El metegol y el hombre del final de la tierra

Por Roy Rodríguez

Escribe Frida Kahlo: “Alex: mi adorado niño poeta, mi admirado luchador social, espero que cuando tengas estas humildes letras ante tus ojos te encuentres en inmejorables condiciones de salud, dinero, amor, quehacer literario y en fin a todo lo que concierne a tu vida, yo por acá pues muy mal y este es el motivo por el cual te escribo, Alex, mi niño tu eres tal vez el único hombre -después de Diego- que valió haberme enamorado, haberme entregado a ti, hoy a la distancia, cuando todo ya pasó, cuando el tiempo nos come”. Nunca dirá una palabra del metegol. Ni del Che Guevara, aunque siempre refiera al final de la tierra.

En la antigua España, la tierra tenía un final. Era una iglesia antiquísima, de piedra y mar, hasta donde llegaban las peregrinaciones medievales del Camino de Santiago. Ahí nació Alejandro Campos Ramírez. Era, seguro, una mañana brumosa, que no dejaba ver la torre de telégrafos donde trabajaba su padre. Los antiguos mapas refieren a esos lugares enclavados entre Portugal, Galicia y Zamora como Tierras de Nadie. Fisterra, era la aldea de piedra de los primeros pasos del poeta.

Y hubo otros finales de la tierra, como esos días en que la aviación franquista bombardeó Madrid, a mediados de la década del 30. Con 15 años, Alejandro Campos Ramírez ya escribía como Alejandro Finisterre. Y con ese nombre publicaba su primera revista: “Paso a la Juventud” o el “Periódico Iconoclástico Defensor de los Valores Anónimos”. Anarquista, su espacio fue la imprenta. Y, entre vapores de plomo, forjó amistades con Pedro Luis de Gálvez o con León Felipe, de quien fue editor y heredero.

Esa mañana las bombas franquistas le destrozaron una pierna. Lo rescataron entre escombros, lo llevaron a Valencia y de ahí al hospital Colonia Puig, de Monserrat, cerca de Barcelona. Y fue mirando a través de los inmensos ventanales del antiguo hotel, convertido en hospital republicano, que pudo ver las caras de los niños mutilados. Llevaban la tristeza de no poder jugar nunca más al fútbol. Aún herido comenzó a trabajar en su invento: lo llamó “Futbolín”. Buscaba recuperar aquellas sonrisas. En este sur se lo bautizaron “Metegol”.

Le dijo a “El Periódico”, en 2004: “Conseguí la inmortalidad a los 17 años. Este pequeño juguete, que igual entra en los cuarteles que en las cárceles o en los mejores barrios de todo el mundo, es mi pequeña contribución a la humanidad, la huella de que Alejandro Finisterre estuvo aquí, de que estuve vivo”.

En medio de la guerra y las persecuciones cruzó a Andorra, primero, y a Francia, después. En su mochila una lata de sardinas, dos obras de teatro y la patente de su invento. La lluvia del camino la destruyó.

En 1938, Frida Kahlo expuso en el Louvre, París. Toda la bohemia española le dio la bienvenida. A Pablo Picasso se le cayeron las lágrimas ante un boceto apenas dibujado en papel. Finisterre era secretario de redacción de la revista L’Espagne Républicaine. Y fue el autor de las mejores entrevistas de aquella época: a Picasso y a Rafael Alberti, cuentan Ángel Bahamonde y Juan Carlos Sánchez Illán. Por entonces estrenó, en Mónaco, “De amor y de muerte”, la obra que sí rescató de la lluvia.

Una década más tarde, los fabricantes franceses del “Futbolín” pagaron por su patente. Con el dinero Finisterre compró un pasaje a Ecuador. Él, que había nacido en el punto final de la tierra, llegó al punto cero.

Y 0° 0’ 0’’ fue el título de la revista literaria que fundó en Quito, donde también fue editor. Y en Guatemala, un par de años más tarde, fabricó juguetes y vendió maderas. Y el Centro Republicano Español fue testigo de largas conversaciones con Ernesto Guevara de la Serna, Che.

Finisterre llamaba nazis a los franquistas. Guatemala tenía su imitador de Hitler. Trabajaba al servicio de la United Fruit Company. Cuando dio el golpe de Estado, junto a la CIA, ordenó que secuestraran y confiscaran sus bienes. Carlos Castillo de Armas, se llamaba.

Finisterre llegó a México sin siquiera una lata de sardinas. Y otra vez fue editor. Con su sello, “Finisterre”, imprimió la primera novela de Mario Moreno, Cantinflas: “Su Excelencia”. Casi al mismo tiempo, en Roma, se publicaba “Cantos Rodados”, una antología de su obra poética, ilustrada por Picasso.

“¿Me preguntas que si aun te sigo queriendo? ¿que si te extraño? ¿que si te amaré ahora sin mitad de pierna? Firita: faltaría a mi estirpe española, a mi mística de poeta, a mis ideas de comunista y a ser hombre si así lo hiciera. Desde hoy y a la distancia seré la mitad de tu pierna, de tu cuerpo, de tu vida y de tu muerte. Frida Eres todo en mi existir”, escribió Finisterre a Kahlo.

No había juego capaz de devolverle la sonrisa.

Finisterre murió en 2007, en algún sitio de esos que los antiguos llamaban Tierras de Nadie. Habitará para siempre los rincones donde se pierden de vista las pelotas de metegol, donde el tiempo no puede. Y comienza la palabra.

 
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