Hola Juan Carlos… ¿Cómo estás...?

Comunicación | Por Nicolás Fassi

Posiblemente, quien esté leyendo estas líneas ya tenga o esté a punto de completar el esquema de vacunación contra “el” o “la” Covid-19. Y, también posiblemente, salga del congelamiento que significaron estos casi dos años con una buena cantidad de “memes” o “stickers” recabados de los grupos de whatsapp. Pero ¿qué hay detrás de este nueva forma de vinculación?

La pandemia y el aislamiento obligatorio aceleraron más la fortaleza de la comunicación virtual. A grandes saltos y con grandes lagunas producto de la brecha virtual, para algunos hubo un aprendizaje a las apuradas de los nuevos códigos de comunicación virtual.

No tan paradójicamente, uno de los momentos más propicios para la aparición de cuadros de depresión fue también el más fructífero para que el humor (en todas sus formas) se transformara en el escudo que permitiera continuar o fortalecer los vínculos con el entorno.

Esto posibilitó incluso la creación de comunidades entre las cuales el “meme” se convirtió en la llave de ingreso a territorios que de otra manera hubieran sido muy difíciles de explorar.

Es en ese marco que surgió una especie de metalenguaje en el que a pesar de la aparente simpleza, para los no iniciados impone la necesidad, en caso de querer participar, de aprender esta nueva lógica comunicacional.

El escritor y ensayista español Jorge Carrión plantea en “Lo Viral”, que “el meme está más allá de la estética, la moral, el bien y el mal”. “Los memes no son buenos ni malos, bellos ni feos, inteligentes ni tontos, verdad ni mentira, útiles ni inútiles: son emoción, fe, intuición… Lo que cada uno de nosotros llama su religión, su ética, su poética o su política se puede ver como un complejo de memes”, explica Carrión quizá siguiendo la línea interpretativa del biólogo Richard Dawkins, creador del término “meme”.

Con una poderosa simpleza estética, el meme es una de las unidades de información más ‘democráticas’ de Internet porque cualquiera puede crear un meme. O ser un meme. Incluso sin saberlo.

Perro grande, perro chiquito

Dora la Pug, No es de vegana, El secreto de sus memes y Un dino por día, son algunos de los sitios que durante la pandemia vieron incrementadas sus visitas en redes sociales, particularmente en Instagram, a partir del “escape mental” que brindaba durante el periodo más duro del encierro impuesto por el coronavirus.

Esa acumulación de sentimientos y base informativa en común abonó la efectividad y eficiencia de los memes y los stickers como unidad comunicacional. De ahí a la viralización no hubo más que un “me gusta”.

“Los memes en Internet son entonces el resultado de la negociación de las condiciones de cada sujeto con las exigencias de la pandemia por COVID-19 y alcanzan su viralidad en medida que logran captar aquello que compartimos como comunidad y humanidad”

En efecto, la gestión interna y muy personal de la pandemia y el encierro los mostró como una salida que, a los ojos de los no iniciados o de los desinteresados, significó una “pérdida” de tiempo o una capitulación frente a esquemas tradicionales de ocio, como la lectura o la variante lúdica.

En el imperio de lo virtual y las redes, el compartir memes fue mucho más que un mero acto de solazarse a partir de una anécdota graciosa en común. Acercó extremos y personalidades que de ninguna otra manera podrían haberse siquiera cruzado en el mundo virtual. Todo con un simple ícono a través de las redes sociales.

La espontaneidad es al mismo tiempo la virtud y el defecto del meme. Si bien permanece en el tiempo y siempre está listo para ser utilizado, su efectividad va decayendo a medida es reemplazado por otro. (En otras palabras, el meme viejo siempre está, pero es posible que con el paso del tiempo y la aparición de otros estímulos haya menos gente que lo entienda.

Básicamente porque hay otros mejores y por la variación del contexto de producción y recepción).

Está mal, pero no tan mal

El debate acerca de los límites del humor volvió a actualizarse al calor del coronavirus. Desde el inicio mismo de la pandemia, los memes y los chistes acerca del origen de la enfermedad estuvieron, en algunos casos, cargados de xenofobia y discriminación. No obstante, el efecto es el mismo: en la lógica de Internet, todo es “memeable”, desde los efectos trágicos de la pandemia, como la muerte, hasta un gatito o un perrito.

Ya en 1905, Sigmund Freud en El chiste y su relación con el inconsciente, señaló que el humor es la manifestación más elevada de los mecanismos de adaptación del individuo. Aunque con diferentes grados de aceptación en virtud de las personalidades en pugna, el humor es la muestra de la rápida capacidad de superación de situaciones límites. Y así quedó patente con el efecto de los memes.

“Reírnos de un meme circulante no sería solamente la acción de reír. Implicaría, a su vez, una reacción emocional compleja, liberadora de tensión, relajante, pero contradictoria al poner en relieve que el coronavirus realmente nos preocupa y nos ocupa: aunque nos estemos riendo de él, nos estaría cambiando la forma de vivir para siempre. Así, las bromas serían una forma de triunfar temporalmente y reprimir el miedo. Angustia y risa en dosis similares”

Así es que el meme, a pesar de ser algo disruptivo, está lejos de ser algo nuevo. Puede considerarse novedoso en cuanto al formato y al contexto de producción del combo humor/defensa/adaptación/resiliencia.

“What a week, huh? Captain, it’s wednesday”

Pedagógicamente, el meme ya era parte de la caja de herramientas de los docentes. Pero con la pandemia, su uso creció de manera exponencial, ya que permitió saltar la asimetría entre los saberes que manejan el alumno y el docente. En cierta medida, significó una subversión del “tradicional” orden establecido, puesto que fue el docente el que debió meterse y manejar el código de los alumnos y sus relaciones con los memes.

El ejemplo más acabado de la utilidad de los memes en el aula es la experiencia de la historiadora, docente e influencer cordobesa Florencia “Pupina” Plommer, quien en 2017 comenzó a enseñar historia con memes. Con enorme suceso, logró ampliar el campo de llegada de la historia, pero sin perder rigurosidad. “Los memes tienen un potencial didáctico muy fuerte. Son una mina de oro. Los alumnos se engancharon”, sostiene Pupina, quien además es investigadora en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC).

Un viajero en el tiempo estornuda…

El término “meme”, del griego nimema (cosa que es imitada), fue acuñado en 1976 por Dawkins en su libro "El Gen Egoísta", quien lo definió como un “gen cultural” fácilmente transmisible en virtud de su capacidad de encarnar perspectivas cuasi universales. En ese aspecto, Dawkins considera a las religiones como el meme por excelencia.

En el texto, el científico realiza una analogía entre evolución genética y cultural, ambas biológicas y por selección natural. Para él, los memes son replicadores culturales como la moda, la forma de actuar ante determinadas situaciones, los usos y las costumbres. Su éxito radica en la capacidad de reproducirse, que es lo único que busca. Por eso su “egoísmo”. Palabras más, palabras menos, busca viralizarse.

Claramente, el significado que le dio Dawkins a “su” meme en los 70’, donde el concepto de Internet era algo que sólo manejaba un minúsculo grupo de informáticos. Meme, hoy en día, remite a una cuestión más descriptiva y “liviana”, donde la carga simbólica termina siendo un fin en sí mismo.

“Ser” un meme significa también un pico de popularidad en las redes, que puede ser masivo y efímero a la vez. O bien de circulación selecta y sostenido en el tiempo.

¿Cómo serán vistos los memes en el futuro? ¿Cómo los analizarán los historiadores del futuro? En este punto retomamos a Carrión, quien sostiene que “ahora son las apps y las redes sociales las que tienen ese poder transformador”. No obstante, el mismo autor reconoce que “no queremos que nuestra vida sea exclusivamente digital y que necesitamos otros tipos de comunicación”.

El reverso de este fenómeno radica en la adicción que generan las redes. “El abuso de las redes sociales puede provocar una pérdida de habilidades en el intercambio personal, porque la comunicación cara a cara se aprende practicando, y desembocar en una especie de analfabetismo relacional, así como facilitar la construcción de relaciones sociales ficticias”, señala el psicólogo clínico Enrique Echeburúa.

Puente comunicacional, metalenguaje, vía de escape, adicción, pérdida de tiempo, todo eso es un meme, sin lugar a dudas un signo de este tiempo en el que vivimos pendientes de la conexión de Wi-fi.

PD: Si alguien llegó al final de este texto y descree de la eficacia de los memes, probablemente tenga razón. Sin memes, la vida sigue. Pero es un poco más aburrida.

 
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