Detrás del moño rojo

Por Cezary Novek

“Abogado. Poeta. Payador. Bailarín. Cantor de tangos, valses, etc. Periodista. Novelista. Profesor de sexo. Curda y amigo”. Debajo, un número de teléfono. A la izquierda, un retrato en blanco y negro.

El vendedor de saldos no supo explicarme el porqué de esa tarjeta de presentación, “profesional”, dentro del volumen. ¿Era un detalle editorial, o el dueño anterior la había dejado ahí? El libro se titula “Casos criminales”. En su contraportada la imagen del mismo hombre, ahora a dos colores, mira con desconfianza a cámara, ataviado con un smoking blanco y un moño rojo. Los brazos cruzados, el gesto adusto, lo acercan a un personaje de película hollywoodense de los años 40. En la tapa, un collage de recortes superpone titulares como “Violador de hermosas mujeres… pero muertas”, “En la sombra de la noche… la muerte camina”, “La tumba… estaba… cavada”.

Es una edición tipeada a máquina, con broches, su tapa de fondo sepia apenas encolada. En ninguna parte consigna datos de lugar o fecha de impresión.

Su autor es Jorge Alberto Ferro, un abogado nacido en 1942 en Entre Ríos, fallecido 60 años después, y que en su vida dejó una leyenda en el ámbito de los tribunales y la noche bohemia de Córdoba.

Poco después conseguí un segundo libro: “Profesor de sexo”. “Increíbles revelaciones de un escritor que mediante avisos en diarios y revistas descubrió un fantástico mundo sexual desconocido totalmente para la mayoría de los seres humanos normales”. Se recomendaba su lectura a “psiquiatras, psicólogos y estudiosos de la mente humana”. Esta vez en la foto de contratapa, siempre de riguroso smoking, Ferro parece sorprendido en plena ejecución de un tango o bolero. Más abajo, un cartel dice “Consultas” y deja un número de teléfono.

“Profesor de sexo” contiene quince anécdotas de la trayectoria del autor como docente especializado en materia erótica. Son historias picarescas, a medio camino entre el humor –hoy obsoleto e incorrecto– estilo Olmedo/Porcel y lo confesional, rozando el periodismo “Gonzo”, en versión tanguera y cordobesa. Hay anécdotas que incluyen intercambio de parejas, donde el “Dr.” se las rebuscaba para conseguir una esposa falsa que lo acompañara en el trueque, situaciones de tríos, engaños de ida y vuelta con sus alumnas, y hasta una historia donde termina bailando canciones del Trío los Panchos con una señorita “con los pies demasiado grandes”.

En el prólogo, el autor confiesa estar inspirado en un libro de Truman Capote, en el que el norteamericano “relataba sus historias homosexuales”, y al que considera “intrascendente por lo reiterativo”. Una de las ediciones de “Profesor de sexo” incluía un apéndice con casos policiales, bajo el nombre de “Cuentos de una mente posesionada (sic) por el espíritu de Edgar Allan Poe”. Eran más o menos los mismos episodios que narrara en “Casos criminales”, costumbre que repetiría en sus otros títulos (“El fabricante de viudas”, “La tumba estaba cavada” y “Colección macabra”). En el prólogo de este apéndice, dedica sus relatos a su secretaria, al espíritu de Poe y al whisky Roy Martin, que consumía en damajuanas de cinco litros, indispensable para entrar en lo que llamaba “trance-hipnótico-alcohólico”, que lo hacía escribir a “velocidades fantásticas”.

Además del diario Córdoba y La voz del interior, muchos de estos relatos aparecieron en la revista ¡Esto!, muy popular en los 80. Se trataba de una publicación especializada en historias truculentas, con fotos explícitas en las portadas. Una versión impresa de lo que hoy es goringa. Tal vez por esto, el estilo de Ferro era autorreferencial y lleno de resaltados en mayúsculas, puntos suspensivos, opiniones personales y apelaciones retóricas al lector. A través de la grieta que abren esas infidencias se puede vislumbrar algunos destellos de una personalidad oscura, autodestructiva, inclinada al humor negro y a los juegos de palabras.

Sus libros fueron en total seis, editados entre los años 80 y 90 por Artesol, que con el paso de los años mutaría en la editorial holística Sol rojo. En conjunto, presentan una visión del mundo entre tanguera y noir “alla cordobesa”, un mundo que ya no existe, en el que todo es sexo o sangre, siempre teñido picardía. Una versión local de las novelas de bolsillo que abundaron en EEUU en la década del 30, o en la España de los años 70.

Se lo considera el verdadero inventor del juicio abreviado y autor del alegato más corto: “Adhiérome”. Tal vez sea en su faceta de abogado en la que tal vez Ferro brilló con más originalidad.

Su carrera como asesor legal comenzó en el estudio del prestigioso abogado Oscar Roger, a fines de los años 60. Luego sería socio de Carlos Pérez, Diego Albornoz y Pedro Melián, todos célebres penalistas de Córdoba. Como otros ámbitos, el mundo de las leyes parece estar plagado de personajes que hacen de la retórica, la vestimenta o el mismo oficio un estilo y una forma de expresar la personalidad. Dada la aridez de la materia, la presencia de estos personajes destaca como un pico en medio de la llanura. Entre ellos, Ferro podría considerarse el ejemplo más puro.

Evitó con un habeas corpus que se sacrificara a un dogo, culpable de haber atacado a un hombre, alegando que por razones afectivas debía seguir bajo la custodia de sus dueños. Presentaba alegatos rimados o en verso. Diversos testimonios de colegas y amigos lo presentan como una mente lúcida y ocurrente, no un intelectual sino un pragmático que le encontraba la vuelta de tuerca a cada caso para convertirlo en una historia que valiera la pena ser narrada.

Una de las anécdotas que ilustran su ingenio cuenta que en una ocasión estaba conduciendo por la avenida Castro Barros, cuando chocó de atrás a otro vehículo. El conductor lo demandó y Ferro le replicó con una contra demanda que afirmaba haber sido chocado cuando el otro conductor se movió en reversa de forma imprevista. Obviamente, ganó.

Pero no utilizaba su astucia para beneficiarse, ni por el dinero. Más bien parecía movilizado por un interés lúdico. “El ahorro es la base de la miseria, que ahorren los miserables” fue, según dicen, una de sus frases de cabecera. Muchas historias lo presentan defendiendo gratis a clientes o dándole su reloj al socio “para que coma algo”, en épocas de escasos trabajos en el estudio.

Su beodez fue legendaria. Incluso en pasajes de sus propios libros se jactaba de su afición al whisky y la noche. Martín Piotti, hijo de Norma Sosa Frutos, quien fuera editora de Ferro, conoció al letrado en su adolescencia. “Más de una vez fuimos a entregarle ejemplares o a cobrar un dinero y nos recibía en calzoncillos, en estado de resaca. Mi vieja decía que era buena gente, pero no le gustaba mucho esa energía autodestructiva ni los temas de sus libros. Medio que se avergonzaba, de ahí que no pusiera datos ni fecha de edición. Además, tipear ese material era un verdadero infierno”. Martín es instructor de artes marciales y aficionado a la ufología. Vive con un gato siamés. Me propone que regrese otro día para buscar en el depósito algún ejemplar que haya quedado de saldo. Antes de irme, me regala otra anécdota “Nos había invitado para que le presentemos un libro, en el Bar de Santiago, en Alta Córdoba. La presentación era a las 21. Pero cuando llegamos ya estaban todos borrachos y ya les había regalado ejemplares a todos los presentes”.

El periodista Gonio Ferrari lo describe como un hombre “honesto hasta la médula”. Sonríe y recuerda que el doctor Ferro tenía su “estudiolín”, mezcla de estudio y bulín, en el boulevard San Juan al 500. “Allí atendía a sus alumnas como ‘profesor de sexo’. Una vez salimos juntos a un cabaret, porque iba a cantar. Llegó con su grupo de chicas, como él las llamaba, eran todas viejas. Él decía que ellas le terminaban enseñando a él los misterios del amor”. Me contó que vivía en Alta Córdoba, con su madre, sobre calle Avellaneda al 1300. También me dijo que tuvo un hijo varón, pero no recordaba el nombre.

El poeta y abogado Eduardo Alberto Planas dijo que Ferro era un profesional respetado y querido porque siempre encontraba la manera de amenizar la rutina en los pasillos de Tribunales. “Jamás se lo vio envuelto en nada turbio, en corruptela de ningún tipo”.

La crítica literaria Susana Chas recordó haberlo tenido entre los asiduos del ya mítico Caldero de los cuenteros. “Era muy pálido y traspiraba mucho. No cantaba los tangos, los recitaba, con esa voz tan particular. Después, cuando empezaba con los relatos sexuales o criminales, la gente se espantaba”. Uno de sus amigos, Carlos Curi, lo definió como “un tipo con códigos, como los de antes”. Contó que muchas veces no estaba en condiciones de presentarse a una audiencia, y los mismos colegas lo atajaban en la puerta para enviarlo a la casa y luego excusarlo de alguna manera. Cuando pregunté cómo hacía para seguir siendo funcional, su hijo —presente en la entrevista, abogado también— arriesgó una hipótesis: “Hay mentes brillantes, que uno se pregunta si serían más brillantes si no tuvieran ciertas debilidades. Pero parece que esa es la misma nafta que las alimenta”.

El doctor Pedro Melián me cita en su casa. Cuando toco el timbre se asoma y me pregunta el motivo de mi visita. Le recuerdo la nota. “Ah, sí, sí, ya me acuerdo, ahora voy”. Se pierde de nuevo, y luego aparece con un sombrero marrón que acentúa su parecido con Federico Fellini. Saluda con efusión y me invita a pasar a su oficina, donde conviven libros de leyes con retratos de Hendrix, Charly y Spinetta. “Ferro era el abogado del moño rojo”, dijo con una sonrisa, “y yo soy el abogado del sombrero”. Apenas se recibió fue a trabajar al estudio de Ferro. “Lo conocí en los 80, y ya por entonces tomaba que daba calambres. No era un gran jurista, pero era sumamente pragmático. Sabía a quién consultarle algo y siempre se salía con las suyas. Era muy buscado por los clientes”. Le pregunto por la tarjeta personal. “Tenía dos, esa la hizo para hinchar las bolas, pero no mentía: además de trabajar como abogado, componía tangos, poemas, cantaba en tanguerías y fue profesor de sexo”. Sobre el final, le fue perdiendo el rastro. “Fue por la época que inauguraron Tribunales II, a fines de los 90, de un día para el otro, Ferro desapareció. No atendía el teléfono, no se lo vio más por Tribunales ni por los boliches donde solía andar. Estaba muy mal al final, muy perdido”.

Nadie recordaba el nombre del hijo varón. Se me ocurrió que alguien con su personalidad tal vez le pondría el mismo nombre a su vástago. Había más de diez Jorge Ferro en el padrón electoral, así como en Facebook. Revisé las fotos de perfil. El tercero en la lista era un clon. En su muro tenía una foto del padre, en blanco y negro. Le escribí, nos juntamos al día siguiente. Se mostró muy emocionado porque alguien fuera a escribir sobre “el poeta”, como lo llama. Fue él quien me facilitó varios libros.

“Mi viejo había publicado un anuncio en La Voz y otro en la Sex Humor por lo de profesor de sexo, y le caían puros bagallos, pero él se cagaba de risa”, comentó con la misma voz aguardentosa que me describieran los que conocieron al padre.

Ferro hijo no es abogado ni poeta, pero se dedica a alquilar barras de boliches y de alguna forma continúa los hábitos nocturnos de su padre. Vivió con él durante algunos años, los últimos. “Vivíamos con mi abuela. Ella nos mimaba muchísimo. Cuando la abuela fallece, en 2001, mi viejo quedó devastado. Era la persona que lo cuidaba y lo recomponía después de los excesos. Estaba tan dejado que no iba ni a trabajar. Con mi tío lo jubilamos y terminó siendo peor, ya que tomaba todo el día. Un estudio que se hizo del cerebro decía que tenía daños irreversibles. Encima, tomaba Rohypnol para dormir. Intenté internarlo, pero no hubo caso. Después yo me mudé”.

“Tenía ocurrencias para todo. Hay un poema que escribió, que se llama ‘Pior que ante’. La anécdota viene de que él le había prometido a mi vieja —con la que estuvo casado un año y medio nomás— que iba a cambiar. Y al poco tiempo se fue de joda y regresó como a los tres días. Y le dijo ‘no te mentí, he cambiado, ahora soy pior que ante’. El Negro Álvarez después hizo un cuento con esa anécdota. Solían juntarse ellos dos, en lo del Sapo Cativa”.

Dijo que su padre jamás cobró por ninguna colaboración en medios. “Le encantaba todo lo que fuera gore, realmente era un apasionado por su trabajo”.

Emocionado, sus ojos miran hacia adentro en la lejanía del tiempo. “En el 99 nos entraron a robar. Entonces el poeta compró un arma. Con ese mismo revólver se mató, en 2002. Lo encontramos varios días después. Fue mi tío el que me avisó”.

Antes de irse, me obsequió un CD con tangos escritos por su padre e interpretados por un cantante cuyo nombre no recuerda. “Yo lo quise mucho, no solo porque era mi viejo, sino porque era mi amigo. Pero ya no hablemos más de él por ahora, que me emociono y me hace mal”. Luego sonríe y agrega: “En uno de sus libros había pedido que lo veláramos con el traje y el moño, cosa que hicimos, pero a cajón cerrado. Quería que tiráramos sus cenizas en el Paraná, donde le gustaba ir a pescar. Todavía las tengo”, suspira y se ríe de nuevo. “Cuando estaba por terminar el velatorio, llega uno con una guitarra y pide permiso para tocar, le dijimos que sí. Después se agregó otro a cantar, y al rato era todo un jolgorio. Así es como quería que lo despidiéramos, con una fiesta, con alegría”.

Las letras del CD abarcan los matices de nostalgia típicos del tango, pero con el paisaje urbano cordobés de fondo. Habitué de las peñas y bailes de estudiantes de su generación, Ferro terminó convirtiéndose en uno de los personajes más pintorescos que hayan pisado esta ciudad, llegando incluso a regentear un club privado en el subsuelo de la Galería Cinerama, el “Satchmo Piano Bar”, en la década del 70. La mayoría de sus letras repasan con añoranza esas épocas de jolgorio y estudiantinas, entre el vaho del vino y el humo del tabaco.

Sobre la fecha del cierre de la nota, fui al depósito con Martín, el hijo de su editora. Tuvimos que correr un Chevy viejo, con la pintura negra descascarada, para poder manipular las cajas con libros. Revisamos todo. Solo encontramos un título: “El fabricante de viudas”. Este sí tenía fecha: 1987. Aclaraba que era su primera publicación. Martín resopló: “Estoy seguro que mi vieja debe haber tirado el resto, medio que se avergonzaba de estos libros, tan sangrientos”.

En el prólogo, el fallecido doctor Alberto Castro Orgaz, cuenta el día que conoció a este “insólito personaje”. Lo describe como una personalidad inquieta, siempre incursionando en diferentes ámbitos y prácticas. “Un día quería ser poeta, otro día periodista, después novelista o cantor”. Eduardo Planas escribió hace unos años: “Quizá, sin darse cuenta, Ferro trataba de mostrarnos el otro lado del espejo y enseñarnos que la verdadera vida está en otra parte”. A lo que se le podría agregar que, jugando con los límites entre el mundo de las normativas y el de la fantasía, supo estirar esa frontera a un nivel inverosímil, ganándose un lugar entre el panteón de personajes míticos que conforman el folklore urbano de la Córdoba del siglo XX.

 
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