Asomarse detrás del decorado

Por Nicolás Jozami

Uno de los mayores aciertos estéticos del escritor norteamericano H. P. Lovecraft fue colocar el origen del terror en zonas inmemoriales, escondidas y aparienciales, pero con la particularidad de que esas fuerzas actúan de manera precisa, jerarquizada y sin equívocos en el presente, tras ser despertadas o molestadas -a veces sin conciencia- por algunos elegidos y cuyos actos o descubrimientos hacen nacer la ira de esos seres. Muchos protagonistas lovecraftianos son exploradores, aventureros, científicos o profesores sin cátedra, que se introducen infaustamente a hurgar en esos secretos. Ello puede verse en la serie de los llamados “Mitos de Cthulhu”, donde destacan “El horror de Dunwich”, “El color que cayó del cielo” y “En las montañas de la locura”.

Ese trabajo con la apariencia es fácil apreciarlo mejor en cine: “Alien, el octavo pasajero”. El monstruo se puede ver cerca del final del film, y cuando se muestra, es de a fragmentos, la cámara muestra zonas sin que pueda distinguirse por completo, lo que genera más angustia al espectador. La ausencia y demora de totalidad en el paneo del monstruo en el film de Ridley Scott es el equivalente de lo inmemorial lovecraftiano, en esos seres escondidos y antiguos que dominaron -y dominan dormidos- la Tierra y a los que vivimos en ella.

Fabián García ha escrito un libro de cuentos (con hábiles y congruentes ilustraciones de Pablo Castillo) que transita por esos carriles. En “No juegues con eso” hay una traslación indirecta y sanamente espuria en el tratamiento temático de Lovecraft, en cruce con “Cuentos de la cripta” y hasta con reflexiones del narrador, en una prosa cuidada y cadenciosa, donde el zarpazo está a la vuelta de la página.

Hay tres relatos que entiendo superiores: “Porque este es mi cuerpo” juega con la idea de completitud y separación, con el rechazo que genera la posibilidad de formaciones totales heterogéneas hechas con una única parte de esa totalidad, como si hubiera la silueta de un hombre conformado solamente por pies. Bien, en este relato de García asistimos a la vida grisácea de Lidia, una gorda y hosca mujer que vive en una pieza de hotel viejo, junto a otros habitantes, pero a quien solamente parece infundirle vida su atención, relación y cercanía con los gatos, a los que alimenta en la plaza cercana. Lo escondido y develado mantiene la tensión hasta el final, donde la sonrisa femenina está hecha con el movimiento de la cola del gato.

“La torre del agua” nos sumerge en la relación de unos adolescentes que deciden aventurarse en un secreto y leyenda escondido debajo de una construcción olvidada, pero que sin embargo le otorga un sentido casi mítico al lugar. El narrador, uno de los niños, lo afirma: “Yo, el mayor entre ellos y el más débil, no creía en cualquier leyenda pero quería, casi necesitaba traspasar la cerca”, uniendo y actualizando eso olvidado y yerto en el pasado. A su vez, como decía que sucede en Lovecraft, este protagonista tiene la particularidad del sesgo intelectual: es el lector, el que conoce y motiva a los demás para adentrarse en los misterios ocultos: “No entendían muy bien de qué trataban los libros que llevaba conmigo, pero intuían su complejidad, su condición de libros extraños incluso entre adultos, y que yo los leyera, creo, les parecía una variante silenciosa e inmóvil de la osadía corporal que les sobraba a ellos. No iban a considerarme su líder, pero sí podía aspirar, de haber tiempo, a ser su pálido y trémulo consejero. Fue por eso que conseguí influirlos, que me aceptaron en su excursión a la torre”. El narrador experimentará una especie de ritual singular junto a sus amigos, (puede pensarse en influencias aquí de “El culto del maíz”, de Stephen King), con un final para él y otro para sus amistades, en un juego literario donde su propia narración será parte y exterioridad de lo que vivirá en el fondo de la Torre del Agua.

El cuento que da título al libro dirige su atención en torno a un frasco, precisamente a una especie de gusano de tierra que está (o estará) en el frasco, pero más a las elucubraciones del narrador, buen padre de familia pero con cierta hipocondría hacia a ese tipo de anélidos indefinidos. “No juegues con eso” es el apotegma que el personaje va construyendo (como una torre) en su cabeza, con lo que ha vivido en su infancia, con lo que le dijeron, con lo que quiere transmitir a su hija y esposa. Porque el terror está escondido también en esa subjetividad capilar hecha de miedos irracionales que impiden superarlos ni siquiera voluntariamente. Y nuevamente eso, inmemorial, que puede dormitar en la subjetividad, como en el suelo, o en las cañerías de la casa, se levantará.

El caos de cuerpos, fluidos, la maquinaria humana unida y abroquelada está -aunque de formas diferentes- en “Somos lo que comemos” y “Reír a oscuras”. Éste último, aunque con visos de espanto, y de sexo múltiple, no deja de ser una historia de amor: “me hacía reír de manera tan aniñada como ella y me estremecía como un epiléptico, los brazos revueltos a los lados como las alas de un insecto recién traspasado por un alfiler”, reflexiona el personaje que buscará de noche una invisible sonrisa en una cara. Hacia el final del relato encontramos: “A veces la escena está montada para que solo la entienda quien se atreva a ignorarla, a asomarse detrás del decorado”. Este libro de Fabián García, el segundo en su trayectoria como cuentista, nos invita a asomarnos detrás del decorado, pero pagando las consecuencias que otorga el despertar a seres y fuerzas inmemoriales, cuyo destino creemos está en nuestras manos, aunque en verdad sea al revés.

 
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