Antes de ser un mapa con escenarios, sponsors y kilómetros de caminata, el Cosquín Rock fue una rareza. Un festival de rock desembarcando en la Plaza Próspero Molina, el corazón simbólico del folklore argentino. Un gesto casi insolente para algunos, profundamente transformador para otros. Ahí empezó todo.
La plaza —acostumbrada a bombos, guitarras criollas y voces que cuentan la historia de la tierra— se llenó de remeras negras, mochilas gastadas y guitarras eléctricas. No fue solo un cambio de sonido: fue un cruce cultural inédito. El rock ocupando un espacio sagrado para la tradición. Y no para desplazarla, sino para dialogar con ella.
Ese contraste visual y simbólico marcó para siempre el ADN del Cosquín Rock. Desde su nacimiento en febrero de 2001, el festival no fue solo una grilla de bandas, sino una declaración: que el folklore y el rock podían compartir suelo. Que el pueblo y la juventud rockera podían mirarse, al principio con desconfianza, después con curiosidad.
Ir al Cosquín Rock en la plaza era ir caminando. Era un festival todavía doméstico, contenido, donde el entorno no se perdía de vista.
Pero el crecimiento era inevitable.
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2004: el año que la plaza quedó chica
La primera edición del Cosquín Rock, en febrero de 2001, había sido un éxito rotundo. «Cuando terminó esa edición, la ciudad había facturado más que en los diez días del festival de folclore», recordó Palazzo. Gente de todo el país, sin redes sociales, solo de boca en boca.
Pero en 2004, el Cosquín Rock enfrentó un problema que ya no tenía solución: miles de personas se quedaron afuera de la Plaza Próspero Molina sin poder entrar. No había más lugar. Tuvieron que poner pantallas gigantes y sonido en las plazas aledañas para que el público pudiera ver algo del festival desde afuera.
Esa edición terminó mal. Hubo problemas con el sonido, el público se descontroló, Charly García llegó cuatro horas tarde y cortó su show antes de tiempo. Con el sol saliendo y el escenario vacío, empezaron a volar piedras. Hubo detenidos y un policía herido.
«El diablo metió la cola y nosotros, como organizadores, no estuvimos a la altura de las circunstancias», diría después Palazzo en una entrevista con Rolling Stone por los 25 años del festival. «El lugar quedó chico. A nosotros no nos gustó cómo nos sacaron, pero no lo podíamos seguir haciendo ahí por la cantidad de gente.»
Ese fue el punto de quiebre. El momento en que el festival dejó de ser una anomalía simpática para convertirse en una multitud que necesitaba otro espacio.
El traslado: de San Roque al aeródromo
En 2005, el Cosquín Rock se mudó primero al predio de la Comuna San Roque, donde permaneció hasta 2010. Fue una etapa de consolidación. Varias noches y una asistencia que ya superaba las decenas de miles de personas, escenarios temáticos por género musical (reggae, heavy metal, blues, punk), la llegada de artistas internacionales como Deep Purple, Sepultura, Molotov, Manu Chao.
Pero en 2011 llegó el cambio definitivo: el festival se instaló en Santa María de Punilla, al pie de las sierras, un campo abierto que hoy ocupa 14 hectáreas.
Cuando el Cosquín Rock se mudó al aeródromo, cambió la escala, el cuerpo y la experiencia de asistir.
La primera vez en el predio nuevo se recuerda más con las piernas que con la cabeza. La caminata larga. El polvo. El sol. La sensación de avanzar sin que el escenario aparezca enseguida. Ese pensamiento colectivo: «esto ya es otra cosa». El cansancio que empieza antes del primer show.
El aeródromo permitió lo que la plaza ya no podía contener: más público, más escenarios, más bandas, más horas. Pero también inauguró otra forma de vivir el festival. Ya no era solo escuchar música: era planificar, hidratarse, elegir recorridos, administrar energía.
El predio —propiedad de una asociación que administra el Aero Club— se alquila tres meses para el armado y un mes para el desarmado. Palazzo invirtió en infraestructura permanente: césped, adoquines, riego, arreglo de cisternas, accesos nuevos. «Lo que tiene de bueno el Aero Club es que está alejado de todo», explicó Palazzo.
Pasó casi un cuarto de siglo. Las disputas entre géneros mutaron y el fenómeno que alguna vez atravesó al Cosquín Rock hoy se replica en otros festivales, como el de Jesús María.
Sin embargo, quienes celebramos la música no creemos en fundamentalismos —o al menos yo no lo creo—: cuando un espacio genera alegría, comunidad y recuerdos imborrables, ni los lugares ni las fronteras musicales importan. La piel erizada por el riff de una guitarra o el retumbe de un bombo en el pecho se viven con la misma intensidad.









