La escena cultural de la provincia vivió un momento de profunda emotividad el pasado mes de diciembre, cuando el Concejo Deliberante de Córdoba otorgó un reconocimiento oficial por el aporte cultural, el aporte escénico y los 40 años de trayectoria a la bailarina villamariense Alejandra Sanzini y al director cordobés Daniel Córdoba. Este galardón, entregado por el presidente de la institución, Javier Pretto, no solo valida cuatro décadas de dedicación al arte, sino que funciona como un sello de garantía para su proyecto independiente, PlayBallet.
La distinción a la labor artística suele ser un proceso lento, pero cuando llega, tiene la capacidad de validar toda una vida de disciplina. Tras cuarenta años de profesionalismo, los directores de PlayBallet han logrado consolidar un espacio de innovación que hoy es valorado no solo por el público, sino también por los organismos oficiales. Alejandra Sanzini, con la claridad que otorga la experiencia, resume este sentimiento de pertenencia y validación con una frase cargada de simbolismo: “Ahora sí somos profetas en nuestras tierras”.
Este reconocimiento no llega de forma aislada, sino como la culminación de un recorrido que ha llevado a estos artistas por diversos escenarios del mundo. Daniel Córdoba destaca que cada distinción recibida —ya sea por su aporte cultural o por su labor escénica— funciona como un aval fundamental para su propuesta actual. Según explica el director, estos hitos son la confirmación de que el camino trazado es el correcto:
“Cada uno de los reconocimientos que hemos recibido como aporte cultural, aporte escénico y estos 40 años son, digamos, la validación del recorrido que uno ha hecho y que uno está presentando una propuesta interesante que ha llevado a que nos inviten a varios lugares del interior”.
Ciudadanos del mundo en su propio barrio
El camino de Sanzini y Córdoba es el de muchos artistas argentinos que deben buscar en el exterior el suelo fértil para sus ambiciones. “Como ciudadanos del mundo. Un poco. Después volver a nuestras tierras. Ahí viene la maravilla”, reflexiona Alejandra sobre el impacto de ser reconocidos como «repatriados».
Sin embargo, el retorno no es una transición simple. Daniel describe la extrañeza del reencuentro con el origen: “Porque cuando llegas de nuevo a tu país, a tu barrio y pasaron tantos años, eres como un extranjero, un desconocido en tu propia tierra”. Este sentimiento de ser un extraño en casa fue mutando a medida que su propuesta, PlayBallet, comenzó a ganar terreno en la consideración del público y las instituciones, culminando en un 2023 donde el Consejo Internacional de la Danza de la UNESCO también los invitó a formar parte, sumando otro «sello de garantía» a su labor.

La mirada crítica: profesionalismo vs. amateurismo
Con la autoridad que otorga haber “mamado de la vaca del Teatro Colón”, Daniel Córdoba no elude la mirada crítica sobre el estado actual de la danza y la gestión teatral en Córdoba. Para los directores, la distinción entre lo amateur y lo profesional es una cuestión de respeto por la esencia del arte.
“No está malo ser amateur, porque de ser amateur significa que vos estás eligiendo algo que lo querés hacer y de ahí el camino te va a ir indicando si podés ser profesional o no. Y la diferencia radica en cómo hacés una puesta escénica”, explica Daniel. Según su visión, un movimiento en el escenario no es una acción aislada, sino el resultado de décadas de formación: “A veces pareciera que un movimiento fuera tan fácil y tiene que ver con toda una historia. Pareciera que fuera fácilmente, pero tiene que ver con 40 años de experiencia, con toda tu vida, porque no solamente bailaste, sino que también fuiste a los museos, viste las pinturas, escuchaste música, te hablaron de arte, te explicaron un personaje. A veces pareciera que un movimiento fuera tan fácil y tiene que ver con toda una historia”.
Esta rigurosidad técnica es la que les permite denunciar la «improvisación» en los circuitos actuales. Para Daniel, el arte no puede ser algo «ligero»: “Cuando al arte lo quieren transformar en un cotidiano, en un improvisado, te duele el alma y el corazón”. Esta perspectiva se extiende a la gestión de los teatros, donde observan una «ignorancia grande» por parte de quienes priorizan lo comercial o el alquiler de salas a precios exorbitantes —mencionando cifras de hasta un millón de pesos— por sobre la calidad de la obra.
El desafío de la gran escena
Una de las particularidades de su trabajo actual es la exigencia espacial. Alejandra y Daniel explican que su obra no puede representarse en cualquier lugar, no por una cuestión de estatus, sino por una necesidad técnica de la puesta. La obra fue concebida para escenarios con profundidad y altura, donde la iluminación y el desplazamiento narrativo tengan el peso necesario.
“La obra fue hecha para una sala grande, no para un lugar chico, no es que sea imposible, pero se pierde la magia”, sostiene Alejandra. En este proceso, Daniel ejerce una dirección casi arquitectónica sobre Sanzini. Él describe cómo la guía en los ensayos: “Me entrego a lo que necesita el texto, lo que necesita la obra, lo que va a ser la iluminación y lo que ella tiene que hacer. Entonces son como un montón de cosas que vos tratás de amoldar como una masilla para que ella pueda interpretar con una cierta libertad”. Durante la preparación, él se mantiene «inamovible» en su visión para cuidarla, y solo cuando está lista, la suelta: “Ahora es tuyo”.
La «irresponsabilidad» de ser artista
Uno de los puntos más agudos de la charla surge cuando Daniel se detiene a analizar la mirada que la sociedad proyecta sobre quienes deciden vivir del arte. Lejos de la imagen romántica, el director define la profesión desde una perspectiva de riesgo casi absoluto.
“Nosotros, cuando te ponés a analizar, los artistas somos gente valiente o irresponsable. Hay que tener ese grado de irresponsabilidad para decir: ‘Bueno, yo me voy a dedicar a esto’”, dispara Córdoba. Esta «irresponsabilidad» no es falta de compromiso, sino todo lo contrario: es la entrega total a una vocación que, en contextos de crisis o de desinterés institucional, exige una resiliencia sobrehumana. Es la decisión de apostar por lo intangible en un mundo que solo valora lo inmediato.
Esa valentía es la que permitió que PlayBallet naciera como un proyecto de autogestión con altos estándares de calidad, enfrentando lo que Alejandra describe como una realidad «cruel» en sus inicios: el choque con las negativas de los teatros oficiales y la falta de presupuesto.
Alfonsina hoy: Un musical que «inyecta vida»
En sus palabras, la propuesta de «Alfonsina hoy» se configura como un «musical de emociones» que rompe con la tradición de los homenajes melancólicos. Daniel decidió que, en lugar de «matar» a la protagonista como ocurre en casi todos los relatos sobre Storni, en esta obra ella debe ascender. “Las emociones no las podés matar, sino que las tenés que hacer ascender. Entonces las emociones permanecen y continúan… por eso ‘Alfonsina es hoy’”.
La respuesta del público ha sido el mayor aval de esta decisión. Alejandra destaca la presencia de niños en las funciones, quienes quedan hipnotizados por la puesta: “Es una obra también que van niños. Ellos se quedan fascinados por lo que ven, tal vez la poesía no la entienden, pero creo que sí el contexto visual o las palabras. Es mágico todo”. Daniel agrega: “Ella en el escenario parece una muñeca, una muñeca pero con mucha personalidad. Los niños ven como una muñeca está en un escenario que cambia de colores y la transporta a un mundo diferente”.
Para los adultos, el impacto es más visceral. Daniel relata cómo la gente, tras la obra, le confiesa sentimientos de vitalidad renovada: “A mí me pasó que cuando estaba en la platea viendo algunos momentos de Alfonsina, veía que la gente lloraba. Después cuando termina la obra te dicen, ‘Ay, me siento viva’, sentí que me inyectaron vida”.
Reconocimientos que trascienden fronteras
El día de la distinción oficial, la emoción se desbordó al proyectar un video con mensajes que llegaron de todo el mundo. Directores y colegas de Chile, Brasil, Alemania y hasta el propio Embajador enviaron sus saludos. Uno de los momentos más fuertes fue el mensaje de la actual directora del Ballet Contemporáneo del San Martín: “Este premio que te están entregando por tu trayectoria, es un premio para todos los bailarines todos aquellos que ejercen la profesión de forma profesional”.
Ante tal despliegue de afecto, Daniel Córdoba no pudo contener las lágrimas: “En mi vida yo siempre he hecho personajes de asesino, de ladrón, de anciano y cuando me toca hablar me pongo a llorar, ahí no me pude aguantar. Cuando la emoción te conmueve, eres como un niño”. Alejandra define ese instante como “la respiración del alma”, un anhelo importante para poder vivir con dignidad después de tantas negaciones y puertas cerradas en su contexto actual
El arte como acto de amor
A pesar de las dificultades económicas del país y la crítica a los «monopolios culturales», su fe en el arte permanece intacta.
“El artista no puede silenciarse”, sentencia Alejandra. Para ellos, cada función es una oportunidad de demostrar que el teatro oficial debería estar al servicio de la excelencia. Daniel concluye con una reflexión sobre la responsabilidad social del creador: “El actor y las obras son lo que de alguna manera grafican en escena lo que pasa en la sociedad. Y para mí el arte es un acto de amor… si respetamos a cada uno en lo que hace, somos más felices”.
Con la validación institucional en sus manos y el aplauso del «pueblo curioso» que llena sus salas, Alejandra Sanzini y Daniel Córdoba han demostrado que, aunque el camino sea largo y a veces «cruel», la honestidad en el escenario siempre encuentra su recompensa. Córdoba hoy los abraza, reconociendo que su experiencia es, en definitiva, un patrimonio que vuelve a casa para quedarse.
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