La rebelión de las ratas

Por Mario Trecek 

“Soy la peste”, de Guillermo Saccomano

La vida no es “Mundo marino” de la costa atlántica, donde nuestro autor vive (Villa Gesell); ni Guillermo Saccomano es un “Aquaman”, pero los invito a sumergirse en un quilombo: su último libro, “Soy la peste”, no es libro para recomendar, es para leer y desvelarse.

Es como un cross a la mandíbula, pero peor que los de Roberto Arlt, son una patada en la zona baja, y te deja sin respiración. Es una novela publicada en plena pandemia, habla de el “mal” y sus características invisibles: “el mal te termina detectando” inficiona, produce metástasis, te fagocita. “No te dabas cuenta y te invadía. Primero fiebre alta y después trastornos espasmódicos que te perdían, pasabas un rato atontado y, finalmente, chau”: similar a la actual pandemia. ¿Es distopia? ¿Novela hiperrealista? ¿Fantástica? ¿Desalmada? ¿Descarnada?

Es como si el arca de Noé hubiera encallado. Ratas, muchas. Esta aparición de animales no solo tiene el efecto Esopo, sino que inmediatamente nos remite a la novela de Albert Camus, “La Peste”, texto infectológico también, ya que valiéndose de la epidemia que pone sitio a la ciudad de Orán, donde el Dr. Rieux es alertado por la primera rata muerta, atiende después al primer enfermo con los clásicos bubones.

Esta catástrofe inesperada, donde un enemigo invisible mata al azar, enfrenta al ciudadano con las simas y las alturas de su humana condición, pero que tiene una mirada esperanzadora, cosa que “Yo soy la peste” no tiene, habla del miedo del terror, del hedor de la muerte, y sin barbijos.

En la presente pandemia la nueva normalidad venía con anuncios de una nueva humanidad, resiliente, que aprendería a soportar el dolor. Byun-Chul Han, en su libro “La sociedad paliativa”, reflexiona sobre la psicología positiva: somos propensos a la “algofobia”, dice. Todos tratan de librarse de lo negativo, negándolo. Nuestro personaje no tiene proyectos ni futuro: “Nadie sabía cómo iba a ser después. Tampoco si habría un después”. Ante el dolor ajeno, matar es un modo de “tapar las disfunciones y los desajustes sistemáticos. De esta manera todo es una mera continuación de lo mismo”.

A Enrique Carpintero (y no es azar) se le dedica el libro. Él habló sobre la “sexualidad evanescente” donde ellos, ellas, y elles, no tienen relaciones intersubjetivas. Lo del lenguaje inclusivo no es un capricho, verán, sino que, en los tiempos contemporáneos, solo se piensa en el propio placer como “individuo negativo”, donde la dependencia afectiva es considerada una debilidad.

El onanismo es un alivio para este joven de apenas 16 años; se vuelve funcional en la búsqueda de la ilusión privada. Lo que se desea se toma, o se paga. Lo aprendió en su hogar, un prostíbulo donde su madre y padre eran regentes. Pero, vaya paradoja, vivía en una pastelería con las mejores tortas, y era virgen, de comerse un sacramento, un vigilante, o una media luna invertida.

Habiendo perdido los parámetros del erotismo y de los sentimientos, queda atrapado en cierta perversión, en una sexualidad basada en el sometimiento, en la destrucción del sujeto deseado.

Porque, para él, el otro es una cosa, una mercancía.

Entonces aparece Tori. No será una historia de amor, sino de cariño; no de beso, sino de “piquito”; un recurso “extraordinario en medio de la tragedia”, que lo puede aliviar. Pero no se ilusionen.

“Mi padre me había transmitido una lección al referirme una posibilidad aliviadora del drama: maquinar dos ideas contradictorias a un tiempo sin que el dilema de la elección fuera un signo de división de la personalidad”.

El protagonista dice a Tori: “¿Alguna vez te pasó saber cómo termina una película antes del final?” Esta historia no tiene final feliz, no es apta para menores ni para moralistas, tiene un lenguaje directo, de situaciones procaces, de texto explícito. Tan pornográfica como la realidad, como la conducta de los animales.

Cuando estábamos en plena cuarentena y distanciamiento absoluto del Covid-19, los animales ganaron la vía pública, siervos en pleno centro de Bariloche, o zorros en Villa General Belgrano. “Si bien a mi alrededor la muerte se había convertido en una tragedia para los humanos, los animales, tanto los domésticos como los salvajes, al igual que las alimañas, festejaban”.

Hablando de cine, recuerden “La carretera”: una de las distopías post apocalípticas que nos muestra la lucha por la supervivencia de un padre y un hijo (Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee, en el cine) en un mundo en el que tras un evento indeterminado la vida animal y vegetal han muerto, con una visión extremadamente pesimista y en la que el paradigma “El hombre es un lobo para el hombre” cobra más importancia que nunca. Guillermo Saccomano, en esta novela, no es menos: “yo era testigo de una serie interminable y variada de actos demenciales”, confiesa el protagonista, y con eso construye su ética. Leer esta novela, es transitar un “pantano” el “marasmo de una pesadilla”

Es novela de iniciación, de educación sentimental, pero negativa “un padre que da consejos más que padre es un suicida, me había dicho una vez mi padre”; un “pez tropical en aguas frías” un ser que “el peligro lo había vuelto suspicaz”. Siempre hay un hombre fascinado por dejar de ser él mismo, deseoso de la idea de ser otro, para reafirmarse a sí mismo y al resto. Esta fascinación se convierte en devenir: una desterritorialización del ser hasta que este deviene-rata. (Devenir de Deleuze-Guattari) La peste supone así una lectura de la humanización, pero también de la deshumanización.

Como la conducta de los que participan de las fiestas clandestinas, con total desaprensión: “Y no eran responsabilidad del mal las escenas de salvajismo a la vuelta de la esquina. Era un elemento anterior, inherente a la especie humana que no había hecho otra cosa que guardar una oportunidad para soltar lo reprimido”; los “descensos que podían tentar a hombres como a mujeres”.

Es la dinámica de deshumanización que conecta a los hombres de Orán con la novela de Saccomano. Es un relato que nos ubica frente al espejo de nuestro propio contagio colectivo. “Si la humanidad entera había enloquecido, no era mi problema. Si algo se aprende al nacer en un quilombo es a no confiar demasiado en las caricias”.

En la primera página un epígrafe de Li He (Larga Fortuna), que paradoja. Poeta maldito y maldecido de la Dinastía Tang que muere de tuberculosis a los 27 años. Escribió, como si describiera los entierros masivos en fosas comunes en Nueva York, o en Bolivia en 2020 “Los reinos desbastados, y los palacios saqueados, y los túmulos funerarios, no pueden describir su sentimiento y dolor, ballenas resoplando no pueden describir su amor por lo extraordinario y lo irreal” y remata (no es un eufemismo) en “No salgas”: “El cielo está turbio, la tierra sombría, serpientes de nueve cabezas se alimentan de almas de los hombres, la nieve y la escarcha quiebran los huesos, los perros salvajes ladran sueltos husmeando sus presas”.

Guillermo Saccomano, como Melville, hace que su joven personaje sea como un capitán Ahad, que, por resentimiento, por venganza, buscará su Mocha Dick, su propia ballena.

 
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