La sombra de Saer

Por Franco Gatica

Juan José Saer vive. No solo en su obra, las novelas y relatos que unen al cabo un gran proyecto estético, sino que lo hace activamente, de qué otra manera se podría acaso vivir, interactuando además con terceros. Respira a través del mundo digital. Habita Twitter con elegancia, ligera ironía.

Se puede decir que hay una continuidad entre el valor de su escritura y esta presencia fantasmal, burlona y por eso quizás genuina al mismo tiempo: la literatura de Saer es esencialmente una experiencia -y un desafío- que implica una percepción del tiempo. 

Saer persiste y trasciende. Autor de lo minúsculo, lo imborrable, el gesto más trivial es deconstruido en los infinitos acontecimientos que lo conformaban.

Una manera de dilatar el tiempo. Como prologa Fabián Casas, haciendo alusión a “Matrix”, la película de los hermanos (ahora hermanas) Wachowski, la gente salía impresionada del cine por “la forma en que estos dos directores detenían la imagen, la volvían inestable, la fragmentaban. Detenían una bala en el aire”. Un procedimiento y un concepto que Saer utilizó desde la década del 60.

El plan inicial, de borrar las fronteras de los géneros desde la poesía, filtró el tipo de imágenes saerianas. Cuando leemos alguna de sus novelas vemos la bala detenida en su viaje, y todo lo que gira alrededor. “Hay algo de esa lengua expandida y minuciosa a la vez que funciona como si fuera una zona enigmática de su obra, una zona futura, que siempre está por develarse”, ha dicho el escritor Hernán Ronsino. Algo de eso hay.

La cuenta @jjsaer, en Twitter, procesa y publica los mensajes de Saer desde el más acá, es decir, desde el mundo de las pantallas e Internet, tan virulentamente en primer plano: “Hace unos ocho años, por haber terminado mi maestría, mi esposa me regaló un lector de libros electrónicos. Abrí el regalo desganado, pero con mi mejor cara: lo que en realidad quería era una novela de Juan José Saer”.

Continúa el hilo

“Tres meses después se me ocurrió una idea entretenida: creé esta cuenta, confeccioné una lista con citas de sus libros y codifiqué un programa muy sencillo que lee la lista de citas, las mezcla y obtiene una para twittearla”.

La cuenta desperdiga fragmentos de “Glosa”, “Cicatrices”, “El limonero real”. Tomatis, Leto, Barco, El matemático. Personajes palpables. Uno pregunta, ¿Acaso no son reales estas personas? Depende del concepto de ficción, realidad que se tenga. 

Reaparece el fantasma @jjsaer

“Instalé el programa en un servidor y lo configuré para que se ejecute cuatro veces al día. Cuando se queda sin citas, vuelve a empezar. El resultado es una cuenta homenaje que lleva unos siete años twitteando de forma ininterrumpida. Un bot”.

En ocasiones, usuarios de Twitter le escriben al bot como si se tratara del propio Juan José. Ignoran, deliberadamente, en la mayoría de los casos con la idea de propiciar cierto juego, su muerte ocurrida en 2005, para recordar un pasaje de novela, hacerle preguntas o simplemente mandarle saludos, saber en qué anda. "Me sigue Saer desde el más allá", "¿Esa cita es de Glosa?", "¡Saludos, maestro!”.

Saer también está presente en Serodino, su pueblo natal, 125 kilómetros desde la ciudad de Santa Fe. La “Zona Saer”. Un mundo de río, rutas y pampa, donde se cruzan isleños e intelectuales sin ser aplastados por el costumbrismo o los mecanismos formales, porque todo sucede sobre un fondo de ironía y escepticismo, incluso diría que existe una actitud lúdica que prevalece sobre el final de toda oración. 

Después de 33 años, este mayo de 2021 y a contrapelo de la ecuación “transporte + pandemia”, volvió a Serodino el tren de pasajeros. Un hito. La mirada del escritor, desde uno de los laterales del taller ferroviario, custodiando la llegada y la partida, parece resumir algo de la paradoja: a pesar de haber vivido desde 1968 y hasta su muerte en Francia, su obra y su “tema” componen el mismo litoral santafesino. Un autor enraizado en el paisaje, pintado en las paredes.

El artista Andrés Iglesias, más conocido como Cobre, fue quien realizó el mural con el rostro del escritor. La foto en que se basó Cobre la tomó David Fernández, en 2003: la última vez que Saer pisó su pueblo natal.

Cierto que parece la mirada de alguien apreciando algo que ya no volverá a ver. También es una buena mirada para una estación de trenes: un buen augurio, una despedida en silencio, una tranquila visión del horizonte.

“Como un Pierre Menard virtual, mi programa reescribe cíclicamente la obra de Juan José Saer y a veces se convierte en él”.

Así continúa una obra inacabable, de puro presente, escrita ahora por los lectores y artefactos de la era digital.

 
Tags:
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar