En esta columna conversé con un adolescente sobre cómo había impactado en él el caso de Agostina. Para preservar su identidad, publicamos esta reflexión con su propia voz, respetando el modo en que piensa, duda y construye sus ideas.
Cuando pasó lo de Agostina sentí dolor. Te duele en el alma porque era una chica de catorce años. Pero después me empecé a quedar pensando en otra cosa.
A Agostina no la vamos a poder traer de vuelta. Yo creo que este caso es la cúspide de un problema. Por lo menos tenemos que sentarnos y reflexionar que estamos haciendo un montón de cosas mal como sociedad. Llegar a este punto, que nos duela todo, es increíble. Hay que sentarnos y hablar.
Yo creo que todo va de la mano. Muchas veces no nos ponemos límites entre nosotros. Entonces termina agrandándose por ahí y no dimensionamos lo que vamos haciendo. Hay problemas dentro de la naturalización. Mientras las cosas estén naturalizadas y no pongamos el foco ahí, no las vamos a solucionar.
Lo que más me llamó la atención fue que después de lo de Agostina en mi escuela no se habló. Ni siquiera fueron a charlar al aula. Entre nosotros tampoco hablamos mucho. Lo nombramos un poco y nada más.
Y no es la primera vez que pasa.
En mi escuela ya había habido un caso muy fuerte. Una chica hizo una cuenta de Instagram donde publicaba cosas falsas de alumnos, amenazaba de muerte a profesores y armaba listas. Todos tuvimos miedo porque parecía un caso serio. Después encontraron quién era y todo terminó. Yo creo que muchas veces dura poco. No se reflexiona tanto como la dimensión que tiene el caso.
Por eso yo creo que ese espacio debería ser la escuela. Antes teníamos talleres donde hablábamos mucho de estas cosas y estaba bueno. Hoy ese espacio fue cayendo.
Después de lo de Agostina también empecé a pensar en cosas que vemos todos los días. Conozco chicas que tuvieron novios que empezaban a controlar con quién se juntaban, cómo se vestían o adónde podían ir. Esas cosas empiezan de a poco.
También hay cosas que ya vemos como una broma. Pasa alguien y por ahí lo manosean o le hacen una cargada. Eso es muy común. Se ve todos los días. Muchas veces uno se ríe, pero siempre hay alguien al que le molesta y no lo dice por vergüenza o porque después lo cargan más.
Con el alcohol pasa algo parecido. Ya nos acostumbramos. Salir y tomar se volvió una costumbre. Todo inicia en lo social. Si todos toman alcohol, vos empezás a tomar alcohol. Lo mismo con el vapeador. Hoy hay un montón. Capaz antes había más presión que ahora, pero igual siempre hay alguno que insiste o hace una cargada.
Y con la pornografía pasa igual. Hoy es muy frecuente. Muy frecuente. Muchísimo más de lo que los adultos creen.
Yo creo que hablamos unos días y después dejamos de hablar. Como si el problema ya hubiera pasado.
Por eso también creo que los adultos tienen que hablar con nosotros. Pero hablar de verdad.
No tengan miedo. Tengan el coraje de acercarse.
Pero tampoco que sea: “decime qué te pasa, decime, decime, decime”. A mí eso me termina generando rechazo. Me gustaría más que un adulto se acerque tranquilo, me cuente alguna situación que vivió cuando tenía mi edad y desde ahí empiece una charla. Que pueda ponerse en el lugar del chico. Ahí sí creo que uno empieza a hablar de verdad.
Yo no creo que todo cambie por una charla. Pero sí creo que si seguimos naturalizando un montón de cosas y dejamos de hablar de ellas, va a ser muy difícil que cambie algo. Lo de Agostina me hizo pensar justamente en eso.









