El ajedrez contraataca

Por Pablo Natale

  1. El texto podría comenzar así: había una vez un tablero y treinta y dos piezas de papel en la parte de atrás de una carpeta, en un secundario. Todo el tercer año mi compañero de banco y yo nos la pasamos jugando partidas, en un mano a mano secreto, continuo y parejo. En un momento la carpeta se abrió al curso e hicimos un torneo de ajedrez en el que ganó, con holgura y desprecio, la genia de las matemáticas del curso. Volví a tocar un ajedrez cinco años después, luego de ver cómo el abuelo de otro amigo se la pasaba jugando solo en la pieza del fondo. Lo desafié a un partido y ganó en diez movimientos. Volvimos a jugar y ganó en ocho. Me dijo: en el ajedrez hace falta imaginación y tu generación no puede imaginar nada. Si la apertura del texto fuese solo esto debería decir: se acabó, nunca más ajedrez. Sin embargo, décadas después, una serie famosa trajo el ajedrez de vuelta a casa. Y entonces mi primer maestro me dijo: descansá jugando al ajedrez. Ahí, sí, empezó esta historia.

 

  1. Podría enumerar las mil virtudes del ajedrez: que es un juego pacífico cuya espectacularidad está acotada a 64 casillas, que favorece el pensamiento localizado y que a nuestro pesar recuerda que un peón jamás será rey. Pero esto no era suficiente para volver a jugarlo: lo que pasó es que el tablero cambió de contexto. El ajedrez me ha servido para no caer en la procastinación contemporánea ni en las grietas de salud en la que trabajan incansablemente medios y protrolls. Pero, sobre todo, me ayudó a centrar la mirada en una sola ventana, permitiendo que esa forma de atención luego fuera derivada a otras esferas (la de escribir, la de planificar clases, por poner solo dos ejemplos).

    3. Así que allá por inicios de febrero volví a jugar al ajedrez en una de las páginas conocidas que están disponibles para cualquier usuario. En dos meses logré pasar de un nivel de principiante (alguien que entiende el movimiento de las piezas y que ocasionalmente puede ganar), a un nivel intermedio estable y afianzado. Las claves de este aprendizaje están, igual que tantas cosas, en navegar en las biblioredes: hay cientos de youtubers que dedican sus horas a enseñar el juego. En mi caso todo comenzó con el simpático Luis Fernando Siles (alias “Luisón”), otro de los tantos representantes de esa armada española de influencers que ha generado buenos contenidos a lo largo de las últimas décadas (y entre quienes destacan Rosalía, Jaime Altozano, Merlí y el profesor de papel). “Luisón” no le teme a la comedia y tiene un arsenal de videos breves y claros, con consejos y explicaciones ideales para amateurs. A esos videos de Luisón les sumo los de cualquier joven maestrx de ajedrez, haciendo que toda explicación llegue por dos canales diferentes. Mi propio maestro me dijo: una vez que entendés los movimientos y practicaste un poco, es hora de estudiar las aperturas. Como en literatura, comencé con los clásicos. No es menor que una de las aperturas más tradicionales es, casualmente, la apertura española.

 

  1. Videos de youtube, análisis de cada partida que jugaba, juegos de ingenio, comprensión de las aperturas clásicas: esos fueron los pasos para la mejoría gradual. Una vez llegado a cierto punto, los consejos decían: mejor no jugar tantas partidas, mejor no caer en las partidas rápidas, demandantes de concentración cronometrada. Mejor prestar atención a las tres partes básicas del juego: las aperturas, el medio juego y los finales. Para lo primero están los manuales y los videos. Para lo último los juegos de ingenio. ¿Pero para lo del medio? La respuesta es: en la mitad hay de todo, y entre tanto hay simpáticas combinaciones que se pueden ver en largas y sesudas partidas. Pero también están los patrones, esas situaciones de juego que se pueden dar en cualquier momento y que han marcado tendencias: en sus videos de youtube el Capa explica cien patrones de juego, con cosas tan simpáticas como la historia del hombre que le susurraba a los caballos y la pistola láser de Alekhine.

 

  1. En realidad esta historia, como toda historia, podría empezar de nuevo y volver al principio de sus piezas. Aquel campeonato de ajedrez en la secundaria nunca existió; la genia de las matemáticas jugó un par de partidos y los perdió, y nosotros, como buenos adolescentes, en algún momento nos hartamos del juego y pasamos a otra cosa. El abuelo que jugaba en una pieza me ganó una partida y la segunda la extendió a lo largo de la noche, evitando ganar o perder. Mi maestro actual no existe; en realidad, es uno de esos amigos que extraño mucho y con quienes podemos charlar, también, en el idioma de un juego. Con el tablero en mano, me gustaría contarles a todos ellos que el ajedrez contraatacó: me ha ayudado a atravesar una búsqueda inmobiliaria, una doble mudanza, el contagio por Covid de un contacto muy estrecho y los consiguientes catorce días de angustia y espera. Si el miedo acechaba en medio de la noche, podía despertarme y buscar un poema, podía escuchar la honda respiración de la noche, pero también podía imaginar una partida de ajedrez donde lo que pasaba tenía algún tipo de explicación, algún tipo de brutal, de necesaria lógica.
 
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