En la industria vitivinícola, donde cada tanque representa una inversión clave, la microbiología se ha convertido en una aliada estratégica para resguardar la calidad y la rentabilidad. Las paradas de fermentación y la contaminación microbiana, a menudo invisibles a simple vista, pueden provocar pérdidas millonarias y comprometer la reputación de una bodega. Frente a ese escenario, el control científico del proceso aparece hoy como una herramienta indispensable.
“El vino es un producto vivo, y su elaboración, un delicado equilibrio biológico”, explica el microbiólogo argentino Germán Gonzalez Riachi, en el marco de Ciencia del Vino, el primer laboratorio móvil especializado en microbiología enológica de la región. “Desde la vendimia hasta el fraccionamiento, una compleja comunidad de levaduras y bacterias trabaja para crear el vino que disfrutamos”, señala. Sin embargo, advierte que “no todos los actores son beneficiosos” y que la presencia de microorganismos indeseados puede generar desde desvíos aromáticos hasta la pérdida total de un lote.
Riesgos invisibles y alto impacto económico
Las consecuencias de un fallo microbiológico pueden ser severas. En una bodega mediana, un solo tanque afectado puede representar un riesgo superior a los 300 mil dólares. Uno de los problemas más graves son las paradas de fermentación, que pueden ocasionar pérdidas de hasta el 70% del valor del vino.
Estas detenciones suelen estar asociadas a una baja carga de levaduras, a la competencia con microorganismos contaminantes o a deficiencias nutricionales. “Generalmente, en la práctica, es muy difícil arreglar un vino que se alteró o perdió su calidad”, afirma Riachi. “Se descarta, se corta con vino de menor calidad o se vende a granel a un precio muchísimo menor”.
Los microorganismos que alteran el vino
Entre los principales contaminantes se destaca la levadura Brettanomyces, responsable de aromas como “sudor de caballo” o “cuero”. Un estudio realizado en California indicó que el 73% de las bodegas sufrió una merma de calidad por su presencia.
A ello se suman levaduras como Zygosaccharomyces, que pueden generar refermentaciones en botella, bacterias lácticas asociadas al llamado “gusto de ratón” y bacterias acéticas capaces de avinagrar por completo el producto. En todos los casos, el daño suele ser irreversible.
Prevención, control y diferenciación
Frente a este panorama, la prevención aparece como la estrategia más eficaz. “Siempre se busca prevenir y sumar a la calidad del vino sin intervenir en el estilo enológico de cada bodega”, remarca Riachi. La inversión en monitoreo microbiológico resulta, según el especialista, “infinitamente menor” que el costo de una pérdida productiva.
El enfoque incluye protocolos rigurosos de limpieza y desinfección, controles periódicos durante la fermentación y análisis exhaustivos antes del embotellado. En este marco, cobra relevancia la figura del microbiólogo enológico y experiencias como “Ciencia del Vino”, que acercan laboratorios móviles a las bodegas.
Además de prevenir, la microbiología permite diferenciar: el aislamiento de levaduras nativas refuerza la identidad del terroir y contribuye a crear vinos únicos. Así, la ciencia deja de ser un recurso auxiliar para convertirse en una pieza central de la gestión vitivinícola moderna.









