Hace más de quince años que trabajo cerca de personas mayores. En este tiempo, acompañando procesos, proyectos y comunidades, aprendí que el voluntariado no es simplemente una actividad para “ocupar el tiempo libre” o un recurso institucional para paliar la soledad no deseada. Es mucho más profundo: es energía, es amor, es deseo de sentir que la vida adquiere sentido. Es, de alguna manera, estar conectados con nuestro ikigai, esa palabra japonesa que refiere al motivo que nos impulsa a levantarnos cada mañana, a lo que da sentido a nuestra existencia y nos conecta con lo que amamos, sabemos hacer y sentimos que el mundo necesita.
La vejez es, en sí misma, una acción de voluntariado
Tendemos a asociarla con el tutelaje, como si hubiera que “cuidar” a nuestros ancestros. Y en realidad, muchas veces son ellos los que nos tutelan a nosotros. En cada silencio, en cada mirada, en cada gesto paciente, percibo esa sabiduría que acompaña sin invadir, como cuando miramos a nuestros hijos sabiendo que deben aprender a andar solos (mal que nos pese)
Podemos ir perdiendo independencia física y, aun así, seguir cuidando de quienes nos cuidan. Porque cuidar no es una acción unidireccional: es un vínculo que se nutre y construye en múltiples direcciones.
El voluntariado en la vejez, entonces, no debería reducirse a la etiqueta de “solidaridad” o “aquello que hago para ocupar mi tiempo libre”. Pienso que es una expresión de abundancia interior. No todas las personas quieren o necesitan ser voluntarias, y está bien: la vejez, como cualquier etapa de la vida, es diversa. Pero quienes eligen dar, ofrecer, servir su tiempo lo hacen desde una energía vital que todavía no sabemos bien cómo acoger. Una energía que verdaderamente es un aporte real a las comunidades.
El voluntariado mayor es energía, es abundancia. Y el verdadero desafío está en cómo capitalizar esa energía y esa abundancia para transformar nuestras comunidades y nuestras formas de convivir.
Me pregunto: ¿qué mundo necesitamos redefinir para poder recibir realmente todo eso que habita en las personas mayores, tantas veces descritas desde la psicología (como señala Feliciano Villar) como seres generativos, con el deseo profundo de aportar y dejar huella? ¿Qué pasaría si entendiéramos que detrás de cada acción voluntaria hay talentos, dones, aprendizajes de vida que enriquecen y transforman nuestras comunidades? Quizás algunas respuestas hallemos en la idea de volver a narrarnos desde lo regenerativo. ¿Y si la vejez no fuese un límite?
La voluntad de acompañar los caminos de la vida.
Al acercarme yo misma a la mediana edad, empiezo a comprenderlo de otra manera. Veo en muchas personas mayores esa mirada que dice “dale, yo te acompaño, yo ya pasé por ahí”. Una calma que no niega el miedo ni las dificultades, pero que sabe transformarlas en fortaleza compartida.
En el voluntariado habita el deseo. En el voluntariado habita la libertad de poder elegir. Quizás, sin darnos cuenta, hemos consolidado la creencia de que aquello que nos es dado con naturalidad (con ikigai, con disfrute, con abundancia de amor) solo cabe en una acción voluntaria. Como si la vida tuviese que ser sacrificada para merecerla.
La vejez, en cambio, nos invita a vivir livianos. ¿Y si la liviandad fuese el verdadero tesoro que cotice en el futuro? El desafío, entonces, será mirarnos cada uno hacia adentro y reconocer que no es cuestión de edad, sino de conexión con nuestros dones. Porque lo que está en juego no es solamente la inclusión de las personas mayores: es la posibilidad de construir un mundo que aprenda con los demás, con los otros. Nada sin el otro.
Quizás militar la vejez (reivindicarla, hacerla visible, celebrarla) también pueda ser entendida como una acción de voluntariado. Porque la palabra “voluntariado” proviene de voluntad: querer, elegir, desear. Y en esa raíz late lo mismo que en la vejez cuando se vive desde la abundancia: la libertad de decidir, el deseo de compartir y la fuerza de seguir habitando el mundo con propósito. Un propósito que, en última instancia, conecta el ikigai individual con la generatividad colectiva: vivir con sentido para uno mismo, aportando a los demás.
Presentación del libro “Cuando la justicia se asoma a nuestras vidas”
La Editorial Universitaria Villa María (Eduvim) presentará el libro Cuando la justicia se asoma a nuestras vidas, del exjuez federal y abogado constitucionalista Miguel Julio Rodríguez Villafañe (también mi papá:)
- Viernes 29 de agosto de 2025 – 19 horas.
- Sede de la Universidad Nacional de Villa María en Córdoba (Enrique Finochietto 244, Bº Colinas de Vélez Sarsfield).
Acompañarán al autor en la presentación Silvia Barei (Doctora en Letras Modernas, ex vicerrectora de la UNC) y Jorge Carranza (exjuez de Niñez y Violencia Familiar, poeta).
El libro reúne relatos ficcionalizados con referencias reales, que reflejan historias de vida pequeñas, dolores y temores particulares, narrados desde la sensibilidad y la experiencia jurídica de Rodríguez Villafañe. Como señala María Teresa Andruetto en el prólogo, la obra trata de “la escucha sensible de los dolores y las pasiones humanas”. La publicación podrá adquirirse el mismo día del evento o en la web de Eduvim: www.eduvim.com.ar. ¡Aquí nos encontramos!
Día de las Ferias de Ciencias: legado, ikigai y generatividad
Ayer, 28 de agosto, se conmemoró en Argentina el Día de las Ferias de Ciencias, una fecha con un significado muy especial para mí porque fue impulsada por mi abuelo Alberto Pascual Maiztegui. Él supo ver en estas instancias un espacio para despertar vocaciones, abrir preguntas y contagiar entusiasmo por la ciencia y la educación.
Este año tuve la fortuna de vivir esa celebración en la feria de ciencias de la Escuela Kumelen (ubicada en zona sur de la Ciudad de Córdoba), junto a mi mamá y a Vicente Capuano, científico e integrante de El Club de la Porota. Vicente recibió de mi abuelo no solo conocimientos, sino también el amor por la educación y la divulgación científica. Ayer caminó la feria, dialogó con los estudiantes y fue entrevistado por ellos, en un gesto que mostró cómo el legado se multiplica y se transforma con cada generación.
El voluntariado también es eso: voluntad para legar, compartir, sembrar y construir con otros. Es comprender que somos más que la suma de las partes, que cada uno aporta desde sus potencialidades y que juntos edificamos algo que nos trasciende.
En las imágenes se ve a Vicente, al cuerpo directivo y docente de Kumelen, disfrutando de un sueño que él mismo vio nacer de la mano de mi abuelo allá por la década del 60: LAS FERIAS DE CIENCIAS, TECNOLOGÍA, ARTE E INNOVACIÓN. La ciencia, la educación y la comunidad son formas de mantener vivos a quienes nos precedieron y de proyectar su ikigai en el futuro.