De enlatados, vejeces y cómo sigue la cosa

Por Sol Rodríguez Maiztegui

“¿Cómo sigue la cosa, este año, con los abuelos?”, me preguntó un periodista hace pocos días. 

Cada vez que escucho nombrar la palabra “abuelo” cómo sinónimo de persona mayor se me eriza la piel. Luego recuerdo que no todas las personas se dedican a la gerontología, que no es sencillo deconstruirnos de las nociones viejistas y gerontofóbicas que nos habitan… Respiro profundo, sonrío y esbozo un saludo preliminar para avanzar. 

Hola, mucho gusto”, le contesté. Segundos más tarde grabé un audio de WhatsApp de cinco minutos, dos de los cuales estuvieron dedicados a sugerirle no utilizar eufemismos para referirnos a las personas mayores. “No todas las personas mayores son abuelas. No todas quienes son abuelas con personas mayores. El abuelazgo es un rol que elegimos o no ejercer, y que adquiere relevancia en contexto. O sea, cuando estamos haciendo referencia al vínculo entre un abuelo y nieto o viceversa”, concluí. 

“¿Qué consejos podemos darles para que se queden en casa hasta que se vacunen?”, prosiguió tras escucharme y recibir con apertura mi primera sugerencia. 

¡Qué difícil pensar en consejos enlatados! Como si todas las personas mayores fueran idénticas entre sí. Como si la diversidad y/o heterogeneidad de las personas quedase desdibujada por culpa de un recorte arbitrario que estableció que en nuestro país se considera “persona mayor” a los mayores de 60 años. ¿Cuántas generaciones coexisten en esta categoría?, ¿acaso es lo mismo tener 65 que 80?, ¿envejecer en el campo que en la ciudad?, ¿vivir solo/a que con otras personas?, ¿tener una jubilación mínima o una que la cuadruplique?. ¿Acaso es lo mismo vivir en un barrio cerrado, en un departamento, en una vivienda con patio, en un cuartito sin luz, en un barrio vulnerado socialmente?. ¿Acaso es lo mismo envejecer con enfermedades crónicas, secuelas de algún ACV, que no tener enfermedades o secuelas?

Para el segundo audio comencé a caminar por el barrio. Me concentro mejor mientras me muevo. Antes de grabar pienso qué decirle. Me imagino un manual ilustrado lleno de respuestas a “preguntas frecuentes”. Como si todo sobre nosotros, los y las envejecientes se pudiese plasmar en un libro de autoayuda. 

De repente me acuerdo de Susy que enviudó hace poco. Su compañero murió de un infarto en vísperas de Año Nuevo. Días atrás me llamó para que buscara por su casa unas muñecas tejidas a crochet que le había hecho a mis niñas. Cuando la visité me recibió con un “puñito”, una sonrisa que imaginé debajo de su barbijo y tímidas lágrimas que secaba de manera recurrente ante cada suspiro. 

Instantes después rememoro una charla con una amiga: “Mi mamá no se quiere vacunar con la rusa, dice que va a esperar la otra”. Mientras tanto, esa mamá, de más de 70 (que trabaja ininterrumpidamente desde los 20) sigue atendiendo pacientes en su consultorio ubicado en el mismo lugar donde vive. “Yo me quedo en casa”, le repite cada vez que mi amiga intenta “hacerla entrar en razón”. 

El miércoles internaron a Azucena por COVID. Está bien, controlada. Se había inscripto para vacunarse pero aún no la llamaron. El virus no espera. 

A Edgardo le gusta salir a correr al parque. Se saca el barbijo cuando lo hace solo. Mantiene el distanciamiento y en cuanto termina, regresa a su departamento ubicado en un sexto piso, sin ventana a la calle, en pleno centro. Esperanza, tiene 90 años y desde que nació vive en Alicia, una localidad cordobesa situada en el departamento San Justo, de tan solo 3000 habitantes. Si bien está al tanto del contexto, su vida no se modificó en absoluto. No puedo decir lo mismo de Adriana, que apenas pisó la vereda de su casa dos veces desde el 16 de marzo de 2020. O de Carlos que vive en una residencia, él hace años que ya no decide cómo gestar su día. 

Repito en voz alta la pregunta que inició todo, la primera del chat con el periodista: “¿Cómo sigue la cosa este año (para las personas mayores)?”. Detengo mi caminata. Activo el botón verde del Whatsapp. Me tildo al mismo tiempo que los segundos cuentan. “¿Acaso lo sé?, ¿acaso lo sabemos?”, pensé. 

 

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