Las cosas pasan sin decir su nombre

Sobre “Superficies cultivables”, de María Calviño, Ediciones del Dock, 2016

Por Nicolás Jozami

“Superficies cultivables” es un camino que ambiciona calibrar la ausencia. No por nada sus tres secciones, “Planicies”, “Distancias”, “Frecuencias”, explicitan en su denominación la medida del alejamiento (la planicie que siempre es igual a sí misma, la distancia que impide reconocer o apreciar, y la frecuencia como incisiones en la experiencia de algo). María Calviño exp(e)rime(nta)con las sensaciones vegetales, minerales, olorosas y gustativas, un fruto humano y etéreo: la posibilidad del encuentro.

Tampoco es azaroso que muchos textos estén dedicados; la dedicatoria es el verdadero lazo del que el poema quiere dar cuenta; tienen un destinatario, y he allí cómo la autora busca remover la tierra para sembrar sus palabras, de una seriedad y serenidad cuyo linaje podemos rastrear en Williams Carlos Williams o en Robert Frost. La poesía de ocasión o cotidiana es -en el trabajo de Calviño- una estética de la emoción concentrada.

La distancia se traduce en esa imposibilidad de traslación comunicada del sentimiento: la palabra es una prótesis elevada a la doble potencia en el uso de esta tecnología para comunicarnos. En “Premisa”, la relación con la madre se torna una hermandad, una cofradía donde la noche y el agua se comparten como “una misma nube de sueños”. En el poema que da título al volumen, encontramos un coro, un juego donde se mixturan, se quimerizan las algas y esporas, las semillas de sésamo, la tinta; esas superficies del yo poético de Calviño que quiere cultivar una “gramática sin profecía”, del presente, en donde la sintaxis estremecida es aquella que dirá la verdad.

La poeta ensaya una constelación de cotidianeidades y recuerdos, en los que fervor y quietud se dan cita como los amantes en una esquina clandestina. Lo variopinto de “Museo en la vereda”, ya de la segunda sección, nos habla del camino por el que se busca encuadrar lo vivido, “el nombre propio de la ausencia/en lo quieto del viento”. En el poema “Intereses creados” hay otra cifra que despierta y remueve la tierra de las posibles “superficies cultivables” del ser humano. Esas cosas que pasan sin decir su nombre como la trama de un sueño que refleja una sombra; no por nada el epígrafe del poema es de la obra shakesperiana donde no reconocemos límites estrictos entre cordura y ensoñación.

En la última sección, encontramos el poema “Blanco y negro; queda allí en reverberación el eco del poema “Intereses creados” y de su encabezamiento: “Otra noche de verano que termina/y es como si no terminase; otra, otra más.” ¿No sería este una minúscula exégesis asimismo de la obra shakesperiana a la que aludía antes? Por su parte, el poema “Minas” es un ejemplo simultáneamente prodigioso y sutil de aquella función estética del lenguaje, donde la semántica hace gala de sus posibilidades de floración; Calviño se mete de lleno en las coyunturas actuales del feminismo: minas como un vocativo peyorativo hacia las mujeres, y minas como lugares de explotación mineral y de expoliación. Pero el poema logra un doble efecto que “distancia” los sentidos de la acepción, para luego volver a reunirlos y destacar una sola cuestión: la degradación tanto de la naturaleza mineral como de la propia condición de la mujer.

Superficies cultivables” cierra con “Comentario sin título”. Allí Calviño cuenta un viaje con un compañero de trabajo (el poeta José Di Marco): “Algunas veces viajando con vos, mirando desde el ómnibus/pasar las cosas que no pasan (postes de luz con nidos/enormes en los cables, las cabinas de cobro de peaje,/charcos,/bancos de plaza, bares vacíos en pueblos quietos/como el campo) me pareció que era posible./Cavar palabras -descendientes no reconocidas/de algún otro cavilador anónimo-/y de pronto ese áspero idioma de cavar/dice algo que no comprendo…” Cavar, excavar para comprender. Como aquel mensaje mal escrito en el teléfono del primer poema al que hice referencia. María Calviño demuestra aquí que la poesía no sólo es cotidiana, sino también colectiva, que se puede hacer de a dos. Sus distancias rasgadas en la superficie de los encuentros forjan una poética de la enmienda, enmienda y regocijo por caminar un distrito que germina en su sintaxis quedamente estremecida.   

 
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