Agua escondida

Libro de los pasajes | Por Diego Tatian

Antoinette Pauline Pepin Fitzpatrick fue coautora de 65 de las piezas musicales -algunas de las cuales quizá le pertenecen solo a ella- por las que, entre otras, Atahualpa Yupanqui se hizo conocido en todo el mundo. “Indiecito dormido”, “El alazán”, “Guitarra dímelo tú”, “La del campo”, “Vidalita tucumana”, “El arriero” o “Chacarera de las piedras”, “Luna tucumana” son algunas de ellas. Nenette era el nombre por la que todos la conocían. Había nacido en 1908 -el mismo año que Yupanqui-, en el archipiélago canadiense de Saint Pierre et Miquelon, cuando era una colonia gala, por lo que ella se consideraba francesa. Terminada la Gran Guerra se embarcó a Francia con su familia. Tuvo una formación musical clásica en la ciudad de Caen, que completó más tarde con los maestros Pascual de Rogatis y Juan José Castro, en el Conservatorio Nacional de Música de Buenos Aires, ciudad a la que llegó en 1928. También con la pianista y etnomusicóloga Isabel Aretsz. Durante algunos años recorrió la Argentina como concertista.

Atahualpa y Nenette se conocieron en Tucumán, una noche del verano de 1942, en la que sus respectivos conciertos coincidieron. Esa noche sucedió algo que no se desvaneció por cuatro años, en los que mantuvieron un intenso intercambio epistolar; en 1946, finalmente, Atahualpa se separó de su matrimonio anterior y se fue a vivir con ella. Un año antes se había afiliado al Partido Comunista, al que renunció en 1952 –sin hacerlo a sus convicciones políticas y sociales. Los años del peronismo no fueron fáciles para él: su música fue prohibida en las radios, los teatros y las peñas, pero ese silenciamiento coincidió con el estallido de su popularidad en Europa. En el mismo lapso, conoció en Francia a Paul Éluard, a Louis Aragon y a Edith Piaf -quien lo invitó al escenario de uno de sus conciertos a ejecutar música argentina-; fue encarcelado en ocho ocasiones (“El payador perseguido” nace en parte de esa experiencia), y pasó sus temporadas musicalmente más fecundas en el norte cordobés.

Poco antes, Yupanqui había conocido Cerro Colorado de manera casual. “Andábamos en un viejo camión -cuenta en El canto del viento- dando exhibiciones de películas mudas. El ‘telón’ era una sábana cruzada en los caminos, de árbol a árbol… Así recorrimos el norte de Córdoba”. Supo que sería su lugar, o, al menos, uno de sus lugares. “Agua escondida”, la casa que albergó a Nenette y Atahualpa junto a una curva del río Los Tártagos, comenzó por ser un refugio precario. En ese paraje escondido se guarecieron de la adversidad y compusieron las canciones más hermosas. Allí Nenette se convirtió en Pablo del Cerro, nombre con el que firmaba las melodías que salieron de su piano delicado, en el que tantas veces había hecho sonar los Preludios de Bach. Al parecer, don Ata le pedía que los ejecutara una y otra vez. Él mismo interpretó en guitarra el Coral de una Cantata y otras melodías bachianas, sobre las que habrá conversado con Nenette -y aprendido de ella- en muchas mañanas de caminata por el Sendero del Silencio, o durante las frías noches del Cerro.

Hay una larga tradición de mujeres que firmaron sus obras con un nombre masculino, por imposibilidad o inconveniencia de hacerlo con el propio frente a la hostilidad machista: Charlotte Brontë firmó sus poemas como Currer Bell; su hermana Emily adoptó el nombre Ellis Bell; Amantine Dupin fue George Sand; Mary Ann Evans se hizo conocida como George Elliot, y así muchas otras. Algunas versiones indican que la decisión de Nenette de adoptar un nombre artístico masculino (y criollo) se debió no sólo al sexismo de los círculos folclóricos tradicionales de la época, sino también a la dificultad de que “una francesa” compusiera obras de música popular argentina. Seguramente una precaución de ese orden motivó la decisión de darle vida a un heterónimo y de atribuirle a un desconocido tanta inspiración. También imagino que a Nenette simplemente le gustaba el nombre Pablo del Cerro, hoy tan entrañable para la historia cultural latinoamericana como lo es el de Atahualpa Yupanqui, que Héctor Roberto Chavero eligió para sí.

Tras cincuenta años de compartir la vida, tuvieron muertes cruzadas. Antoinette Pauline murió en Buenos Aires en 1990 y, por pedido de ella, sus cenizas fueron arrojadas al mar en las costas del Canadá francés donde había nacido. Dos años más tarde murió Atahualpa, en la ciudad francesa de Nimes, durante una gira; sus restos fueron repatriados para ser enterrados bajo un viejo roble en “Agua escondida”, donde aún descansan junto a los de su amigo Santiago Ayala.

La predilección de Nenette por la vida sutil y sin ostentación dejó su legado musical en un heterónimo lleno de significado, al mismo tiempo que misterioso e incierto. La biblioteca popular que hoy alberga la vieja casa junto al río Los Tártagos lleva el nombre de Pablo del Cerro. Nunca pasa mucho tiempo sin que alguien abreve en su obra y su símbolo.    La última evocación fue en “Una mujer llamada Pablo”, un precioso espectáculo poético y musical relatado por Patricia Coppola, que pudo disfrutarse en Córdoba en 2019.

Como un agua clara constante y sin truculencia que no deja de traer nuevas cosas de lugares escondidos, la música de Pablo del Cerro quizá busca llegar un día a ser anónima. Ser recordada sin que se sepa su origen, como parte de un tesoro común que no pertenece a nadie.

 
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