Para entender el fenómeno químico descubierto por Fritz Haber, nada mejor que acudir a la prensa inglesa de entonces, que tituló el hallazgo de modo claro y sintético:
_ Extrajo pan del aire.
Haber descubrió la posibilidad de extraer nitrógeno, el principal nutriente que las plantas necesitan para crecer, directamente del aire. El nitrógeno, abono que se sacaba de la bosta de los murciélagos y de tantos otros elementos de difícil acceso, de repente estuvo accesible para todo el mundo gracias a Haber. Gracias al nitrógeno en el aire y, ante todo, el modo de capturarlo, creció la producción de alimentos y la humanidad evitó así que millones murieran de hambre, como había pasado hasta entonces.
Un grande Haber. ¿Qué más podríamos decir del hombre que, de algún modo, es el padre de los millones que hoy nos podemos alimentar gracias a la multiplicación de los panes? De todos modos, resta algo más por contar. Resta contar dónde estaba el alemán Haber cuando se enteró que le habían otorgado el Nobel de Química por tan noble descubrimiento: en Suiza, no en Alemania, su país natal. Estaba en Suiza porque hacía pocos días había huido de Alemania, tras haber sido declarado criminal de guerra. El químico de raíces judías, Nóbel de Química, meses antes había tenido una participación decisiva en la Primera Guerra Mundial. Otro de sus grandes descubrimientos fue utilizado por su país en la batalla contra Francia y a diferencia del asunto nitrógeno y alimentos para todos y todas, éste otro descubrimiento usado en guerra no había alimentado a nadie, sino asesinado cruelmente a miles.
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En mayo de 1915, en Ypres, Bélgica, se montó la segunda batalla entre Alemania y Francia. Fue allí que los soldados germanos abrieron por primera vez miles de cilindros de gas cloro como ataque a las tropas enemigas. El gas cloro era otra invención de Haber. El joven Willy Siebert, soldado alemán, dejó su testimonio para comprender lo que aquel acto, creado en la mente del Nobel de Química, significó para la humanidad:
_ De pronto escuchamos a los franceses gritando. En menos de un minuto comencé a oír la mayor descarga de municiones de rifle y ametralladoras que escuché en mi vida. Cada cañón de artillería, cada rifle, cada ametralladora que tenían los franceses tiene que haber sido disparada. Jamás oí un estruendo similar. La lluvia de balas que pasaba silbando sobre nuestras cabezas era increíble, pero no estaba deteniendo el gas. El viento seguía empujándolo hacia las líneas francesas. Escuchamos a las vacas berrear y a los caballos relinchar. Los franceses siguieron disparando. Era imposible que vieran a qué estaban disparando. En unos 15 minutos el fuego comenzó a detenerse. Después de media hora solo hubo disparos ocasionales. Entonces todo volvió a estar tranquilo. En un rato el aire se había despejado y caminamos más allá de las botellas de gas vacías. Lo que vimos fue la muerte total. Nada estaba vivo. Todos los animales habían salido de sus agujeros para morir; conejos, topos, ratas y ratones muertos en todas partes. El olor del gas aún flotaba en el aire, colgaba de los pocos arbustos que habían quedado. Cuando llegamos a las líneas francesas las trincheras estaban vacías, pero a media milla los cuerpos de los soldados franceses estaban esparcidos por todas partes. Fue increíble. Podíamos ver cómo los hombres se habían arañado la cara y el cuello tratando de volver a respirar. Algunos se habían disparado a sí mismos. Los caballos aún en los establos, las vacas, los pollos: todos estaban muertos. Incluso los insectos estaban muertos.

Fritz Haber, Nóbel de Química por alimentar a la humanidad, también fue el responsable de todo esto. El responsable y el único capaz de entender lo que había sucedido en términos químicos: reacciones moleculares incompresibles que tiñeron de negro la piel de unos 1500 soldados muertos del modo más cruel. Haber, el que multiplicó los panes y que también nos asfixió.
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Hagamos un paréntesis. Entre el asesinato en masa y la huida a Suiza, donde se entera del Nobel, Haber vive otro capítulo que es preciso contar. Una vez ganada la batalla gracias al gas clorado, el Estado alemán y los compañeros de batalla aplaudieron, festejaron y ascendieron al químico. Haber fue recibido como un héroe por el Kaiser. Pero la alegría del científico por su triunfo en el campo de batalla concluyó cuando llegó a su hogar. Allí lo esperaba Clara, su esposa, también química. La mujer de ciencia no aplaudió el logro de su marido. Muy por el contrario, lo acusó de ser un asesino, lo responsabilizó de 1500 muertes, de haber pervertido a la ciencia. De haber creado una máquina de exterminio.
Haber, amparado por el éxito obtenido, subido al escalón más alto del orgullo científico, despreció a su esposa primero y la ignoró después y esa misma noche organizó una fiesta en su casa con sus camaradas de armas y de muerte. En pleno festejo, Clara, oculta durante toda la noche en su dormitorio, irrumpió de imprevisto entre los alegres asesinos clorados y en un movimiento inesperado tomó el arma de su esposo y frente a todos los invitados que festejaban la muerte, apretó el gatillo sobre su propio corazón. Clara se inmoló en nombre de la ciencia.
El suicidio de Clara no modificó el sentir del químico. Al día siguiente volvió al campo de batalla a supervisar el uso de su invento, el gas cloro. Pocos meses después, cuando la guerra había llegado a su fin y Haber era buscado por criminal de guerra, el hombre recibía el Nobel. Esta vez no hubo festejo.
Juan Cruz Taborda Varela: El día que mataron a Jean Pierre, el Beatle francés








