde encontrarse, como una oficina o un taller, se pierde la posibilidad de aprender del otro y de hacer amigos en el laburo. El trabajador de hoy tiene que remarla solo frente a una pantalla que le pide ir rápido y no le deja tiempo para frenar a conversar con nadie.
Esta forma de trabajar sin jefes ni compañeros presenciales redefine la economía en todo el mundo. El sociólogo detalla este cambio y señala que “hay una expresión que se llama gigeconomy (economía de agentes libres o economía bajo demanda), la economía del bolo diríamos si pusiéramos una expresión más bien del teatro o del cine para el bolo. Si una persona trabaja de forma independiente tampoco establece lazos”. Según las estadísticas que analiza el especialista, en el año 2027 en Estados Unidos va a haber más trabajos independientes de esto que se llama gigeconomy que trabajos en relación de dependencia donde se está en un grupo, una realidad que en la Argentina vemos cada vez más cerca porque la mayor parte de los nuevos empleos se creó en las plataformas digitales. Pasar de un laburo estable con compañeros a esta economía de changas virtuales rompe el compañerismo de toda la vida. Las ideas tradicionales de agruparse o de armar un grupo de trabajo desaparecen cuando lo único que hay es un montón de personas solas compitiendo entre sí a través de una aplicación.
Incluso en las empresas más grandes, la digitalización borró el contacto humano directo y encerró a los empleados en una rutina solitaria. Cravino compara esta situación con una película y concluye que “aunque uno trabajase en una organización que no sea de la gigeconomy, hay empleos full remotos. O sea que vos podés estar como esa película de Sandra Bullock que no conocía a nadie, un día le cambian la identidad y ella no podía demostrar quién era porque nunca había tenido relaciones con nadie, porque solo se conectaba con la red. Una época que no había imagen, pero si uno trabaja en su casa programando sin contacto con nadie, pide la comida por las aplicaciones y a lo sumo habla con alguien con alguna videoconferencia, nos volvemos más solos. Somos todos como habitantes de una nave espacial”. La idea de que el trabajo remoto es la libertad total esconde un problema grave: el encierro eterno y la pérdida de los momentos de descanso. La casa dejó de ser el lugar para desenchufar del laburo para convertirse en la oficina misma, donde uno produce y consume sin hablar con un vecino.
Esta tendencia a trabajar solos en casa impacta directo en la vida del hogar, haciendo que quedarse encerrado sea algo normal. La casa, en vez de ser el lugar desde donde salimos al mundo, se convirtió en una especie de base de operaciones donde resolvemos todo por teléfono sin necesidad de pisar la vereda. Esto agranda la distancia entre las personas y el espacio público, creando una cultura del aislamiento donde salir a la calle da pereza o parece innecesaria. Este encierro silencioso se nota tanto en el joven que prefiere quedarse frente al celular o la computadora antes que salir a ver a sus amigos, como en la persona mayor que ya no encuentra motivos para caminar hasta la esquina porque el barrio cambió, los almacenes cerraron y ya nadie se sienta en la vereda a conversar.
Romper el aislamiento desde casa
Esta realidad obliga a mirar las dinámicas familiares con otros ojos. El clásico “está en la edad del pavo” o el “no molesten” colgado en la puerta ya no alcanzan como explicación. Que un chico pase un rato a solas es normal y saludable, pero que abandone sus rutinas, cambie el día por la noche y corte el diálogo con el mundo real es una señal de alerta idéntica a la de un mayor que se deprime en el abandono. Minimizar estas conductas bajo el amparo de los estereotipos generacionales es el camino más rápido para apurarse a fijar el problema del encierro. Decir que la persona mayor está viejo y por eso no habla, o que el chico es un adolescente típico y por eso no sale de la pieza, es la excusa perfecta que usamos los adultos para no hacernos cargo de la desconexión.
El gran desafío para los adultos es tender puentes sin juzgar. No sirve de nada arrancar los cables del wifi o dar discursos moralistas que solo consiguen aumentar la distancia y el resentimiento mutuo. Salvar a los adolescentes de esta soledad no deseada exige paciencia, escucha real y generar espacios de encuentro que les demuestren que la vida, afuera de la pantalla y de esas cuatro paredes, todavía vale la pena.
