Goyeneche, un Polaco por Córdoba

Por Miguel Andreis

Roberto Goyeneche visitó Villa María como parte de una embajada que recorría el país con distintas expresiones tangueras, entre ellos se encontraba Cristina Conde y el “Dúo por la vida”, villamarienses que forman parte de un recuerdo que revive en cada noche de escenario. Estuvieron en el Teatro Verdi con una interesante convocatoria; fuimos invitados a compartir una noche de gastronomía con Roberto (hijo), aquel que oficiara de represente y manager de su padre. El mismo que lo acompañó por el mundo.

Nos permitió adentrarnos en la vida del cantor que, alguna vez, fue colectivero y también “tachero”. Hombre que entabló amistad con Frank Sinatra y las figuras más grandes de la música de todos los idiomas.  

Roberto tiene el matiz del porteño que transpira tango. No oculta su favorable humor ya, que luego de una intervención quirúrgica, logró bajar 91 kilos. El encuentro lo formalizamos en la morada del grupo “Dúo por la Vida Tango”. Aclara que nunca cantó ni el arroz con leche: “No tengo ni el más básico talento”, resigna, y acota, “sí lo hizo mi hermano Jorge. Demasiados años viviendo la noche de Buenos Aires y recorriendo el país, digamos, también caminando el extranjero. Cuando el ´Pola´ (el Polaco Goyeneche, su madre) estaba internado, la llamé a Adriana Varela, con quien nos queríamos entrañablemente; yo era su manager, y le dije que, si el viejo no salía, se terminaba también mi carrera como representante, y así fue. Recién volví a la cancha con los chicos del Dúo por la Vida y Cristina Conde. También tuve a Luis Fillipelli”.

“Ser el hijo de una persona como el Polaco genera infinidad de estigmas. Siempre sos “el hijo de”. Siento orgullo de mi padre, pero no cantaría”.

Sobre cómo lo recuerda, sostiene que “por un lado, al padre con el que estábamos siempre juntos, y por el otro, al artista. Al cantor. Creo que fue uno de los más grandes en este arte de la voz. Grandes compinches. Luego de su muerte donde iba me faltaba algo… aún me parece que su presencia me persigue con esa voz tan especial”.

Habla de su madre, Luisa, que con 89 años sigue siendo la gran compañera. “El Polaco no fue ningún santo… pero nunca dejó de volver a casa y amar a mi vieja. Solía decir: “siempre tenés que volver a casa, ¡por larga y entretenida que sea la madrugada…!” Jamás mezcló la familia con el cantor, ni nunca entró un periodista a mi casa. Si lo buscaban para una nota, se iban a un cafetín a la vuelta de casa...”

“De parte de mi abuelo paterno, ellos eran gente que estaba muy bien económicamente, un tío del Polaco, Emilio Goyeneche fue uno de los primeros que llevó el tango a París. Al fallecer el abuelo, los hermanos, que no lo querían ver como colectivero, le compran un taxi, una Merceditas. Siempre en su vida estuvieron presentes las improntas, dando la última vuelta con el colectivo, un pasajero le pregunta si no era él quien había ganado el concurso de cantores en el Club Federal. Le respondió que sí. Y el viajero lo invitó que se probara con Horacio Salgán. Fue, y quedó. Ahí comenzó a conocer lo que era el éxito”.

“Más tarde, será la mujer de Aníbal Troilo, que lo jode al Gordo para que lo lleve a su orquesta. La esposa era Zitta. Insiste de tal manera que el Gordo Troilo concurre con ella a una gala de Salgán. Quedó subyugado con la empatía y talento. Le encantó. A los pocos días se lo “chupó” al Polaco. Todo un suceso. Nueve años después de resonantes conquistas, Aníbal le dice: “Roberto, vaya pensando en que se tiene que ir de la orquesta…” Mi viejo se quedó de madera. No entendía qué pasaba, sí todo estaba bien… “Maestro, ¿por qué me echa?”, le pregunta a Troilo. “No te echo, Polaco, solo que ya tenés alas para volar solo y alto, indefectiblemente un día me vas a pedir un cachet que yo no podré pagarte. Ojo, muchacho, siempre seguiremos haciendo cosas juntos”. Eso refiere a la bondad y convicción de Troilo, amigos infranqueables hasta el último día de existencia”.

Su pasión, los jilgueros

“Los fines de semana, terminaba las actuaciones, venía a casa, se daba un baño y nos íbamos con mi vieja al campo, con el asado y a entrampar jilgueros. Mantenía un amor increíble por esos pájaros. El los cuidaba, les daba de comer. Nos fue enseñando que hay jilguero de tres tonos y otros de cuatro. Le gustaba estos últimos. Aves con un canto muy singular”.

Un día llega a casa y me dice: “Gordo, buscá buenas pilchas, que Frankie nos invitó para que vayamos a su cumpleaños. No le puede decir que no”.

“Habían entablado una muy especial amistad con Sinatra. “La voz” había armado una gira para mi viejo en Estados Unidos. Nos fue muy bien. Un tipo que, como amigo, se tornaba formidable. Antes de venirnos, Sinatra organizó una fiesta de despedida en su casa. Nos mandó a busca en una limousine grande como un barco. Me dice el Polaco: “mírame pibe, de manejar el colectivo a este tren…” Se reía. La mansión de Frankie, como lo llamaba, era de cinco manzanas. La gente que había no lo podías creer. Yo conocía los rostros por el cine o la televisión. La nata de la crema artística. Promediando la noche –Frankie se había sentado con nosotros-, se levanta hacia el escenario, toma el micrófono y comienza a hablar sobre el Polaco “una de las voces más especiales del mundo”. Lo llama a la pista, le temblaban las piernas al viejo. El anfitrión comienza en un castellano masticado, a hacerles preguntas, luego en inglés. El Polaco respondía como podía. un momento le dice ¿Cuál o a quién considerás el mejor cantante? El Pola, ni lerdo ni perezoso, lo mira y señalándolo responde: vos sos tan grande -y de verdad que eso sentía- que te voy a apartar entre los preferidos. No entrás en las consideraciones. Hace una pausa y con ese léxico particular le quita el suspenso a la incógnita. ¡Para mí, el preferido es Tony Bennett! ¡Frankie, como si eso hubiese estado preparado, saltó, se dio vuelta y grito: Eyyy Tony, Tony… ven, ven, quien vos admirás y lo decís siempre, te admira. ¡Es tu admirador!”. Ni se imaginó el Polaco que allí estaba uno de sus predilectos. Se abrazaron con tanto cariño que jamás olvidaré ese momento. Sinatra, un grande de verdad. Excelente persona. Generosa, leal… a Bennett se le caían las lágrimas. Mientras viva nunca olvidaré aquella noche. Fue mágica”

“Viajamos a Córdoba para una presentación. En un salón, al frente de dónde actuaba papá, también lo hacía la Mona Jiménez, en otro club. Cuando me entero le digo: “estamos al horno, viejo. Está la Mona”. No dijo nada. Movió la cabeza. No sabemos quién, pero alguien le comentó a la Mona que a pocos metros estaba el Polaco Goyeneche. Rápidamente pidió saber a qué hora largaba. Le dijeron cerca de la una. Comenzó el baile y diez minutos antes de la una de la mañana la Mona paró la música, y les explicó a todos sus seguidores, que reventaban el salón: “muchachos, aquí, cruzando la calle, tenemos el más grande entre los grandes, el Polaco Goyeneche, vamos todos a escucharlo… Después seguimos. No entendíamos nada. No sé cuántos habrán sido, pero no cabía más un alma. La Mona subió y se quedó al lado de mi viejo. Obvio que todos pagaron entradas. Claro que, después, nosotros fuimos a verlo a él… mano que nunca la olvidamos. Ese es Carlitos Jiménez.

“El día que murió el Polaco teníamos contratos por cinco años más. todas las fechas ocupadas”, define Roberto, el ex gordo, su hijo, por mucho tiempo representante y manager.

 
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