Falsas dicotomías

Apuntes de clase | Por David Voloj

Nivel secundario. Burbuja 1, presencial. Tema: la intertextualidad.

-Vamos a descargar el libro que subí al Aula virtual para relacionarlo con el Génesis y los mitos del origen del mundo que leímos.

-Ohhh, no. No tenemos datos, profe. Y el wifi del cole hoy anda lento

-Entonces se los paso por bluetooth.

-Tampoco funciona. El profe de geografía intentó, pero no pudo porque le da error a los que tenemos Iphone.

-Mm… ¿Todos tienen Iphone en el curso?

-Ehhhh… Yo no, pásemelo a mí, profe. Después lo reenvío al grupo de WhatsApp del curso y lo descargamos de ahí.

-¿Pero no es que no tenían datos?

-Más o menos, alguno seguro que tiene y lo descarga al Iphone. Y ahí sí se lo puede pasar por bluetooth al resto del curso. No se haga drama.

Hay colegios en los que el acceso a la tecnología no representa un problema para ninguno de los estudiantes. Las clases, sean presenciales o virtuales, se desarrollan con regularidad. Después de la experiencia del año pasado, se aprovechan mejor los tiempos, los recursos que habilitan las plataformas y programas educativos disponibles en internet. Incluso las redes sociales se abren como espacios formativos a los que recurrir cuando quedan dudas o hay que volver sobre un contenido.

Cuando los docentes nos metemos en una encrucijada cibernética de la que parece imposible salir, son los propios chicos quienes nos habilitan opciones de salida. Y si en los encuentros virtuales por Meet o Zoom pedimos que prendan las cámaras, ahora lo hacen. Las nuevas reglas de juego lo volvieron una exigencia y las estrategias evasivas del ciclo anterior ya no son una opción.

Ahora bien, la situación no puede generalizarse. Quienes nos movemos en distintos niveles educativos y que además transitamos por instituciones diversas, tan distintas como cada barrio de esta ciudad signada por la desigualdad, sabemos cuáles son los límites y los alcances de la educación mediada por la tecnología.

Así es que la posibilidad de aprender, para algunos sectores, requiere del intercambio presencial dentro del aula. Docentes y directivos conocen mejor que nadie las necesidades educativas de la población escolar con la que trabajan. En este sentido, en aquellos contextos en los que la virtualidad obligada de 2020 no fue posible, hoy se perciben dificultades particulares.

En los primeros grados del nivel primario, por ejemplo, hay estudiantes que no cuentan con las herramientas que brinda el nivel inicial: aún no saben cómo agarrar un lápiz para escribir en el cuaderno ni reconocen cuáles son los límites del renglón o el margen de una hoja rayada.

La división en pequeños grupos de estudiantes que asiste a la escuela en las llamadas “burbujas” permite, por un lado, reducir el riesgo de contagio en medio de una pandemia que golpea cada día con más fuerza; y, por otro, hacer un acompañamiento personalizado en el proceso de aprendizaje, así como restituir la confianza en que son capaces de aprender.

Nivel primario, primer grado. Burbuja 2, presencial. Tema: el monstruo en la literatura infantil.

-¿Ahora dibujamos el monstruo, profe?

-Primero vamos a inventar una historia, ¿quieren?

-No sé inventar historias yo. Y tampoco sé dibujar monstruos.

-Bueno, de a poco vamos a aprender, no se preocupen.

-Pero no sé profe, nunca leí cuentos.

-¿Ninguno?

-No.

-¿Ni el de caperucita roja o el de los tres cerditos?

-Ah, sí, esos sí. Pero no los inventé yo ni sé dibujar.

Hoy por hoy, caer en el pensamiento dicotómico de presencialidad/virtualidad parece sencillo, es lo que promueven los medios de comunicación y varias figuras públicas, sean actores en algún spot publicitario, modelos y cocineros en Twitter, o bailarines en programas de interés general.

Sin embargo, eso no es preocuparse por la educación sino desconocer la complejidad del acto educativo.

Este modo dicotómico y atomizado de analizar la realidad le devuelve a la escuela (presencial o virtual) el desafío de enseñar a pensar desde la complejidad.

¿A qué intereses responden esos enunciados que afirman que “no hay educación sin presencialidad”? ¿Cuál es el carácter político de un determinado discurso mediático? ¿Por qué tienen tanta aceptación social ciertas ideas falsas (“en este país no hay educación”, “abran las escuelas”) y hasta contradictorias?

De acuerdo a los datos epidemiológicos y al porcentaje de ocupación de camas críticas para pacientes con Covid-19, sería criterioso suspender las clases presenciales por un tiempo determinado (entre otras tantas actividades, por cierto). No porque la escuela sea foco de contagio, sino por todo lo que se moviliza cuando el sistema educativo funciona dentro de cierta normalidad: el transporte, la espera en la puerta de entrada y salida, los cruces en plazas, kioscos, esquinas, en la vereda.

El problema es que una medida universal como esta perjudica a algunos sectores más que a otros en términos educativos y de aprendizajes. No nos estamos refiriendo acá al deseo de los padres, sino a lo que estrictamente le atañe a la escuela, que es enseñar y aprender.

Entonces, habría que preguntarse qué estrategias y recursos se destinarán para atender a esos estudiantes para los que la presencialidad es vital, que no son todos ni todas, pero son muchos y tienen el derecho a recibir una educación de calidad. 

 
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