Vino, finanzas y democracia

Por Roy Rodríguez

Para unos pocos: las uvas de aquel verano europeo de 1982 iban a ser eternas, inalcanzables. Mientras soldados argentinos morían en Malvinas -guerra absurda- Ronald Reagan visitaba la Inglaterra de Margaret Thatcher, invitado por Isabel II. Era el principio de unos tiempos en que las clases dirigentes globales pondrían en práctica el neoliberalismo, debilitando a los Estados, y alentando la especulación financiera por sobre la economía real. Las marcas temporales perdurarían por décadas, como aquel vino que en ese año iba a recibir, por primera vez, los 100 puntos, calificación máxima, de una tabla creada por un abogado estadounidense.

Robert Parker imprimió el primer número de “Wine Advocate” en 1978, y comenzó a dejar de ser abogado. En 1982, con su temida tabla de puntos en mano, visitó Burdeos. Y fue el único de los críticos que paladeó en aquella añada aromas fundantes. Por primera vez otorgó 100 puntos a un vino que provenía de una campiña cuyos dueños no eran otros que una familia de banqueros: los Rothschild.

Para ese momento, el volumen de transacciones financieras globales era casi similar al de la economía real. Las finanzas estaban apenas un 120% por encima de la verdadera economía. Que un vino producido en tierras de los Rothschild mereciera los 100 puntos no parecía casualidad. El neoliberalismo traía tablas para todo.

Sin embargo, Parker trató de explicar que sus calificaciones eran el resumen de largas notas de catas. Ponía en palabras: entre 50 y 59 el vino es inaceptable. Entre 60 y 69, es defectuoso, con exceso de acidez o aromas y sabores sucios. Otorgaba 70 a 79 puntos a los vinos medios, bien elaborados. “Un vino sencillo, inocuo”. Están “por encima de la media” y ofrecen varios grados de delicadeza y sabor aquellos puntuados entre 80 y 89. 90 a 95 puntos de la escala Parker era estar ante la presencia de un vino “de excepcional complejidad y carácter”.    Mientras que aquellos que ocupan el sector superior de la escala, entre 96 y 100, son vinos que “merecen un esfuerzo especial para encontrar, comprar y consumir”.

Entonces llegó 1982. Y Parker paladeó aquel perfume diferente, en las cavas de Burdeos. Pronto el “Chateau Mouton Rothschild”, una mixtura de 65% cabernet sauvignon, 29% merlot, 6% cabernet franc, era merecedor de los 100 puntos. Nacía un vino legendario.

El Chateau Lafite y sus viñas tenían una historia centenaria ya a fines del siglo XIX, cuando fueron adquiridos por James Rotchschild. El menor de los hijos de Mayer Rotchschild había nacido en Alemania con el nombre de Jakob. Durante su vida intentó comprar el castillo varias veces. Lo logró dos meses antes de morir. A esa altura era el banquero más importante de Francia. Y se lo conocía como el barón James de Rothschild. Su fortuna había crecido financiando las guerras napoleónicas. No pudo disfrutar de la paz de los viñedos.

A partir de aquella cata de 1982, el prestigio de Parker creció. Y llegaron publicaciones que imitaron su escala. El neoliberalismo iba a modificar otras. 30 años después de la visita de Reagan a Londres, las transacciones financieras globales eran 90 veces superiores a la economía real. En 2017, el conjunto del comercio global llegaba a 17,88 billones de dólares; las finanzas a 5,1 billones de dólares por día.

“La nariz del millón de dólares”. Así tituló “The Atlantic” un extenso reportaje a Parker. En él puede leerse: “Lo que he traído es una visión democrática. No me importa una mierda que tu familia se remonte a la pre-Revolución y tú tengas más riqueza de lo que puedo imaginar. Si este vino no es bueno, lo diré”.

“Las investigaciones han demostrado que la financierización ha aumentado la desigualdad, ha ralentizado la inversión en la producción ‘real’, incrementado la presión sobre las personas y los hogares endeudados y ha dado lugar a una merma de la responsabilidad democrática”, escriben Sahil Jai Dutta y Frances Thomson en su libro “Financierización: Guía básica”.

Y mientras la economía global se finacierizó, algunos especialistas en vinos ven una “parkerización” en los gustos y la producción de vinos. Es que, al parecer, muchos enólogos, conscientes de la influencia del crítico estadounidense, no solo tomaron en cuenta sus publicaciones, sino que enfocaron sus producciones tendiendo a conquistar su paladar. Lograr los 100 puntos Parker parece aún el norte.

Pero en 2016 algo pareció salirse definitivamente de escala. Nancy Silverton, reconocida chef californiana, calificó al “Chateau Mouton Rothschild” 1982, con 103 puntos. Hubo críticas.

"Wine Spectator” cuenta que en aquel 1982, a manera de homenaje, la reina Isabel sirvió a su visitante, Ronald Reagan, un vino norteamericano: el “Firestone”. Desde entonces, para los trabajadores “lloverían piedras” y en las vasijas de roble de los Rothschild, las uvas del neoliberalismo comenzarían a añejarse.

Una botella de Chateau Mouton Lafite, 1982, cuesta 5.000 o 6.000 dólares. El precio supera al PBI per cápita de más de 40 países. Para millones de personas el “esfuerzo especial” jamás será una botella de vino, ni la democracia una servilleta blanca con una coqueta mancha violácea.

 
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