Viaje alrededor de mi habitación - Séptima entrega

Folletín de verano | Por Xavier de Maistre

XXXII

Hasta aquí había llegado de mi viaje, cuando me vi obligado a bajar precipitadamente del caballo. No habría tenido en cuenta esta particularidad si no debiera en conciencia instruir a las personas que quisieran adoptar esta manera de viajar de los pequeños inconvenientes que presenta, después de haberles expuesto las inmensas ventajas.

No habiendo sido las ventanas, por lo general, primitivamente inventadas para el nuevo destino que las he dado, los arquitectos que las construyen no se cuidan de darles la forma cómoda y redondeada de una silla de montar a la inglesa. El lector inteligente comprenderá, creo yo, sin otra explicación la causa dolorosa que me obligó a hacer una parada. Me bajé con bastante trabajo y di unas cuantas vueltas a pie a lo largo de mi cuarto para desentumecerme, reflexionando sobre la mezcla de penas y placeres de que la vida está sembrada, así como sobre la especie de fatalidad que hace a los hombres esclavos de las circunstancias más insignificantes. Después de lo cual me apresuré a montar de nuevo en mi caballo, provisto de una almohadilla, lo cual no me habría atrevido a hacer algunos días antes por temor a las rechiflas de la caballería; pero habiendo encontrado el día antes en las puertas de Turín un destacamento de cosacos que llegaban, montados sobre parecidas almohadillas, de las riberas de los Palus-Meótidas y del mar Caspio creí, sin desdeñar las leyes de la equitación, poder adoptar la misma costumbre.

Libre ya de la sensación desagradable que he dejado adivinar, pude ocuparme sin inquietud de mi plan de viaje.

Una de las dificultades que más me preocupaban, porque provenía de mi conciencia, era saber si haría bien o mal en abandonar mi patria, cuya mitad, por su parte, me había abandonado.

Semejante partido me parecía demasiado importante para decidirme a tomarlo sin pensarlo bien. Reflexionando acerca de esta palabra de patria, advertí que no tenía de ella una idea muy clara. «¿Mi patria? ¿En qué consiste la patria? ¿Sería, acaso, una reunión de casas, de campos, de ríos? No podría creerlo así. ¿Sería acaso mi familia, mis amigos, lo que constituye mi patria? ¡Pero ya me han abandonado! ¡Ah, ya estoy! ¿Sería el Gobierno? Pero lo han cambiado. ¡Dios mío! ¿Dónde, pues, estará mi patria?» Me pasé la mano por la frente en un estado de inquietud imposible de expresar. ¡El amor a la patria es de tal modo enérgico! Los tristes recuerdos que yo mismo sentía a la sola idea de abandonar la mía me probaban con tanta tristeza la realidad de la patria, que hubiera permanecido a caballo toda mi vida antes que emprender la marcha sin haber resuelto por completo esta dificultad.

Pronto eché de ver que el amor a la patria depende de varios elementos reunidos; es decir, del largo hábito que adquiere el hombre desde su infancia, de los individuos, de la localidad y del Gobierno. No se trataba ya más que de examinar en qué contribuyen estas tres bases, cada una por su parte, a constituir la patria.

El afecto a nuestros compatriotas, en general, depende del Gobierno, y no es otra cosa que el sentimiento de la fuerza y de la felicidad que nos proporciona en común; puesto que el verdadero afecto se limita a la familia y a un pequeño número de individuos que nos rodean inmediatamente. Todo lo que rompe la costumbre o la facilidad de vivir en común hace a los hombres enemigos; una cadena de montañas forma por una y otra parte ultramontanos que no se tienen afecto; los habitantes de la orilla derecha de un río se creen muy superiores a los de la orilla izquierda, y éstos, a su vez, menosprecian a sus vecinos. Esta disposición se advierte hasta en las grandes ciudades separadas por un río, a pesar de los puentes que reúnen sus orillas. La diferencia del idioma aleja mucho más todavía a los hombres que tienen el mismo Gobierno; en fin, la familia misma, en la cual reside nuestro verdadero cariño, está con frecuencia dispersa en la patria; cambia continuamente en la forma y en el número; además, puede ser transportada. No es, pues, ni en nuestros compatriotas ni en nuestra familia donde reside absolutamente el amor a la patria.

La localidad contribuye por lo menos tanto al afecto que sentimos por el país natal. Se presenta con referencia a esto una cuestión muy interesante: se ha notado siempre que los montañeses son, entre todos los pueblos, los que tienen más apego a su país, y que los pueblos nómadas habitan, en general, las grandes llanuras. ¿Cuál puede ser la causa de esta diferencia en el amor de estos pueblos a la localidad? Si no me equivoco, es ésta: en las montañas la patria tiene una fisonomía; en las llanuras no la tiene. Es una mujer sin facciones, que no hay medio de amar a pesar de todas sus buenas cualidades. ¿Qué le queda, en efecto, de su patria local al habitante de una aldea de casas de madera, cuando, después del paso del enemigo, la aldea ha sido quemada y los árboles tronchados? El desgraciado busca en vano en la línea uniforme del horizonte algún objeto conocido que pueda suscitar sus recuerdos; no existe ninguno. Cada punto del espacio le presenta el mismo aspecto y el mismo interés. Aquel hombre es nómada de hecho, a menos que la costumbre del Gobierno no le haga permanecer en su país; pero su morada estará aquí o allí, no importa dónde; su patria está dondequiera que el Gobierno ejerce su acción; no tendrá más que una patria a medias. El montañés se siente ligado a los objetos que está habituado a ver desde su infancia, y que tienen formas visibles e indestructibles; desde todos los puntos del valle ve y reconoce su pedazo de tierra sobre las laderas del monte. El ruido del torrente, que hierve entre las rocas, no se interrumpe nunca; el sendero que conduce a la aldea se tuerce cerca de un bloque inmutable de granito. Ve en sueños el contorno de las montañas, que lleva impreso en su corazón como después de haber mirado largo rato las vidrieras de una ventana todavía se las sigue viendo con los ojos cerrados; el cuadro grabado en su memoria forma parte de él mismo y no se borra nunca. En fin, los recuerdos mismos se ligan con la localidad; pero es preciso que tenga objetivos cuyo origen sea ignorado y de los cuales no se pueda prever el fin. Los antiguos edificios, los viejos puentes, todo lo que tiene el carácter de grandeza y de larga duración, reemplaza, en parte, a las montañas en el amor a la localidad; sin embargo, los monumentos de la Naturaleza tienen más poder sobre el corazón. Para dar a Roma un apelativo digno de ella, los orgullosos romanos la llamaron la ciudad de las siete colinas. La costumbre adquirida nunca puede ser destruida. El montañés, en su edad madura, no siente ya afecto hacia las localidades de una gran ciudad, y el habitante de las ciudades no puede convertirse en un montañés. De aquí viene acaso que uno de los más grandes escritores de nuestros días, que ha descrito genialmente los desiertos de América, ha encontrado los Alpes mezquinos, y el Mont-Blanc considerablemente demasiado pequeño.

La parte del Gobierno es evidente; es la primera base de la patria. Él es quien produce el afecto recíproco de los hombres y quien hace que sea más enérgico el que siente naturalmente por la localidad; él sólo, por los recuerdos de felicidad o de gloria, puede ligarles al suelo que les ha visto nacer.

¿Es bueno el Gobierno? La patria está en toda su fuerza. ¿Se convierte en vicioso? La patria está enferma. ¿Cambia? La patria muere. Se trata entonces de una nueva patria, y cada cual es dueño de adoptarla o de escoger otra.

Cuando toda la población de Atenas abandonó, esta ciudad bajo la fe de Temístocles, ¿abandonaron los atenienses su patria o se la llevaron consigo en sus naves?

Cuando Coriolano...

¡Dios mío! ¿En qué discusión voy a meterme? Me olvidé que estoy a caballo sobre mi ventana.

XXXIII

Tenía yo una vieja parienta, mujer muy lista, cuya conversación era de lo más interesante; pero su memoria, a la vez inconstante y fértil, la hacía con frecuencia pasar de unos episodios a otros y de unas a otras digresiones, hasta el punto de verse obligada a implorar la ayuda de sus auditores. «¿Qué es lo que quería contaros?», decía, y también con frecuencia sus auditores lo habían olvidado; lo cual dejaba a toda la reunión en un apuro difícil de expresar. Ahora bien; se ha podido notar que el mismo accidente me ocurre con frecuencia en mis narraciones, y habré de convenir, en efecto, que el plan y el orden de mi viaje están exactamente calcados sobre el orden y el plan de las conversaciones de mi tía; pero no llamo a nadie en mi auxilio, porque he notado que el tema vuelve a presentarse por sí mismo y en el momento en que menos lo espero.

XXXIV

Las personas que no aprobasen mi disertación sobre la patria deben ser prevenidas de que hacía ya un rato se apoderaba de mí el sueño, a pesar de los esfuerzos que hacía para combatirle. Sin embargo, no estoy muy seguro ahora de si me dormí de veras entonces o de si las cosas extraordinarias que voy a narrar fueron el efecto de un sueño o de una visión sobrenatural.

Vi bajar del cielo una nube brillante, que se acercaba a mí poco a poco y que recubría como con un velo transparente a una joven doncella de veintidós años. Vanamente buscaría palabras para describir el sentimiento que su aspecto me produjo. Su fisonomía, radiante de belleza y de bondad, tenía el encanto de las ilusiones de la juventud y era dulce como los ensueños del porvenir; su mirada, su apacible sonrisa, todas sus facciones, en fin, realizaban a mis ojos el ser ideal que buscaba mi corazón hacía tanto tiempo y que había perdido la esperanza de encontrar jamás. 

Mientras la contemplaba, en un éxtasis delicioso, vi brillar la estrella polar entre las trenzas de su negra cabellera, que levantaba el viento del Norte, y en el mismo instante llegaron a mis oídos palabras de consuelo. ¿Qué digo palabras? Era la expresión misteriosa del pensamiento celeste, que revelaba el porvenir a mi inteligencia, mientras mis sentidos estaban encadenados por el sueño; era una comunicación profética del astro favorable al que yo acababa de invocar, y de la cual voy a tratar de expresar el sentido en un lenguaje humano.

«Tu confianza en mí no será defraudada —decía una voz que parecía resonar como el sonido de las arpas eolianas—. ¡Mira! He aquí el campo que he reservado para ti; he aquí el bien al cual aspiran en vano los hombres que piensan que la felicidad es un cálculo y que piden a la Tierra lo que no se puede obtener más que del Cielo.» Al decir esto, el meteoro volvió a las profundidades de los cielos, la divinidad aérea se perdió entre las brumas del horizonte; pero al alejarse me miró de modo que llenó mi corazón de confiada esperanza.

En seguida, ardiendo en deseos de seguirla, piqué espuelas con todas mis fuerzas, y como se me había olvidado ponerme espuelas, di con el talón derecho contra el ángulo de una teja, con tanta violencia, que el dolor me despertó sobresaltado.

XXXV

Este accidente tuvo una real ventaja en lo tocante a la parte geológica de mi viaje, porque me procuró la ocasión de conocer exactamente la altura de mi cuarto por encima de las capas de aluvión que forman el suelo sobre el cual esta edificada la ciudad de Turín.

Me palpitaba con fuerza el corazón y acababa de contar tres latidos y medio a partir del momento en que había espoleado a mi montura, cuando oí el ruido de mi zapatilla al caer a la calle; lo cual, hecho el cálculo del tiempo que emplean los cuerpos graves en su caída acelerada y el del que habrían empleado las ondulaciones sonoras del aire para llegar desde la calle a mis oídos, determinó la altura de mi ventana a noventa y cuatro pies, tres líneas y dos décimas de línea desde el nivel del pavimento de Turín, suponiendo que mi corazón, agitado por el ensueño, latía ciento veinte veces por minuto; lo cual no puede apartarse mucho de la verdad. Es únicamente desde el punto de vista de la Ciencia por lo que, después de haber hablado de la zapatilla interesante de mi bella vecina, me he atrevido a mencionar la mía; así es que advierto que este capítulo no está escrito absolutamente más que para los sabios.


(continúa el próximo martes)

 
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