Entre los desastres de la One Big Beautiful Bill del presidente estadounidense Donald Trump, hay uno que resulta especialmente amargo para los economistas políticos. La ley elimina radicalmente las subvenciones a las energías limpias introducidas durante la administración del presidente Joe Biden hace tres años. Muchos consideraban que estas subvenciones eran inmunes a un cambio de presidente, ya que creaban nuevos puestos de trabajo y oportunidades de beneficio para las empresas de los estados “rojos”, de tradición republicana. Por muy alérgico que sea el Partido Republicano, controlado por Trump, a las políticas ecológicas, la sabiduría convencional afirmaba que no se atrevería a quitar estos beneficios. Pero lo hizo.
¿En qué se equivocaron? Los expertos en la toma de decisiones políticas tienden a centrarse en los costes y beneficios económicos. Razonan que es más probable que se aprueben leyes que generan ganancias materiales para grupos organizados y bien conectados a costa de pérdidas difusas para el resto de la sociedad. Muchos elementos del proyecto de ley de Trump se explican bien desde esta perspectiva: en particular, provoca una transferencia dramática de ingresos hacia los ricos a costa de los pobres.
Del mismo modo, es poco probable que prospere una legislación que genere pérdidas para los intereses económicos de los sectores dominantes. Esto explica, por ejemplo, por qué el aumento del precio del carbono, un requisito para luchar contra el cambio climático pero un duro golpe para los intereses de los combustibles fósiles, ha sido una cuestión sin futuro en Estados Unidos.
El programa de energía verde de Biden, la llamada Ley de Reducción de la Inflación (IRA), fue diseñado para superar este obstáculo político. En lugar de utilizar el palo –el impuesto sobre el carbono– ofrecía zanahorias en forma de subvenciones para la energía solar, eólica y otras energías renovables. Estos incentivos no solo hicieron posible la IRA, sino que se esperaba que fueran duraderos. Incluso si los republicanos recuperaran el poder, los beneficiarios de las subvenciones se resistirían a su eliminación. Con el tiempo, a medida que se fortalecieran los lobbies verdes, tal vez incluso un impulso directo contra los combustibles fósiles se volvería políticamente viable.
Quienes suscriben una versión materialista de la economía política encontrarán formas de racionalizar este revés. Los recortes fiscales regresivos para los ricos exigían encontrar ingresos en otra parte. Así que tal vez se sacrificó a un grupo de interés menos influyente en favor de otro más poderoso, o tal vez tres años no fueron suficientes para que las subvenciones de la IRA crearan un lobby lo suficientemente fuerte a su favor. Como dijo un defensor: “Nunca lo sabremos, pero si hubiéramos tenido otros cuatro años para que estas inversiones en la industria se consolidaran, sería mucho más difícil para los legisladores deshacerlas”.
En última instancia, sin embargo, estas excusas suenan falsas. Tenemos que aceptar que, a veces, la ideología se impone a los intereses materiales. No cabe duda de que muchos legisladores republicanos votaron en contra de los intereses económicos de sus electores. Algunos lo hicieron por temor a las represalias de Trump; otros, porque son verdaderos escépticos del cambio climático y, al igual que Trump, se oponen a todo lo que huele a activismo ecologista. En cualquier caso, lo que prevaleció fueron las ideas sobre lo que es importante y cómo funciona el mundo, y no los lobbies económicos ni los intereses creados.
Hay una lección más amplia aquí sobre economía política. Las narrativas pueden ser tan importantes como la política de los grupos de interés a la hora de impulsar la agenda de un partido. La capacidad de moldear las visiones del mundo y las ideologías, tanto de las élites como de los votantes comunes, es un arma poderosa. Quienes la poseen pueden persuadir a las personas para que tomen decisiones que parecen entrar en conflicto con sus intereses económicos.
De hecho, los propios intereses, económicos o de otro tipo, están moldeados por las ideas. Para saber si ganamos o perdemos con una política concreta, necesitamos saber cómo se desarrollará esa política en el mundo real y también qué pasaría si no existiera. Pocos de nosotros tenemos la capacidad o la inclinación para averiguarlo. Las ideologías ofrecen atajos para estos complicados procesos de toma de decisiones.
Algunas de estas ideologías adoptan la forma de historias y narrativas sobre cómo funciona el mundo. Un político de derecha, por ejemplo, podría decir que “la intervención del gobierno siempre es contraproducente” o que “las universidades producen conocimientos poco fiables”. Otros se centran en aumentar la relevancia de diversos tipos de identidades: étnicas, religiosas o políticas. Dependiendo del contexto, el mensaje podría ser “los inmigrantes son vuestros enemigos” o “los demócratas son vuestros enemigos”.
Es importante señalar que el concepto de “interés propio” se basa en una idea implícita sobre quién es el “yo”: quiénes somos, qué nos diferencia de los demás y cuál es nuestro propósito. Estas ideas no son fijas por naturaleza ni se determinan al nacer. Una tradición alternativa en economía política considera que los intereses son construidos socialmente y no determinados por las circunstancias materiales. Dependiendo de si nos identificamos como “hombre blanco”, “clase trabajadora” o “evangélico”, por ejemplo, veremos nuestros intereses de manera diferente. Como dirían los constructivistas, “el interés es una idea”.
Hay una lección aquí para los oponentes de Trump. Para tener éxito, deben hacer algo más que elaborar políticas bien diseñadas que reporten beneficios materiales a los grupos destinatarios. Ya sea en la lucha contra el cambio climático, la promoción de la seguridad nacional de Estados Unidos o la creación de buenos puestos de trabajo, deben ganar la batalla más amplia de las ideas, en particular las que configuran la percepción que tienen los votantes de quiénes son y dónde residen sus intereses. Los demócratas, en particular, deben reconocer que las narrativas y las identidades que promovieron hasta hace poco dejaron atrás a muchos estadounidenses de a pie, al igual que las políticas económicas anteriores a Biden que contribuyeron al auge de Trump.
Este artículo fue publicado anteriormente en politicaexterior.com