Pavorosa mirada, la de Leila Guerriero

Por Mario Trecek

“Una mina despiadada”, le llama el prologuista a la autora, él es Pedro Mairal, y ella la inefable, Leila Guerriero. “Con gran capacidad para analizar el comportamiento humano, una observadora forense”, y utiliza esta descripción: “ferocidad verbal”

Son pequeñas grageas, crónicas, joyas literarias de una página y media, autobiográficas, escritas con ferocidad, tesón, firmeza sintáctica y sintética. Pequeñas dosis como el veneno: letal. Sobre la enfermedad, la vida, la infancia pampeana. Son textos escritos en primera persona. Pero como buena periodista, uno especula, si es ficción o no ficción, si habla de ella, o de nosotros. La autora oculta y revela, dice Mairal. Es un rompecabezas, pero las piezas encajan, si uno presta mucha atención, al cielo como al suelo, donde siempre los puzles, se nos complican en su armado.

Una infancia campesina, donde la ferocidad de todo niño se amplifica porque no tenemos testigos, tanto en nuestro trato con un insecto, como con un pájaro, no hay poeticidad en la conducta infantil. He intentado cuando niño, en la casa de la abuela Tita en el Campo de los Macalangos, que unas ratas atadas de su cola, llevaran un coche fúnebre ornamentado con margaritas silvestres. Salvo que era una plancha metálica de hierro, a la que se le ponían brazas. Se imagina la cantidad de colas mutiladas. 

Luego Leila se va a la ciudad, la ferocidad urbana, el anonimato vigilado, hace que se potencie la vigilia de la selva, del acecho. Y se refugia en su departamento. Y escribe. Y cómo. Escritora, periodista reconocida mundialmente, aviones, hoteles, refrigerios, pero le embarga cierto fastidio de la farándula literaria, como también su vínculo con sus parejas. 

Son textos estiletes, cúter de estilo, buscando la zona de clivaje, no para hacer daño, no, es quirúrgico. Salvar las partes, aunque duela. “Hubo un tiempo que fui más potente que los médicos potentes”. La traiciona el arte, cierta estética del dolor, de lo doliente, el vía crucis del agnóstico, donde su fe por la palabra escrita es su religión. La poesía no como salmo, sino como desgarro. Como el dolor, que genera lo bello en todas sus manifestaciones, cuando es intenso, inefable, inabarcable y sólo atinamos a desear poseerlo, pero sabiendo de antemano que no dará resultado. Que nada se gana por asalto “es mi imaginación, esa forma atroz del infortunio”. Todo lo dice, lo escribe, con cierto hastío, o impotencia. 

El dolor es el dios que a menudo convoca. En página 179 de la edición de Libros del Asteroide, Leila Guerriero nos alerta que “la gente no salva gente, busca salvarse sola”. Hay en los textos, todos conmovedores, bellos, una pizca ¿de odio? ¿de desdén? ¿de desprecio? Incomoda. No es para nada condescendiente, bien educada, en eso de quedar como persona que escribe lo políticamente correcto, con un halo de esperanza, de buenas intenciones, de las que abruman los textos de autoayuda o cantan a coro “color esperanza” o la de Palito, “La Felicidad”. No. No practica el “bonitismo”, el esteticismo vacuo. “Cuando pensé: Lo aborrezco no siente culpabilidad alguna, ni pánico como si hubiera decapitado el último soplo de vida de un pájaro enfermo”.

Leer “Teoría de la fragilidad” de Leila Guerriero es descubrir autores citados que nos invitarán a descubrirlos, o revisitarlos, como a Cesare Pavese: “Haber leído algo que te deja como un fusil disparado”. Pero ella no puede no dejar testimonio de su estado de ánimo, de su desapego a lo multitudinario, sino que siempre regresa a la escritura para conjurar el pavor. A sus amigos, los artistas, cuando toma la palabra del gran Miguel Rep, y replica “Ah. La felicidad como distracción”. Para que nunca olvidemos que la vida no es un chiste, un pasar distraídos. Y se vale de textos de Idea Vilariño, Whitman, Luise Glück, Dylan Tomas, y otros.

Se pueden establecer relaciones personales, claro, pero también textuales, y entre distintos vocablos de un mismo campo semántico emocional, lo que nos permite conocer su matización y su gradación. Riesgo, peligro, ir hacia delante, penetrar en algún sitio son palabras relacionadas con el miedo. Temor es el miedo a algo que se piensa que ya ha sucedido, y aprensión a tocar algo. La gradación del miedo en la lengua castellana comienza con el miedo intensivo, la fobia, el terror y el pavor. El pánico es el miedo sin fundamento, colectivo y descontrolado (palabra derivada del nombre del dios Pan, y se refiere al miedo a los ruidos perturbadores de la naturaleza). Existe también un miedo breve y súbito, procedente de una causa pequeña, el susto y también la alarma (que significa, etimológicamente, «a las armas»). Para Leila Guerriero la batalla la libra con la palabra, una a una. La brevedad funciona como un dardo envenenado: “no he venido aquí a pedir disculpas, sino a decir que arrojen la primera piedra. Todos hemos sido alguna vez, el monstruo de alguien”.

En las varias “instrucciones” que ofrece, a modo de decálogo de Quiroga, o las recomendaciones de Rilke, dice que “sienta las ondas expansivas de la insatisfacción, las esquirlas de la queja y la protesta, un Alien que viene a buscarla desde otro tiempo con el peso lento del desánimo y la ansiedad”, y la instrucción siguiente, ratifica: “Durante las conversaciones, observe como si fueran insectos cargados de enfermedades ocultas, insidiosas, que sólo merecen la aniquilación o el desprecio”; y mientras cocine, recomienda, al revolver el guiso de la vida, pregúntese “¿Esto es odio?”. Y toma la palabra de Clarice Lispector: ser más fuerte que uno mismo. Y remata, luego de mencionar a Héctor Viel Temperley, “corro porque escribo. Porque es igual de inútil, igual de necesario, igual de pavoroso”.

Y así como algún trasnochado ex ministro de economía mandó a los científicos a lavar los platos. A los científicos, a los docentes, a los trabajadores, todos, más que lavarlos a juntar los pedazos de los platos rotos, de su fiesta neoliberal. Leila Guerriro, en cambio, nos invita a barrer, pero no a esconder la basura bajo la alfombra, no. “Por momentos, todo me parece un acto de omnipotencia deplorable que alguien debería prohibirme. En otros, una maniobra de manipulación insensata de la que no misma debiera ponerme a salvo. Entonces, barro”.

Tengo una “teoría de la gravedad” ¿Somos conscientes de los pedazos nuestros que la vida rompe, y como una alcancía de cerámica, un chanchito de barro, pegado después del desastre, de las tantas caídas? La fractalidad de la existencia. Nuestra imagen en el espejo roto, multiplicada, como los fragmentos, crónicas, de brevedad punzante de Leila Guerriero. 

 
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