Post-festum

Literaturas Lusófonas | Por Miguel Koleff

La expresión latina «post-festum» en su significado literal hace referencia al final de la fiesta; y en un sentido figurado, al «después» que sobreviene a un evento. Cuando los romanos decían «post festum, pestum» estaban pensando en los excesos del festín y las consecuencias que éste depararía al día siguiente. Su uso es inquietante, porque al hacerse extensivo, la fiesta en cuestión tiene que ver con un acontecimiento concreto y con el conjunto de prerrogativas que conducen a un saldo irreversible. En la novela “As cinco estações do amor” [Las cinco estaciones del amor] del brasileño João Almino (2001), este término encuentra un asidero que ayuda a pensar.

Un grupo de amigos autodenominado «Los inútiles» decide hacer realidad una intuición de la juventud y reunirse 30 años después para compartir la cena del último día de 1999, acompañando la transición a un nuevo siglo según el pacto oportunamente establecido. Con ese proyecto se organiza la trama y, una vez definida, le toca a Ana/Diana ser la anfitriona y asumir la voz cantante. La duplicidad del nombre de la protagonista en quien recae el foco narrativo tiene que ver con su ambigua personalidad. Ana es el nombre corriente que usa en sus contactos personales y sociales, mientras que Diana –que también aparece escrito en su DNI- representa la pulsión y el coraje que de vez en cuando la asaltan.

El grupo de los inútiles es casi equivalente a una forma residual de hipismo setentista, en la que la ductilidad de las prácticas y costumbres están por fuera de toda regla. Además de los hongos alucinógenos y otras sustancias del mismo tenor, convive la aceptación política de las diferencias, la diversidad sexual y racial, los proyectos colectivos y sociales; y también los escapismos individualistas. Esto, sin referir la tensión entre polaridades que deja explícita en su nombre la propia protagonista. A la cita de 1999 comparecen todos los que están vivos. Faltan: Elena, la compañera militante desaparecida durante la dictadura militar; Eva, la que no pudo vencer la depresión y se suicidó; y el «Filósofo» que murió de sida cinco años atrás. Hay una cuarta ausencia que modifica la progresión de relato y que le impone una cesura: la de Berta. No deja de ser sorpresiva, porque a ella se la ve desde el inicio ayudando en la organización del evento después de haber viajado a Brasilia con esa misión. Berta no es personaje común y corriente que sólo se suma a la lista de invitados. A diferencia del resto -que pretende mostrarse más o menos igual (aunque más envejecido), ella traduce en el propio cuerpo la mutación a la que se ha direccionado deviniendo mujer cuando fue conocida como hombre. Probablemente por esta razón, su presencia en el texto no pasa desapercibida y alienta los primeros capítulos de una fuerza inestimable. Lo curioso del hecho es que, pese al esfuerzo puesto de manifiesto en la preparación de la fiesta no comparece a la cena. Recién al día siguiente se conoce la noticia de que fue ultimada por una pandilla local y «perforada por decenas de puñaladas», en un contexto de violencia citadina que puede leerse como transfobia. Este trágico deceso abre la caja de Pandora, y permite revisar sin eufemismos la trayectoria de los inútiles desde los años dorados en que se hicieron compinches hasta el momento actual, poniendo sobre el tapete los valores de la amistad y, principalmente, el proyecto de vida colectivo.

Hay que decir que lo que hace interesante esta novela no es la realización del festejo y sus implicancias contraculturales, el «después de la fiesta», el «post-festum». Y no sólo porque la narrativa avanza a pasos agigantados a partir de este hecho, sino porque el año nuevo inaugura una bisagra entre el ayer y el hoy que sólo puede comprenderse traspuesto el siglo anterior. En filosofía se recurre a esta sentencia cuando se quiere hablar de lo que llega fatalmente tarde, aquello que se elabora a posteriori porque no pudo anticiparse. La fiesta, en sí misma sirve como marco lúdico y funciona como una buena excusa; sin embargo, no aporta nada en especial. El asesinato de Berta, por el contrario, estimula el pensamiento, porque ella mantenía viva la llama de la inutilidad.

Lo que sigue es ya otra historia. El dolor y la angustia que se cocinan a fuego lento recrudecen ante la tragedia de la muerte y consiguen madurar. Aunados, ayudan a entender que la experiencia de los inútiles es la de esa generación emblemática de los 70 que se creyó con capacidad de cambiar el mundo. De este modo y con el desafío del reencuentro, el propio grupo asume el riesgo de revisarse a sí mismo y recoger las pocas victorias con los muchos fracasos acumulados. Si bien el eje de la construcción narrativa pasa por Ana/Diana, ella funciona como la válvula de escape de ese colectivo que llevó la imaginación al poder y que todavía anhela la felicidad que alguna vez ponderó como meta. Adorno lo dice mejor: «la transitoriedad de aquello en que la vida se concentra al máximo atraviesa justamente esa máxima concentración». Se crece evocando los sueños juveniles y después se los ve asomar como estandartes vacíos que apenas resisten a la inclemencia del tiempo. Aun así, no desaparecen del todo y no sólo buscan resurgir, sino que se entretejen con vanas compensaciones.

Con estas variables, podría pensarse que la lectura de la novela es pesimista. Y nada más alejado de esa constatación. Hay un realismo inclemente que la atraviesa de cabo a rabo, pero se avizora una salida fundada en la aceptación de sí mismos, y también en el amor, con todas sus formas y colores que, al fin y al cabo, es la última y la más importante de las estaciones de la vida. “Sobreviví al hedonismo de mi juventud y a la castidad de mi edad madura, a mi egoísmo heroico, a la falta de dinero y de alegría, a mi depresión. Y estoy dispuesta a vivir mucho más”.

 
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