El sistema de adopción en la Argentina enfrenta una brecha estructural compleja, y es que mientras la gran mayoría de los legajos de aspirantes inscriptos se orienta a la adopción de bebés o niños de la primera infancia, la realidad en las instituciones de menores refleja una población mayoritaria de niños en edad escolar, preadolescentes y grupos de hermanos que esperan alguna resolución judicial.
La reticencia a adoptar niños más grandes suele conllevar prejuicios sobre las historias previas, el temor a la falta de adaptación o el deseo de acompañar y cuidar a un niño durante sus primeros años. Sin embargo, los especialistas y los equipos técnicos judiciales coinciden en que la resiliencia de la segunda infancia ofrece una oportunidad real de construcción familiar, siempre que el proceso se aborde desde la realidad, la flexibilidad y la desmitificación del «hijo ideal».
En Córdoba, la historia de Claudia Gordillo y Jorge Lencinas, una pareja que adoptó a 11 chicos, muchos hermanos entre sí, refleja que una familia no siempre nace de los lazos biológicos o desde los primeros años de vida, y es también una historia inspiradora y de aliento para quienes estén considerando la adopción. Esta experiencia de gestión familiar y logística quedó registrada en el libro Cuando elige el corazón, una obra testimonial escrita en lenguaje directo que, junto al asesoramiento del sacerdote misionero claretiano Javier Fernández, busca ofrecer herramientas prácticas, preguntas de reflexión y un marco de referencia real para desmitificar la adopción múltiple en el país.
En diálogo con Hoy Día Córdoba, contaron cómo vivieron ese momento con cada uno de sus hijos adoptivos, lo que los llevó a seguir recibiendo a más chicos y las mejores anécdotas de su gran y feliz familia.
El origen de una promesa hospitalaria
El origen de esta decisión comenzó a gestarse, sin saberlo, durante sus años de noviazgo, cuando ambos se desempeñaban como voluntarios en el Hospital de Niños de Córdoba y observaban de primera mano las fallas en el sistema de protección de menores.
«Ahí nos conocimos, nos pusimos de novios y vimos muchas cosas que pasaban dentro de este hospital de niños», recuerda Claudia. «El hecho de que había bebés abandonados o bebés golpeados nos hizo reflexionar mucho en la suerte que tuvimos en crecer en una familia que nos quisiera y nos amara, y hay otros que no lo tienen. Eso hizo en nosotros empezar a mirar la niñez desde otro lugar», agrega.
La pérdida de un lactante en el área donde colaboraban aceleró un pacto que definiría su futuro. Por su parte, Jorge recuerda sobre esto: «Hicimos los dos la promesa diciéndole a Dios que si no fuéramos papás biológicos, que pudiéramos llegar a adoptar. Y parece que le firmamos un cheque en blanco al de arriba, ¿no? Por lo que después se nos da». Al confirmarse la imposibilidad biológica tras su casamiento, la pareja desestimó la queja y reorientó sus expectativas: «Allí dijimos: ‘Bueno, esto era también lo que nosotros vimos que hacía falta: dar amor a otros niños’. Y elegimos: ‘Nos vamos a anotar para la adopción’. Fue así, viendo la necesidad de amor incondicional en los niños».

La experiencia intrahospitalaria les había demostrado el impacto clínico del desamparo afectivo en los menores institucionalizados. «Los médicos pedían, siendo voluntarios en el hospital de niños, que pudiéramos darle amor a algún niño específico porque ni la medicación ni nada le hacía efecto porque estaba deprimido«, relata Gordillo. «Un bebé de tres meses, de cuatro, de seis, deprimido por la falta de amor. Cuando nosotros los estimulábamos, le dábamos un poco de cariño, bañarlos, cambiarlos, los médicos después estaban felices porque la medicación les hacía efecto. Desde allí empezamos a ver la necesidad de poder abrazar, proteger y cuidar para que puedan crecer los niños», recuerda sobre esa experiencia.
La primera adopción fue de Rocío, una bebé de tres meses. A los seis años, tras iniciar la comunicación sobre su origen adoptivo, la niña interpeló al matrimonio manifestando que si ella había sido adoptada por qué no podría ocurrir lo mismo con otros niños. «Ella empezó a decir por qué no teníamos otros hijos de corazón, porque ella me decía que iba a crecer sola, que quería tener hermanos. En ese momento empezamos a ver cómo seguir con los trámites de adopción», cuenta la mamá.

A partir de allí, la estructura del hogar se expandió mediante sucesivas intervenciones judiciales. Llegó Catriel de nueve años como segundo hijo, y luego Alan, de seis, un caso que requirió un proceso técnico de vinculación debido a que el juzgado detectó que el niño tenía una hermana biológica de un año en otra institución. «Tuvimos que hacer un proceso de vinculación de él con su hermanita, Luz«, detalla Lencina. «Eso nos llevó un tiempo para que después la nena pudiera venir a casa, y ahí tenemos el primer par de hermanos en casa», agrega. El segundo par de hermanos se consolidó de manera similar: «Por medio de mi trabajo me entero que el equipo técnico nos llama y nos dice que Rocío tenía su hermana de 13 años que estaba en una institución, que no podía volver a su familia. Entonces ahí llegó Celeste a casa».

El esquema familiar se agrandó con la adopción de Jessica, una joven de 20 años con disminución madurativa que resultó ser hermana biológica de Catriel. Jessica se encontraba en una situación de alta vulnerabilidad junto a su hijo lactante. El matrimonio evaluó la situación incorporando la opinión de la adolescente: «En este momento cuando aparece Jessica, Catriel tenía 16, y diciéndole que no es responsabilidad de él, sino que la íbamos a tomar nosotros, pero si él decidía que sí. Y fue así, y él también le dio la oportunidad a su hermana de estar en casa».
Aquel bebé tiene hoy 13 años y se cría bajo el mismo techo como un hijo más de la pareja. Las adopciones continuaron con Rosa, Tiziana y finalmente Gael, incorporado a los cinco años, cuyo hermano mayor, Alexi, fue integrado a los 13 años para evitar el desarraigo fraterno. «Hoy Alexi tiene 18 años», puntualiza Jorge. «Así que así se nos armó esta familia grande, que nosotros la verdad que no lo entendíamos al principio por qué, pero bueno, decíamos que eran cosas del Señor», recuerda.

Inspirando a la adopción de niños grandes y adolescentes
A través del libro Cuando elige el corazón, los Lencinas Gordillo militan activamente para revertir los prejuicios en torno a la adopción de niños en segunda infancia y adolescencia, la franja con menor índice de solicitudes en los registros oficiales.
«Nosotros empezamos a contar estas historias nuestras, sobre todo pensando y bregando un poco por la adopción de niños más grandes», afirma Gordillo de manera directa. «Esa es la diferencia. Por ahí hemos charlado con otras parejas y dicen: ‘¿Por qué ustedes han recibido tanto?’ y se preguntan por qué se ha dado. Porque la primera nuestra fue bebé de tres meses; todos los demás llegaron siendo un poco más grandes. Y más grandes no hay mucha gente, casi nadie, que quiera adoptarlos«.
Para el matrimonio, la viabilidad de una familia numerosa de este tipo radica en la transparencia y en hacer partícipes a los hijos que ya habitan el hogar en la toma de decisiones ante cada nuevo integrante. «Fue parte del corazón de los chicos mismos. Ellos dijeron: ‘Mamá, necesita una familia, necesita poder crecer con amor, con cariño, con atención’. Creo que ellos mismos participaban del decir, le contábamos la situación y ellos decían que sí también. De esa forma se fue armando la familia: con el sí de ellos a recibir a otros más, con el sí de ellos conociendo las verdades. Eso también es básico», resaltó.
Nunca es tarde para una familia: la adopción de adolescentes en Córdoba
Logística familiar y convivencia interna
La administración de un hogar con estas dimensiones requirió una metodología rigurosa basada en la experiencia de la pareja también como dirigentes scout. Implementaron carteleras escritas con tareas rotativas semanales distribuidas por grupos de edad para coordinar la limpieza y el mantenimiento.
En cuanto a la relación entre ellos y con las tareas cuentan: «La relación entre ellos es como toda familia, que por ahí hay altercados o discusiones pero también hay juegos, hay campamentos y muchas actividades. Hoy toca lavar los platos a los medianos y barrer a los más grandes, por ejemplo. Así nos organizamos con tareas por semana, como por ahí se ha visto en algunas películas en las que eran muchos chicos y se escriben organizaciones y todo para tratar de caminar todos juntos».
Este diseño organizativo se puso a prueba durante la pandemia, período en el cual la vivienda albergó a 17 personas de forma simultánea. A los miembros permanentes se sumaron cuatro niños recibidos bajo el programa estatal de familias de acogimiento (tránsito temporal). El patio se acondicionó con un gazebo de campamento y tablones para los almuerzos diarios, y la escolaridad virtual se gestionó internamente para cubrir los niveles desde jardín de infantes hasta el secundario. Claudia recuerda las dificultades de la virtualidad: «El asunto de las tareas escolares fue todo un tema porque bueno, había que entonces ayudarnos entre todos porque había niños en jardín, niños en primer grado, en tercer grado».

Durante las vacaciones, la gran familia iba al camping de la mutual docente, donde se trasladaba con carpas estructurales y realizaba compras mayoristas de verduras y artículos de aseo antes de salir. Manteniendo la disciplina scout, organizaban una hilera de hasta quince bolsas de higiene personal numeradas y colgadas de un árbol para asegurar el orden en el uso de las instalaciones públicas. «El despliegue de eso era muy gracioso porque hacíamos compras para abaratar acá y entonces llevábamos hasta las compras: bajar bolsa de papa, bajar bolsón con un montón de papel higiénico. Se reían todos«, evoca Claudia.
Actualmente, el esquema de la casa ha modificado su estructura. Los hijos mayores se han independizado o mudado fuera de la provincia, aunque mantienen la comunicación diaria con el nodo familiar. Jorge y Claudia confirman que continúan con la crianza, escolarización y asistencia médica o psicológica de los hijos menores.
En su libro, el matrimonio ofrece un manual práctico que incluye preguntas reflexivas orientadas a parejas en proceso de evaluación para adoptar. Los propios hijos decidieron figurar con sus nombres reales en la obra para servir de referencia a otros menores institucionalizados. La pareja concluye su testimonio rechazando cualquier etiqueta de excepcionalidad: «Somos dos personas normales, y eso es de lo que por ahí hay que sacarse de la cabeza. No somos anormales, solo somos una familia numerosa, como muchas otras. No hace falta tener fe, hay que abrir el corazón. Todos nacimos para ser padres, para ser hijos. Creo que tenemos que hacer algo en este mundo».
Juntos, pero en casas separadas: la convivencia dejó de ser esencial para muchas parejas









