''El derrumbe de los tulipanes'', de Lily Chávez

Con el misterio entre los dientes | Por Nicolás Jozami

“¿Quién trae con el viento el rostro de un tren?/ ¿quién larga la jauría en los pasillos del sueño?” Esos versos son un buen hilo con el que desandar “El derrumbe de los tulipanes”, cuarto libro de la poeta Lily Chávez, editado en esta oportunidad por la hermosa editorial Mascarón de Proa. Chávez trabaja aquí sobre el origen de las cosas (de los gestos humanos para explicar las cosas, debo decir) con un indagatorio escrúpulo: “y ya nadie soporta bailar sin música/ no soporta el estremecimiento continuo/ con que el fuego vive// el látigo del aire/ con que el viento se flagela”. La naturaleza se castiga, pero redime ante la condición y posibilidades que ofrece lo dado.

El libro postula la -aparentemente- imposible voz que encarna la desaparición. El lugar de su plegaria: “Por alguna razón/ miramos primero lo que está cerca de nosotros/ la tierra las plantas el polvo que se afianza/ sobre los muebles/ (…) solo cuando la soga se tensa/ solo entonces/ miramos el lugar de la plegaria”. La alocución se dirige a la ofrenda que entrega cada día el “diezmo de los huesos”, metáfora del paso del tiempo. La voz de la desaparición quiere “descifrar el hueso del agua”, una nostalgia sombría, a la manera de aquellos poemas puntiagudos de Idea Vilariño. La poeta no ceja en vislumbrar “el aserrín del miedo”.

Hay una fuerza demoníaca pero escrupulosa -reitero- en la textura de “El derrumbe de los tulipanes”; “pero después de todo quién soy yo/ para pedir el mapa completo/ para desear que las plantas de semillas desnudas/ tengan frutos”. Chávez lo dictamina: “somos eso:/ una empatía nacida en el infierno/ la herrumbre de los dones/ la serpiente en el paraíso del sol”. La propuesta es que cada lector busque su propia carretera, a la manera de Al césar lo que es del César; todos guardamos en los bolsillos “el eje de alguna carreta”. En la poética del libro asistimos a los “minuteros llorando al tiempo”, como si nuestros órganos se quejaran de sus latidos rotos.

La extensión de algunos poemas, en estrofas irregulares, que buscan la respiración de lo que se quiere decir, engañan al desprevenido que quiere cohesión de una historia; en el libro hay la rajadura del instante, esa “partitura de los truenos” que está “como una desterrada y no puede otra cosa/ que sumar clavos en la pared de la niebla”. La plenitud ausente es descrita con la inmensidad quebrada; Lily Chávez elige esa magnificación asombrosa de lo existente, pero para decirla en un murmullo esplendente y, por cierto, a sabiendas de que no existe claridad.      Leemos como si jugáramos con un silencio desfondado, “como quien amamanta el tiempo por última vez”.

El libro tiene un “Epílogo”: allí la poeta pide “doblar la esquina por el lado recto”, tal vez una razón de su poesía; en ella cada paso (o verso) es un fondo blanco, donde se aniquilan los preconceptos: sin embargo, en el epílogo hay proposición. La consigna es la embriaguez de presente y de realidad con su “riqueza abandonada”, como diría Edgar Bayley. La relación de los elementos y del ser humano con ellos, con su intensa reversión en calibrada batalla (recordemos nuevamente esos “minuteros llorando al tiempo”) es lo que combustiona la poesía de Lily Chávez: “Arrojo los sueños al fuego// se volvieron delgados/ trémulos/ se quitaron los zapatos de salir”.

El derrumbe de los tulipanes” sigue la senda de los poemarios anteriores de la autora; en el aquí reseñado nos desvela al oír cómo “los bosques queman el corazón del fuego”.

 
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