Tres mujeres, la tierra, la cruz

Por Roy Rodríguez

Quizás las imágenes icónicas del cristianismo tengan que ver con un niño, nacido en un pesebre o con el hombre que necesitó multiplicar panes y peces que sus seguidores comieran. Quizás esas imágenes contradigan aspectos poco conocidos de la iglesia, como aquel que posibilitó a los papas nombrar familias nobles, en definitiva, privilegios pecuniarios. Pero todo se vuelve paradójico cuando ese influjo de raíz patriarcal llega a tierras argentinas para designar condesas y/o marquesas a tres mujeres, viudas,  poseedoras de grandes cantidades de tierras traducidas en fortunas, que donaron buena parte de su capital a la propia iglesia.

A Mercedes Castellano de Anchorena se la conoció como condesa pontificia María Luisa de las Mercedes Castellanos de la Iglesia. Vivió entre 1840 y 1920. Y fue viuda desde 1884, cuando murió su esposo Nicolás Hugo Anchorena Arana. Su fortuna era por entonces de varias decenas de miles de hectáreas.

La condesa pontificia María de los Remedios Unzué Gutiérrez Capdevila había nacido en 1861. Se casó con Ángel Torcuato de Alvear, hermano de quien iba a ser el segundo presidente radical, Marcelo Torcuato. Viuda a principios del siglo XX, su título de condesa llegó tras su desempeño en la organización del Congreso Eucarístico Internacional de 1934.

Otra de las Damas de Beneficencia organizadoras del primer Congreso Eucarístico fue Adelia María Harilaos de Olmos. Su casamiento, en 1902, puso fin a más de 15 años de regalos y cortejos rechazados. Ambrosio Olmos tenía más de 60. Ya había sido gobernador de Córdoba. Adelia María tenía 24 años.

Fortunas

Unos años antes de que Julio Argentino Roca iniciara su campaña contra los nativos que habitaban estas tierras desde el sur de río Popopis hasta el extremo austral, Ambrosio Olmos había instalado en Achiras una pulpería. Sus primeros grandes negocios aparecieron proveyendo al ejército de Roca. 

Cuenta Susana Dillon en su biografía de Adelia María, que la muerte sorprendió a Olmos tras comer unos caquis envenenados con arsénico. Y que, para ocultar el asesinato, se organizaron dos velorios.

Adelia María era su heredera, pero la administración de su fortuna quedó en manos de uno de sus hermanos. Ella, -cuenta la crónica- estaba como ausente: “sufría de los nervios”. La trataron en París, durante más de un año. Y un día, se curó. Y volvió a su Estancia El Durazno y se convirtió en la filántropa más importante del país. Al tiempo, compró a la familia Anchorena la mansión en la que había vivido durante su presidencia Marcelo T. de Alvear. Ubicado en la esquina de Avenida Alvear y Montevideo en Buenos Aires, durante el Congreso Eucarístico de 1934 fue el lugar donde residió Eugenio Pacelli, futuro papa Pio XII.

El palacio, donado por Adelia María, se convertiría en sede del Episcopado. Pacelli, que como Pío XII guardaría silencio frente a las atrocidades del nazismo y el fascismo, en su paso por la Argentina coincidió con la dictadura de Agustín P. Justo y un discurso católico y conservador, asociado a nombres como los de monseñor De Andrea, Gustavo Martínez Zuviría o Arturo M. Bas.

Iglesias

El Congreso Eucarístico se convertiría en un evento de masas donde las Damas de Beneficencia tendrían un papel preponderante. “El cardenal Pacelli bendijo ayer el santuario de Santa Rosa de Lima, con asistencia del general Justo (…) erigido gracias a la generosidad de Da. María Unzué de Alvear, su bendición dio motivo a una ceremonia brillante”, consignaban los reporteros.

Además de desembolsar dinero para construir iglesias, la tarea de María de los Remedios Unzué y de las Damas de Beneficencia fue la de movilizar al pueblo. Según consigna Susana Delgado en su tesis, “La gracia disciplinada”, desde Mar del Plata, por ejemplo, llegaron decenas de chicas pobres. Eran parte del Asilo Saturnino Unzué, construido por María y sus hermanas. “Nos empeñamos a dar a las niñas fortaleza física y moral. Formarán sus hogares y llevarán a la vida fuerza bastante para vencer en las luchas que acaso las esperen. (…) estamos seguras de que la vida no plantea problemas insolubles para quienes cumplan las normas sencillas e inflexibles que nos ha trazado la palabra de Cristo”.

María Unzué de Alvear murió en 1950. Esperaba ser enterrada, junto a su esposo, en la iglesia que mandó a construir. Sin embargo, cuando el cortejo comenzaba el Gobierno informó que un decreto prohibía las inhumaciones fuera de los cementerios. Tras el golpe de Estado de 1955, sus restos terminaron bajo la basílica de Santa Rosa.

La basílica del Santísimo Sacramento, enclavada a metros de la Plaza San Martín fue obra de Mercedes Castellano de Anchorena. Su cuerpo yace en el lugar, junto al del primer arzobispo que habló español en América.

La leyenda cuenta que, un tiempo antes de morir, Adelia María Harilaos de Olmos recibió a Eva Duarte. Evita le preguntó por su título nobiliario y sobre cómo hacer para conseguirlo. “Hay que portarse bien, m´hijita”, fue la respuesta de la condesa pontificia. La enterraron en el Convento de las Esclavas, construido con su fortuna. Fue en 1949. Hubo silencio.

 
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