Un catálogo del cielo

Libro de los pasajes | Por Diego Tatian

Quien sienta curiosidad por la obra del astrónomo Benjamín Gould y su paso por Córdoba, podrá consultar el libro “Córdoba estelar”, de Edgardo Minniti y Santiago Paolantonio, una apasionante historia del Observatorio Nacional con abundante documentación y fotografías antiguas, que en 2009 publicó la UNC. Una historia que tiene origen en el segundo viaje de Sarmiento a EEUU, entre 1865 y 1868: habían transcurrido 18 años desde el primer viaje; la guerra de Secesión había concluido y Lincoln acababa de ser asesinado. Mientras tanto, en Suramérica comenzaba la Guerra contra el Paraguay y ya estaba en marcha la operación política que llevaría a Sarmiento a la Presidencia de la Nación, el mismo año de su retorno al país. El vínculo con los EEUU era central para sus ambiciones políticas.

En Nueva York, donde se establece, escribe una biografía de Lincoln y crea un periódico llamado “Ambas Américas”. Sin embargo, será Boston el centro de su actividad. La esposa de su viejo amigo Horace Mann, Mary (que traduce el “Facundo” al inglés bajo el título “Life in the Argentine Republic in the Days of the Tyrants”), lo presenta a Emerson, Longfellow, Agassiz, probablemente al novelista Nathaniel Hawthorne y a Gould. A ello refiere Sarmiento en una carta a Aurelia Vélez desde Boston: “De casa de Mrs. Mann me llevaron a Cambridge, la célebre Universidad, donde he pasado dos días de banquete continuo, para ser presentado a todos los eminentes sabios que están allí reunidos: Longfellow, el gran poeta, que habla perfectamente el español; Gould, el astrónomo, amigo de Humboldt; Agassiz (hijo), a quien pronostican mayor celebridad que al padre; Hill, el viejo presidente de la Universidad”.

Apenas lo conoce, Gould aloja al sanjuanino en su propia casa, donde le muestra su observatorio particular y tienen largas conversaciones sobre las estrellas y la importancia de la astronomía para el desarrollo de un país. Ya convertido en un científico eminente, amigo de Humboldt y discípulo de Gauss, Gould estaba interesado en un período de trabajo en el hemisferio sur para completar el “catálogo del cielo”. Sarmiento le propone construir un observatorio en la Argentina y radicarse allí para su trabajo. A su vez, Gould gestiona para él un Doctorado Honoris Causa, que finalmente le otorga la Universidad de Cincinatti. Además de coincidencias en asuntos de ciencia, tal vez no sea irrelevante para comprender la intensa amistad nacida entre ellos que tanto el astrónomo norteamericano como el autor del “Facundo” hayan sido masones.

Años más tarde, siendo ya Sarmiento presidente, Gould llegaba a Buenos Aires el 23 de agosto de 1870 a bordo del “Tycho Brahe”, para trasladarse pocos días más tarde a Córdoba, considerada ideal para la investigación astronómica por las características de su cielo. Al llegar, es recibido con calidez y alegría; se aloja con su familia -esposa, cuatro hijas y un hijo- en una quinta contigua al Paseo Sobremonte. Comienzan las obras de construcción del Observatorio y los primeros trabajos astronómicos y uranométricos, cuyo desarrollo pronto puso a la ciudad en lo más alto de las ciencias estelares. Pero la vida de los Gould quedaría marcada por la tragedia: el 8 de febrero de 1874, la familia y unos amigos toman unos días de descanso en una casona junto al Molino Gálvez, hacia el noroeste de la ciudad, para disfrutar del río y la naturaleza. En seguida de llegar, dos de sus hijas -Susan y Lucretia- fueron arrastradas por el agua mientras se daban un chapuzón y perecieron ahogadas; la empleada que las cuidaba se arrojó al río para intentar salvarlas y corrió la misma suerte. Los cuerpos fueron encontrados al final del día, varios kilómetros río abajo, en las inmediaciones del actual Puente Tablada.

La felicidad y a infelicidad son bestias salvajes que acechan cada instante para quebrar el tiempo. La vida del doctor Gould y la de su esposa Mary ya no serían las mismas luego de ese febrero. Al infortunio de la muerte se añadió un episodio no ajeno a la naturaleza de la ciudad (en la que se había construido un observatorio casi a su pesar, sin que la ciudad misma tuviera nada que ver en el asunto). La empleada Albina Fontain, que murió con las niñas al intentar salvarlas, pudo ser enterrada en el cementerio San Jerónimo por ser católica (era irlandesa de procedencia). No así las niñas, por pertenecer a una familia protestante. A falta de un camposanto que admitiera sus cuerpos, debieron ser enterradas en el predio mismo del observatorio, hasta ser trasladadas a Boston algunos meses después.

Córdoba no alojaba en su cementerio cuerpos no católicos, ni contaba con un “cementerio de disidentes” donde enterrar muertos de otras religiones, por más que se tratara de niños o de niñas. Si no se era católico, morir en Córdoba condenaba a una exclusión del cuerpo como la que padecerían las almas en castigo por ser de otro credo.

La historia ha sido contada muchas veces. Sin embargo, conmueve aún, no obstante haber pasado casi 150 años. Córdoba habrá significado para el doctor Gould, al mismo tiempo la ciudad en la que murieron sus hijas a quienes les fue vedado un entierro digno, y el cielo que le permitió volver más competo el mapa de las estrellas. Luego de casi quince años de vivir aquí, exhausto, regresó a Boston en 1885. Hacía ya ocho que vivía en Córdoba el doctor Bialet Massé, cuya vida quedaría también marcada por el agua. La imaginación se tienta en lucubrar que a veces se encontraban y tenían largas conversaciones. La ciudad era pequeña y no había mucha gente con quien tenerlas, al menos sobre ciertos temas.

Tal vez, bajo las noches del Norte, el viejo Gould encendía una pipa y recordaba con nostalgia el cielo de Córdoba como si todo hubiera sido un sueño.

 
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