Una chica con ojos de ventana y un pandillero de Nueva York

Por Silvia N. Barei

Imaginemos a una niña y un niño contando una parte de su historia.

- “Tomé el libro. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho... Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en éxtasis purísimo. Ya no era una niña más con un libro: era una mujer con su amante”

- “Todo era muy pobre en la calle Ocho. Pobre y triste. Pobre y violento. Era un barrio violento porque existía hambre y bronca. Crecí viendo todo eso. De todos modos, el Greenwich es mi barrio, ahí crecí, ahí empezaron mis primeros desafíos, mis primeras peleas, los primeros pecados. Nueva York, Elia Kazan, Al Jolson, Gershwin, Sophie Tucker cantando en el Orpheus, un bar que estaba en la esquina de casa... Todo se va metiendo bajo la piel. Mis acentuaciones rítmicas, tres más tres más dos, son similares a la música popular judía que escuchaba en los casamientos... Todo eso más la violencia, más esa cosa emocionante que tiene Nueva York, están en mi vida, en mis reacciones. Crecí pegando y defendiéndome. Lo sigo haciendo.”

Esta no es una historia de amor sino de coincidencias. La niña se llama Clarice, el niño Astor, y supongamos que se encuentran. Nacieron el mismo año y viven en un mismo continente al sur del mundo, pero en países distintos, de lenguas diferentes, tradiciones y culturas diferentes. Países que se disputan el fútbol, la playa y la nieve, la alegría y la melancolía.

Ella tiene un apellido raro, ha nacido en Ucrania el 10 de diciembre de 1920, es hija de migrantes judíos, llegados a Brasil expulsados por la guerra. Creció junto al mar en una ciudad llamada Recife.

Él tiene un apellido tano, nada fuera de lo común para un argentino. Nació tres meses después que la niña ucraniana, el 11 de marzo de 1921 y también creció junto al mar, en una ciudad llamada Mar del Plata. 

Ella es Clarice Lispector. Él, Astor Piazzola. Este año se festejan a lo largo de nuestro continente, sus 100 años.

Como descendientes de migrantes habían venido a parar a este lado del mundo. Un mundo por el que irán y volverán el resto de sus vidas, sus amores, sus historias, sus creaciones.

El primer fragmento pertenece al cuento titulado “Felicidad clandestina”. El personaje es una niña a la que una compañera de escuela tortura prometiéndole un libro que siempre le regatea, hasta que la madre se da cuenta y finalmente lo presta.

El segundo es un relato autobiográfico, repetido por Piazzola en muchos reportajes porque esa infancia con “pandillas de Nueva York” marcaría su música. Mezclar tango y jazz devendrían, literalmente, en un verdadero campo de batalla. Después de los conciertos, los fanáticos del viejo y nuevo tango se agarraban a las piñas, ofendidos los primeros, hinchas fervientes los segundos. Piñas a las que se sumaba gustoso el causante de la trifulca.

Viví este desencuentro de manera personal. Mi padre (“tanguero viejo”, diría la expresión popular) sostenía que lo de Piazzola no era tango, así como la poesía de Borges no era poesía. Ignoraba (creo) que su ídolo, Carlitos Gardel, le había dado al pibe Astor un papel en su película “El día que me quieras”, y le había ofrecido sumarse a su orquesta. Y que el niño se salvó entre los indios de morir en el accidente de Medellín. Ignoraba también (creo) que Borges leía de pequeño “Las misas herejes”, de Evaristo Carriego, el poeta amigo de su padre y admirado por el mío. Ni mi padre ni yo conocíamos por entonces a Lispector, pero sospecho que también hubiéramos estado en veredas diferentes. 

Astor y Clarice nacieron en la década que luego se llamaría “los años locos”, o “los felices veinte”, época de prosperidad económica en la que se popularizó el uso del teléfono, el automóvil y los electrodomésticos. Eran pequeños cuando Mussolini vociferaba que el fascismo era “un ideal que tiende a realizarse en la conciencia y en la voluntad de todos”. Eran ya jóvenes artistas cuando Hitler arrasaba el mundo proclamando la superioridad de una raza. De haber quedado sus familias en Europa, hubieran corrido el riesgo de ir a parar a un campo de concentración.

En 1943 ella publicó su primera novela, “Cerca del corazón salvaje”. “Nací para amar a los demás, nací para escribir” diría en un reportaje. Luego vendrían sus obras intensas: “La manzana en la oscuridad”; “La pasión según GH”; “Un aprendizaje o el libro de los placeres”; “Un soplo de vida”. También el periodismo, las traducciones a varios idiomas y la consagración internacional.

Por esos años Piazzola conoció a Alberto Ginastera, con quien estudió orquestación y armonía, empezó a incorporar a sus composiciones tanguearas acordes de jazz, y formó su primera orquesta. 

Ambos fueron enormes innovadores en sus respectivas artes. Ella inventó un lenguaje propio y renunció a las ataduras de los géneros literarios, poniendo de relieve tanto en su poesía como en su narrativa los artificios de una escritura potente, centrada en las sensaciones y la afectividad. Él diría: “en Argentina todo se puede cambiar, menos el tango”; y sin embargo hizo en el tango una revolución permanente modificando sus compases, creando composiciones memorables, como “Estaciones de Buenos Aires”; “Adiós Nonino”; “Libertango”; o “Balada para un loco”, tocando con jazzistas y cantantes pop de todo el mundo, y finalizando sus conciertos con el bandoneón arrojado por los aires.

Helene Cixous ha escrito de Clarice: “Quería tener la fuerza de una ventana: y entonces quería mirar afuera con los ojos inmóviles, quietos, pacientes, muy abiertos, enmarcados en el marco de madera, ojos de ventana. Ojos ni de afuera ni de adentro, sino exactamente en el trayecto”.

Gandini se preguntaba sobre Piazzola: “¿De donde viene la música de Astor? Es una mezcla de pasado tanguero vivido profundamente; de información sobre algunas técnicas armónicas superficialmente contemporáneas; de un gusto personal por los comienzos del bebop (sobre todo Charlie Parker), por la música de Bach, por cierta rítmica epidérmica bartokiana... y una capacidad extraordinaria para hacer de eso un producto envidiablemente denotativo de un lugar geográfico: Buenos Aires”.

Pensándolo bien, también se trata de una historia de amor. Porque esta niña y este niño sí se encontraron. El arte es un lugar de reunión, como dice Alejandro Nicotra. Una ventana, un marco para el saludo, para los gestos, y para el abrazo amoroso a toda la Humanidad.

 
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