Entra lata, sale tambor

“Extraño oficio”, de María Teresa Andruetto, Literatura Random House, 2021

Por Mario Trecek

La peste del siglo XIV, la negra, llevó cinco siglos develar el misterio de su origen. Finalmente se determinó que no eran las ratas, sino una pulga de las ratas, y solo el avance científico hizo que se pudiera erradicar. Giovanni Bocaccio, en su “Decamerón”, la quiso exorcizar con cuentos. También nos asoló la peste blanca, la de de la tuberculosis, Margarita Gautier en “La dama de las camelias”. La tisis, que, valga paradoja, se le llamaba la peste de los artistas, aunque en este caso, más que por el bacilo de Koch, era “malaria”, devenida del lunfardo: hambre, es decir, que les silbaba el bagre. En “La Traviata” está Violeta, o en el cuento de Edgar A. Poe, “El Sr. Valdemar”, está Marie Duplessis; en “Crimen y castigo”, Katerine; o Fantine en “Los miserables”, de Víctor Hugo. Textos donde la peste era un virus, pero casi siempre las víctimas eran pobres. No el caso de Camilo José Cela, que la padeció y contó su internación en un sanatorio. Pero la peor peste, no es zoonótica, es la guerra. Carlos Luis Zafón, en su novela “La sombra del viento”, en la que sus protagonistas son libros, escritores, lectores, y el “cementerio de los libros perdidos” en la vieja Barcelona de postguerra.

Desde Homero, la Sputnik V fue la narración oral, la manera humana de curar nuestros males. La vida como una travesía, una odisea donde hay que atarse al mástil para escuchar ciertos cantos de sirenas, sin que nos lleve la vida; pero hay que viajar, por la geografía humana. “Ver, escuchar y andar” nos dice María Teresa Andruetto, y con la fórmula mágica. No el “Había una vez”: ella, con “Extraño oficio el de contar” como afirmación, alude al decir. Más a la alocución que a la escritura. Es como la fórmula de Juan Villoro en “El libro salvaje”, su primer sintagma: voy a contar lo que ocurrió cuando yo tenía 13 años.

Nuestra autora es fiel a la sugerencia de Úrsula K. Le Guin: “Contar es escuchar”, y no tiene un afán veleidoso de intertextos, sino de pura amorosidad. Confiesa que es heredera de Syria Poletti, al tomar el testimonio, en esta carrera de posta que es la literatura. No roba: pide prestado; no se apropia: lo comparte, para oídos ávidos, que siempre piden “contame, contame”.

Honestidad intelectual con el mensaje que toda escritura es deudora y que todos podemos ser “Homero, Teresias o Borges”, ciegos. Pero “una ceguera convertida en sabiduría, que nos incita a ver un poco más allá de lo que tenemos delante de los ojos”; ella no solo ve, sino que mira para luego escribir o enlazar historias “con alguna misteriosa singularidad”.

En la página 130, dice: “La inspiración, esa posibilidad del artista de capturar relámpagos de su tiempo y de su circunstancia, para hacer, con esa experiencia particular, algo de todos”; porque, aunque llueva, todes tendrán paraguas, o para todes, la intemperie. Esa foto es la que quiere.

La fotografía está presente, como en su poema “Kodak”, fotos que sensibilizan a nuestra autora: “una fotografía en blanco y negro con los bordes ajados”, o las de una cámara robada de Auggie Wren, del entrañable Paul Auster y su cuento de navidad, de un mentiroso memorable, o cuando los chicos juegan a sacarse fotos, selfies, con una ojota. Las imágenes tienen un relato, no hay que pasarlas rápido, sino una por una. “Mirar. Mirar hasta ver”. “Tal vez por eso, tenemos la impresión de habitar en un laboratorio de revelado fotográfico”, donde el material sensible era el papel y que, “bajo ciertas combinaciones, compuestos y acciones, comienza un proceso de visibilización, donde todo parece nacer otra vez, de modo nuevo y con un sentido distinto”.

André Kertész, en 1991, publicó un libro: “Leer”, pero de fotografías, donde solo muestra la acción de leer a solas, o en una biblioteca, que es como el templo de esta religión laica. La figura humana gana la escena, y ahí donde se visualiza el “punctum” de Roland Barthes, donde leer es la clave, y sobre todo el sujeto que realiza esta acción. No como un deber, sino como un derecho: “La literatura no corrompe ni edifica”; “sino que, al traer libremente en sí misma lo que llamamos el bien y lo que llamamos el mal, humaniza en sentido profundo, pues hace vivir”.

Antonio Cándido, en su ensayo “El derecho a la literatura”, y María Teresa Andruetto, como buena costurera, arma con retazos de lecturas, con cuadraditos de lana tejida, un edredón, una suerte de wiphala de invierno, agregando color y calor al sueño, y lo hará con magia: “Un buen mago debe tener dos bocas: una para anunciar el truco y otra para callar la trampa”. “Lo que para unos es trapo, otros lo convierten en bandera”.

Cada texto, de no más de tres páginas, pensados para ser leídos en voz alta, en la radio, ya que fueron concebidos, para una columna en el programa de Cristian Maldonado, en Radio Universidad. Cada texto tiene uno o varios personajes, porque le interesa lo coral, lo colectivo, y sobre todo lo popular. Lo real y No. Lo misterioso y No. Como el caso Amanda y la referencia a Antonio Di Benedetto, en una situación “embarazosa”.

Es que en la literatura, como en la vida, “una cosa lleva a la otra”; uno arma su propio texto con pre-textos: “entra lata y sale tambor”, valiéndose, por ejemplo, de una canción infantil “a la lata, al latero, a la hija del chocolatero”, juego de palabras y de objetos. Como lo hace el lutier Miguel Ángel Luquez, Fabio Chávez o Don Colá, que hizo una guitarra con latas y madera de pallets, y suenan en la orquesta Caeura, de un barrio enclavado en un basural del Paraguay. Regazzoni, con metales de desecho, construye esculturas, o Alejandro Marmo, que, con las esquirlas de las explosiones de Fábrica Militar Río Tercero, hizo la Abeja de la Media Luna, en la Casa de la Cultura, y luego, con Daniel Santoro, la efigie metálica de Eva Perón en la Av. 9 de Julio, en la fachada del Ministerio de Acción Social.

Eva me remite al curandero Gerónimo Solané, entrerriano, que pasa por Rosario, para recalar finalmente en Tandil, se arma una revuelta, y muere con un agujero en el poncho, y en el cuerpo. Para escarnio, lo entierran de pie en la plaza central, para que todos los pisoteen, “como a Eva tantos años más tarde”. Para que no descansen en paz. Mujer que rompe con el mandato social, ese que detrás de un gran hombre hay una gran mujer. Perdón... al lado, al lado, como Eva, o como Enriqueta Muñiz, la compañera, amante, de Rodolfo Walsh, que Marcelo Figueras, en “El negro corazón del crimen”, narra. Y en “Extraño oficio”, el autor de la Carta a la Junta confiesa: “Puedo decírtelo porque no hablo de mí como persona, sino desde esa milagrosa entidad única que éramos los dos juntos (…) En todo caso, si hablo de mí, hablo de alguien que me trascendía”.

“Extraño oficio” también es un libro feminista, fiel a “Lengua madre”, reivindica a las mucamas, eufemismos como “la chica que limpia”, porque para el aseo, lavar la ropa, los platos, y los chicos, y los culos ajenos, las mujeres. Era un fatal mandato. Una mujer sola escapa del fuego con sus hijos, de la pieza incendiada, y la sororidad aparece, con nombre “angelical” confirmando ese sema tan preciado: “agradecimiento”.

Empatía por el prójimo. Este libro está lleno de esa mirada, pero no compasiva, sino solidaria. Una autora que decide visibilizar a “feos, sucios y pobres” a los débiles, a las víctimas. Como los nietos recuperados, como María de las Victorias, “el nombre es algo que conservo, algo que mis padres me dieron, y nadie pudo quitarme”, y que cada quién tiene su “vereda”, o la tierna historia del mejor café de Buenos Aires en el hotel de la calle Callao, los de Paulina.

Tiene muchas facetas este libro, mucha y linda información, para remitirse a otros textos, a otras fuentes, desde el periodismo a la literatura. Retomo al escritor mejicano y su Juanito, cuando su tío, dueño de una maravillosa biblioteca, le sentencia: “Nada tiene tanto carácter como un libro. Una biblioteca es un almario: una colección de almas, sobrino” “Los libros no quieren ser leídos por cualquiera, quieren ser leídos por las mejores personas, por eso buscan a sus lectores”; y utilizo una categoría de este libro infantojuvenil de Villoro: “sé un lector prínceps”. Único, “que no es el que lee más libros sino el que encuentra más cosas en lo que lee”; y este libro, “Extraño oficio” no es un almacén, sino un supermercado: obtendrás placer, y satisfacción de tener una lección estética, y una educación ética

 
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