En una movida que a pocos puede sorprender, Donald Trump retiró todo su apoyo al presidente ucraniano Volodimir Zelenski y la guerra en Ucrania, tras más de tres años, parece encaminarse a su fin. No se trata de una decisión intempestiva ni un giro copernicano tan propio del presidente estadounidense, de hecho, el magnate siempre aseguró que, de haber estado al frente de la Casa Blanca en 2022, la guerra nunca habría sucedido. Probablemente, aunque sea contrafáctico, Trump tiene razón: su relación con el presidente ruso Vladimir Putin es de larga data y su visión tanto de cómo debe ser el nuevo reparto del mundo como de la forma de gobernar tampoco difieren demasiado. Trump es, ante todas las cosas, un pragmático y un hombre de negocios, y las cifras estratosféricas de dinero que Estados Unidos dejó en Ucrania estos tres años le parecen completamente absurdas e injustificadas. El problema será que suceda de ahora en más con los grandes perdedores de este nuevo escenario geopolítico: Ucrania en primer lugar, por supuesto, pero también Europa.
El vicepresidente estadounidense, J.D. Vance, históricamente tuvo una postura contraria a que Estados Unidos se involucre en la guerra, y así lo hizo saber durante su viaje reciente a Europa en la conferencia de seguridad en Múnich. Una ciudad simbólica y un contexto paradójico, ya que fue allí cuando se firmó el acuerdo de 1938, donde grandes potencias -Alemania, Italia, Gran Bretaña y Francia- decidieron el destino de un estado más débil, en aquel entonces, Checoslovaquia. En aquel entonces, esto se hizo para evitar un conflicto europeo a gran escala, apaciguar la maquinaria de guerra de la Alemania nazi y para poner fin a la Crisis de los Sudetes, que fueron finalmente cedidos a Berlín. Sin embargo, no serviría de mucho ya que menos de un año después, Alemania invadiría Polonia y estallaría la Segunda Guerra Mundial. A los representantes checoslovacos no les dejaron formar parte de aquel encuentro. Es altamente probable que lo mismo suceda con Ucrania hoy, por lo que podría decirse que Kiev se encuentra bajo una presión similar y aún mayor a la que estaba sometida hace algunos meses. Al asedio de Moscú ahora se le suma también el de Washington.
Trump presiona a Ucrania para que haga concesiones territoriales a Rusia, aceptando ceder cerca de un 20% de su territorio, y también para que, a su vez, compense las multimillonarias ayudas de Estados Unidos con recursos minerales y tierras raras. Trump no busca apaciguar a Putin porque crea que tiene una posición más débil, sino que promueve una visión aislacionista de la política exterior de Estados Unidos, donde las grandes potencias establecen esferas de influencia sin interferencias. A la Casa Blanca no le interesa demasiado ni Europa ni mucho menos el este, por lo que, dejarlo en manos de los rusos a cambio de un mayor control sobre América y concentrarse en la zona de influencia china no es visto como un mal negocio para Trump. Para Trump, Ucrania y Europa no son una prioridad. Considera que la guerra de Ucrania es un ejemplo del fracaso del orden internacional liberal, pero su enfoque está más centrado en la reordenación del sistema internacional.
Se suele discutir en la academia de las Relaciones Internacionales si el ascenso de China y del nuevo orden multipolar desafía de alguna manera al Orden Liberal Internacional. Pero la realidad es que quien menos interesado parece, actualmente, en sostener dicho orden es Trump. Un orden basado en reglas y en el derecho internacional, surgido tras el final de la SGM y consolidado tras la caída del Muro de Berlín, hoy no es útil para Estados Unidos tal y como se plantea. Tampoco es una realidad viable para el actual escenario internacional actual. El mundo cambió y quien no lo entienda, seguramente no podrá adaptarse a las nuevas circunstancias. Zelenski y sus aliados quedaron atrapados en una encerrona insostenible. Los europeos apostaron y perdieron. Los rusos aguantaron y les fue bien. La gran pregunta, de respuesta tan compleja como impredecible, es: Y ahora, ¿qué viene?
Un acuerdo entre Putin y el presidente chino Xi Jinping podría ser un reto para Estados Unidos, especialmente si Trump intenta aislar a América y dejar a Putin y Xi actuar libremente en sus respectivas regiones. Lo cierto es que el propio Trump parece abierto a sumarse a un hipotético acuerdo tripartito y hasta puede haber una fecha posible para un encuentro entre las partes. El próximo 9 de mayo, en Moscú se celebrará un Dia de la Victoria muy especial, ya que se trata del aniversario número 80 de la liberación de Europa por parte de la Unión Soviética. El propio Trump reconoció recientemente que Washington y Moscú trabajaron juntos para derrotar a los nazis y que los rusos pusieron decenas de millones de muertos para lograr la victoria. Putin ya extendió sus respectivas invitaciones a sus pares chino y estadounidense. Xi respondió que irá, mientras que Trump dejó abierta la puerta al encuentro. Se trataría de un “Yalta del siglo XXI”.