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El don envenenado de la mirada

Hoy Dia CórdobaPorHoy Dia Córdoba
16 de abril de 2020
El don envenenado de la mirada

No es seguro que la pandemia del coronavirus nos alcance el cuerpo físico pero sí es un hecho que ya se apoderó de nuestra mente haciéndonos prisioneros del pánico. La expresión más cabal se pone en evidencia a la hora de amarrotar mercaderías en los supermercados a la vez que nos sobreexponemos al contacto de la multitud durante esa hazaña. Da la impresión de que, si construimos un almacén paralelo al fondo de nuestra casa, estamos más protegidos del mal e, incluso, inmunes a sus efectos. Un extraño convencimiento nos hace pensar que podemos socavar la enfermedad y pasarle al lado sin sufrir consecuencias. Y lo que ocurre verdaderamente es que –en esta encrucijada- podemos ser alcanzados al menor suspiro por un cruce circunstancial, por un accidente, por un encuentro fortuito, por un desatino…

Claro que hay que cuidarse y cuidar a los demás pero sin falsas presunciones creyendo tener la solución en nuestras manos ya que –en casos así- el azar se vuelve imponderable y el destino nos vigila desde una hendija. Precisamente, este malabarismo de lo impredecible es el que lleva al pensador francés Georges Didi-Huberman a hacer interactuar los términos «similar» y «simultáneo» en un brevísimo artículo con ese nombre, para demostrar el funcionamiento de la sincronicidad. Toma, para ello, el curioso ejemplo de una partida de dados que –más allá del juego en el que se inscribe- convoca la fatídica suerte que le cabe a sus destinatarios. Tres dados arrojados al mismo tiempo devengan resultados diferentes que van desde un extremo al siguiente. El prefijo «simul» que vincula los dos vocablos (y las dos acciones) conjura esa circunstancia.

En su razonamiento, el filósofo imagina a tres sujetos como partes responsables de la apuesta y decide que «a uno le toca la vida; al otro, la herida; al tercero, la muerte» (Didi-Huberman, 1998, p. 23). No explica cómo llegan a ese lugar ni tampoco las motivaciones personales que los instalaron en ese sitio. Ninguno sabe de antemano el resultado ni tampoco se anima a cuestionarlo pero cada uno por su lado confía en ser el afortunado. Tanto así que, en medio de la contienda, no abdica de sus oportunidades. El accidente automovilístico se produce después pero sigue cálculo a cálculo el pronóstico de los dados. Uno se consume en el interior de los despojos y queda reducido a «esa gran superficie de sangre que va aumentando en silencio» (p. 24), otro mensura los gravísimos daños y no deja de requerir ayuda, mientras que el tercero resiste, atontado, desde fuera. Ha sido expulsado del coche y puede testimonar con horror la sina de sus compañeros de viaje. Didi-Huberman sintetiza con estas palabras el perfil de la escena:

Ese es el sentido de la tirada de dados –tres dados similares arrojados simultáneamente-: al tercero, le toca ser reducido a una mancha que solo avanza con el poder de la muerte. Al segundo, la locura y lo infinito, tal vez hasta la muerte, de los sufrimientos físicos. Al primero, sin duda para siempre, el don envenenado de la mirada (p. 24).

La pandemia del coronavirus puede homologarse perfectamente a este desafío que –para el autor- toma la forma de una tragedia con un saldo fatal irreversible. La resolución silogística no es difícil de prever, tampoco sus alcances. No podemos negar el número de víctimas fatales que engrosará las estadísticas, tampoco desconocer ese otro conjunto que quedará ileso pero que soportará el grave impacto el resto de sus vidas. Menos aún, la existencia de un último grupo, tal vez el más expansivo formado por sobrevivientes, a los que le cabe sostener «para siempre, el don envenenado de la mirada». Es necesario detenernos en estos mientras sea posible contar con el efecto benéfico de sus ojos todavía altivos a los fines de hacer productiva la supervivencia.

Llegado a este punto de la argumentación, me interesa convocar al debate, el libro del nobel portugués José Saramago publicado en 1995: Ensayo sobre la ceguera. Primero, porque parece calcado a la realidad que estamos viviendo ya que el universo narrativo de la pandemia que comienza a expandirse (la ceguera blanca) mucho se asemeja a la que nos rodea aunque sus síntomas sean diferentes; y después, porque se anima a dar una prudente respuesta al acto de responsabilidad solidaria que exige una coyuntura como la actual a través de la metáfora de la visión. No se puede decir que Saramago ignore la «rivalidad de la suerte» (p. 24) que describe Didi-Huberman porque lo hace muy bien y el marco de la ficción es una muestra extraordinaria de esa lógica ambivalente que trae aparejada la distopía. Pero la clave que enriquece esta perspectiva radica en el papel del testigo ocular, de aquel que puede ver todo lo que le está pasando a su lado y el modo como procesa su misión de cara al futuro.

Precisamente, en el caso del autor lusitano, le cabe sólo a una única mujer conservar la vista cuando todos han quedado ciegos y por eso puede dar cuenta –con incisión e sin impostura- el curso de los acontecimientos desde el inicio destemplado hasta el caos en que se transforma durante su apogeo. Pero esta virtud no se desarrolla sin el peso de la herida y por eso, muchas veces la misma protagonista –entronizada como heroína- prefiere quedarse ciega también antes de cargar el deber que lleva encima. No lo hace, sin embargo. Resiste y avanza hasta el final porque –a su modo- se sabe conductora del resto de humanidad que todavía nos hermana como especie. En un bellísimo diálogo que mantiene sobre el final con una de las apestadas a las que guía y conduce, afirma sin ambages: «Hoy es hoy, mañana será mañana, y es hoy cuando tengo la responsabilidad, no mañana si ya estoy ciega, Responsabilidad de qué, La responsabilidad de tener ojos cuando otros lo han perdido» (Saramago, 1995, p. 287).

En el capítulo final de la novela, la pandemia llega a su fin porque el primer ciego recupera la vista y así lo hacen todos los demás, de manera escalonada y en orden creciente en un breve lapso. El coronavirus también llegará su fin –al menos en forma masiva- pero no estamos todavía en condiciones de medir sus consecuencias. Hasta hoy ha mostrado la fase más oscura del ser humano, la del consumismo servil y capitalista que no piensa en las necesidades del prójimo y que se autoenajena en el propio sustento. Tal vez mañana sea otra cosa. No lo sabemos a ciencia cierta pero no perdemos nada con esperar. Lo que sí está claro es que no hay tiempo para derrochar y que los que poseen los ojos bien abiertos tienen que ayudar a los que ya lo cerraron o van en ese camino. La novela de José Saramago abre un interrogante que estamos prontos para responder y que nos marcará como humanidad. No tengamos fe pero tampoco desalentemos la esperanza. Quien sabe, el juego del azar nos depare una alternativa inapreciable a esta altura y que valga la pena.
Fuentes consultadas
Didi-Huberman, G. (1998). Similar y Simultáneo. En G. Didi-Huberman, Fasmas (págs. 23-24). Cantabria: Shangrila.
Saramago, J. (1995). Ensaio sobre a cegueira. Lisboa: Caminho. Traducción al español de Alfaguara

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