Sin dudas, es necesario que nuestro desarrollo emocional se sostenga sobre una valoración y autoestima lo más sólidas posible, y en la construcción de una madura confianza en sí mismo, asumiendo la responsabilidad y los riesgos de elegir lo que queremos y podemos, para en definitiva hacernos cargo de la maravillosa aventura de vivir. Ahora bien, lo recomendable es crecer con equilibrio y con la mayor conciencia posible. Por lo tanto, que haya muy poco o demasiado narcisismo, puede ser un “semáforo amarillo” y una señal de la existencia de algún conflicto o problema psicológico. La mencionada película plantea que el amor de una mujer inteligente puede reformar al egocéntrico. Sin embargo, la vida real demuestra que al narcisista no se lo cambia; se lo padece o se lo abandona.
Trastorno narcisista de la personalidad
Ahora bien, cuando el narcisismo desborda y supera lo saludable, entonces podríamos estar en presencia de algo patológico. Según el Manual Internacional de Psiquiatría DSM V, algunos de los indicadores que identifican al Trastorno Narcisista de la Personalidad son:
. Necesidad excesiva de admiración
. Un sentido grandioso de autoimportancia
. Comportamientos explotadores en relaciones interpersonales
. Falta de empatía hacia los demás
. Creencia que sólo puede ser comprendido por “gente especial”
. Sentimiento del derecho a recibir tratos privilegiados
. Conductas arrogantes y despectivas hacia otros
. Fantasías sobre logros y éxitos inalcanzables
. Predisposición a sentir celos y envidia de los demás
Claro que no es fácil lograr que las personas atrapadas en esta existencia, la reconozcan y la quieran cambiar. Por el contrario, lo más probable, es que la nieguen. En todo caso, los que sufren son quienes conviven, rodean o interactúan ocasionalmente con ellas, ya que lo más probable es que se establezcan relaciones inmaduras, emocionalmente desiguales y tóxicas. Por supuesto la psicoterapia puede ayudar a los narcisistas, siempre y cuando se den cuenta (o quieran darse cuenta) de que el trastorno que tienen es un obstáculo y un modo inconveniente de funcionar, que les impide tener un contacto genuino con ellos mismos y también establecer relaciones sanas y duraderas.
En nuestro vocabulario cotidiano existen un montón de metáforas muy descriptivas y graciosas de las personas “soberbias, altaneras y creídas”. Entre tantas cosas, solemos decirles que “tienen la cocina llena de humo o que ni con una caña tacuara es posible tocarlos”. Por eso, generalmente, sólo sostienen relaciones con quienes los adulan, elogian y necesitan. El resto de la gente prefiere alejarse y evitar tensiones, desgaste y malos momentos.
La máscara de superioridad
Nos preguntamos: ¿Cómo suele ser el mundo interior de los narcisistas? Del refranero popular podemos considerar un viejo dicho que posiblemente nos ayude a responder esta pregunta: “Dime de que alardeas y te diré de lo que adoleces”. Cuando desde el altar de la auto adulación infinita se prioriza la búsqueda del reconocimiento y del elogio externo, entonces es probable que la autopercepción de estas personas sea diferente al “castillo en el aire” que muestran para cosechar halagos. Construyen una imagen de sí mismos que necesita imperiosamente ser alimentada con un YOÍSMO insoportable: “Porque yo soy el mejor… yo soy el primero… yo, yo y más yo…”. Una de las modalidades de los narcisistas en los eventos sociales, es monopolizar las conversaciones y llamar la atención del modo que puedan. Por supuesto no son todo lo que dicen, ni tienen las virtudes que aseguran tener.
Por eso el riesgo interior que corren es pasar de la omnipotencia a la impotencia sin intermedios y a máxima velocidad, para caer en la tristeza y la depresión. Mientras las personas seguras de sí misma se relacionan compartiendo espacios y lugares con los demás, los narcisistas tratan de montarse en un escenario para ser aplaudidos y así muy posiblemente reparar y calmar dudas y sentimientos de baja estima interior. Ahora bien, además de los que buscan imponerse de modo histriónico, hay otros que son menos circenses pero que manipulan desde el rol del “pobrecito” y manejan con la culpa. También están quienes “dan y dan y son serviciales”, pero que a cambio no aceptan negativas ni críticas. Suelen ponerse en víctimas y decir: “después de todo lo que hice por vos, mirá como me pagás”. En definitiva, y con las diferentes máscaras, todo confluye en una gran necesidad de validación e incapacidad para reconocer a los otros y siempre tratando de ponerse por encima.
La desvalorización de los demás
La autovaloración saludable nos permite sentir y pensar que somos capaces, que podemos buscar y lograr lo que pretendemos y también sostenernos anímicamente cuando no se cumplen nuestras expectativas. Poder conocer y aceptar nuestros límites, probar capacidades nuevas, equivocarnos, ganar y perder… y así crecer genuinamente aprendiendo de nuestras experiencias y sin pretender parecernos a Superman o a la Mujer Maravilla. En tal sentido, tener una imagen lo más real posible de nosotros mismos, aceptarnos y no paralizarnos ante desánimos injustos y pasajeros, forma parte de reconocernos con orgullo y cordura.
Los narcisistas, en cambio, tratan de ocupar un pedestal “defensivo” desde cual buscan “ser más” para sentirse superiores. Por eso no es raro que estas personas critiquen desde la envidia y los celos, y busquen menospreciar las cualidades y logros de quienes consideran una competencia, o de quienes pueden ponerlos en evidencia o ubicarlos “con los pies sobre la tierra”. Las relaciones empáticas no importan, ni tampoco los vínculos afectivos consistentes. Tampoco tienen un interés auténtico por lo que son y lo que les pasa a los demás. La atención sólo está puesta en sí mismos y a esa imagen gloriosa a la que están entregados. Volviendo a la película “Yo, Narciso”, el final sugiere una tregua donde ambos se aceptan con sus defectos en una relación más o menos equilibrada. Pero en la vida real, ceder ante un narcisista reafirma su conducta y solo es el inicio de una etapa de devaluación. Al haber perdonado lo imperdonable, la víctima le da permiso implícito para que el maltrato y la manipulación vuelvan, pero esta vez con más fuerza.
Diferencias entre el trastorno narcisista y la psicopatía
Nos permitimos diferenciar estos dos perfiles patológicos de la personalidad ya que tienen algunas manifestaciones similares como la predisposición a manipular al entorno, la falta de empatía y un marcado egoísmo. Sin embargo, los psicópatas que no tienen conciencia de enfermedad pero si juicio de realidad, suelen tener un Yo mucho menos frágil que el de los narcisistas. Son más sagaces y definitivamente no sienten remordimientos cuando cometen delitos, dañan a otros o violan acuerdos. Son más intuitivos y habilidosos para engañar y saben camuflarse como “personas normales”. Podríamos decir que si bien son narcisistas, los psicópatas son más robustos y peligrosos, porque “saben muy bien donde clavar la pala” y no amedrentan fácilmente hasta conseguir lo que quieren. Si los comparamos con los narcisistas, quienes interiormente suelen ser sensibles y lábiles, los psicópatas son más arteros y peligrosos.
La sensibilidad ante las críticas de los demás
Los narcisistas están tan pendientes de satisfacer y alimentar la imagen casi perfecta que tienen de sí mismos, que se vuelven adictos a ser admirados y alabados por “sus talentos”. Por lo tanto, escuchar opiniones contrarias a esa idealización, es de lo peor que les puede pasar. Es más, en su afán competitivo, son ellos quienes habitualmente critican a los demás hasta en pequeños detalles, y con el principal objetivo de esmerilarlos y rebajarlos. Por supuesto, les gusta tener la razón en todo, y hasta cuando no la tienen. Además les cuesta confiar y suelen ser exigentes con los demás, pero escasamente recíprocos. Por eso reciben, pero sólo dan a cuentagotas. Ahora bien, cuando no pueden imponer sus conductas, entonces el ego muchas veces frágil que los sostiene empieza a crujir, y se vuelve particularmente sensibles a las críticas externas. Y es justo en esa instancia cuando suelen sentirse decepcionados, desconcertados, infelices, ansiosos y deprimidos.
¿Cómo nos relacionamos con personas muy narcisistas?
Todos necesitamos querernos, amarnos y valorarnos. El problema es cuando el narcicismo es escaso o excesivo. De modo que ser admirados y reconocidos es muy bueno para nuestra estima. Lo enfermizo es organizar una personalidad alrededor de una aspiradora de elogios y de una “necesidad insaciable” de amor a sí mismo. Por lo pronto, es recomendable poder detectar a quienes funcionan de esta manera. Lo otro importante es saber que difícilmente se interesen por otra cosa que no sea su endiosamiento. Por eso se vinculan mayormente con quienes se ponen en sus orbitas y los halagan y admiran incondicionalmente. En lo discursivo, suelen ser aburridos porque son autorreferenciales y hasta pueden repetir varias veces historias grandiosas y “epopeyas fantásticas” de otros tiempos. Básicamente los narcisistas no dan lugar ni espacio a los otros, y hasta pueden volverse rencorosos y competitivos con quienes “les pueden hacer sombra”. Además son manipuladores y avasalladores, por lo que no hay que caer en el juego que proponen, y ser firmes a la hora de frenarlos. Así las cosas, las relaciones no son nutritivas ni prósperas para quienes se vinculan con ellos. En vocabulario repostero, podemos afirmar que son empalagosos y empachan con su yoísmo infinito. Pero como si fuera poco, en algunos casos se convierten en eximios controladores y expertos en humillar a los demás. De modo que lo recomendable es no caer en sus redes y poner límites firmes a sus zancadillas.
El amor propio saludable
Quienes se valoran, cuidan y respetan, difícilmente hagan saltar el Narcisómetro a niveles exorbitantes. Por el contrario, pueden reconocer sus cualidades, facilidades y debilidades, y sin compararse permanente y obsesivamente con los demás. Asimismo, se permiten celebrar logros de otros, pedir ayuda cuando necesitan algo, y escuchar opiniones y críticas constructivas. Las personas que tienen una autoestima sólida no dependen imperiosamente de gratificaciones externas y pueden valorarse sin minimizar al resto. Y también pueden darse cuenta de sus desbordes narcicistas, sentir culpa por sus desvaríos, y reconfigurarse para recuperar el equilibrio y la empatía. En cambio los narcisistas permanecen rígidamente encajados en sí mismos, y con poco margen para resetearse. Bien vale recordar la historia de Narciso en la Mitología Griega. Un joven muy bello que se enamoró de su propia imagen hasta quedar atrapado en ella. Cuando vio reflejada su cara en un estanque se terminó arrojando al agua y muriendo. A modo de conclusión, podemos afirmar que mientras el narcisista construye muros,…el amor propio saludable construye puentes.









