Nadie más que Estados Unidos podía destruir el orden liberal internacional. Ni China, ni Rusia, ni Irán. Solo su propio arquitecto. Solo quien diseñó las reglas podía vaciarlas desde adentro sin pedir permiso. Lo que estamos viendo no es un asalto externo al sistema, sino una implosión doméstica, un imperio cansado de fingir que gobierna mediante normas.
En términos históricos, la supuesta supremacía occidental es apenas un paréntesis. Un episodio breve entre dos largos siglos de mundos no occidentales dominantes. Hoy ese paréntesis empieza a cerrarse. Quien todavía crea que el “orden liberal” existe está mirando una película vieja, proyectada sobre un escenario que ya fue demolido.
La OTAN se vacía de sentido, Europa se encoge intelectualmente y Washington abandona el lenguaje de los valores para hablar el idioma crudo de la posesión. “Estoy buscando negociaciones inmediatas para adquirir Groenlandia”, dijo Donald Trump en Davos, como quien habla de comprar un hotel o un terreno baldío. Agregó, con una sonrisa apenas disimulada, que no quiere usar la fuerza, como si eso fuera tranquilizador.
Groenlandia es una isla gigantesca cubierta de hielo, en el extremo norte del planeta. Durante décadas fue un margen del sistema internacional, una nota al pie en documentales sobre glaciares y pueblos inuit. Hoy se ha convertido en un objeto de deseo estratégico, no por su cultura ni por su población de 57.000 habitantes, sino por su posición, sus recursos y su valor militar.
El Ártico dejó de ser un desierto congelado. Es el nuevo tablero central de la competencia global.
Desde el punto de vista militar, Groenlandia funciona como una plataforma avanzada frente a Rusia y, cada vez más, frente a China. Allí opera la base aérea de Thule, pieza clave del sistema estadounidense de alerta temprana ante misiles balísticos. En un mundo donde el tiempo de reacción se mide en minutos, la geografía vuelve a ser destino.
Debajo del hielo se esconden además reservas de petróleo, gas y, sobre todo, minerales estratégicos. Las tierras raras son indispensables para la industria tecnológica, la transición energética y la producción militar avanzada. En un planeta donde China concentra buena parte de esas cadenas de suministro, acceder a nuevas fuentes propias se vuelve una obsesión de seguridad nacional. El calentamiento global, esa catástrofe civilizatoria, aparece aquí como oportunidad logística.
También están las rutas. El retroceso del hielo abre corredores marítimos que acortan drásticamente la distancia entre Europa y Asia. Controlarlos equivale a tener una mano sobre el cuello del comercio mundial del siglo XXI, una versión polar del canal de Suez, poder en estado geográfico.
Pero Trump no razona solo como estratega. Razona como propietario.
No ve sociedades, ve superficies. No ve soberanías, ve activos. Aplica al mapa mundial la lógica de la inmobiliaria. En Davos incluso sugirió que, al no haber recibido el Premio Nobel de la Paz, ya no se siente obligado a cultivar una imagen conciliadora y que ahora prioriza la seguridad estadounidense “por cualquier medio”. La frase es reveladora. El derecho cede ante la transacción, la diplomacia ante la escritura.
Dinamarca respondió que Groenlandia no está en venta. El gobierno autónomo local fue aún más tajante al afirmar que no son mercancía. Desde el derecho internacional, la operación es prácticamente imposible.
Pero vivimos en una época donde lo imposible se volvió frágil.
Tampoco parecía plausible un asalto al Capitolio, ni la normalización de anexiones territoriales en Europa, ni que fuerzas especiales capturaran presidentes extranjeros en suelo ajeno. Sin embargo, ocurrió. El siglo XXI se está pareciendo cada vez más al XIX, pero con drones.
El antecedente que alimenta la imaginación estadounidense es Alaska. En 1867 Rusia la vendió por 7,2 millones de dólares. Fue ridiculizada como “la locura de Seward” y terminó siendo una jugada maestra, por sus recursos, su posición militar y su proyección hacia Asia. Trump mira a Groenlandia del mismo modo.
La diferencia es brutal.
Alaska se compró en un mundo sin Naciones Unidas, sin opinión pública global y sin un sistema jurídico internacional denso. Groenlandia existe dentro de un orden construido precisamente para impedir ese tipo de transacciones imperiales.
Ahí está el núcleo del problema.
Trump piensa como un presidente del siglo XIX. Europa pretende hablar como si aún estuviéramos en 1995. Y el mundo ya se mueve como si estuviéramos en 1895.
En el bloque atlántico hoy hay pocos dirigentes a la altura de la época, como Meloni, Orbán o Erdogan, y muchos a los que el traje histórico les queda enorme, como Macron, Merz o Starmer. Europa nunca logró reemplazar a Merkel, y se nota. La Unión Europea discute aranceles mientras el lenguaje real del poder vuelve a ser territorial.
En Davos, Trump no solo habló de Groenlandia. Despreció a Europa por irreconocible, por su migración “descontrolada” y por su economía “decadente”. Habló de Venezuela como futura plataforma petrolera bajo tutela empresarial estadounidense. El mensaje fue coherente. El mundo no es una comunidad, es un inventario.
La pregunta entonces no es si Groenlandia será vendida.
La pregunta es si el sistema internacional tolerará que el territorio vuelva a ser mercancía y la soberanía un obstáculo negociable.
Groenlandia no es solo una isla de hielo. Es un síntoma, un aviso, un experimento mental convertido en declaración presidencial.
Si esa lógica se impone, no estaremos ante una anomalía, sino ante un retroceso civilizatorio. Del derecho al botín, de la norma al contrato forzado, del ciudadano al objeto geográfico.
Estados Unidos no está siendo derrotado por sus rivales.
Está abandonando voluntariamente el mundo que creó, porque ya no le sirve.
Y cuando el arquitecto incendia su propia casa, no queda orden que pueda sostenerse.









