Hay autores que no solo escriben libros sino que construyen una forma de ver y de narrar. Leila Guerriero, sin duda, pertenece a este grupo. En un tiempo dominado por la aceleración informativa, la opinión instantánea y la escritura pensada para el impacto inmediato, su obra insiste en otra temporalidad: la del trabajo paciente, la escucha atenta y la incomodidad como motor del conocimiento. Leer a Guerriero —y hacerlo desde la Argentina, desde un país atravesado por discusiones urgentes sobre el pasado y el presente del periodismo y el sentido de narrar— es también intervenir en debates que exceden lo literario.
Desde Teoría de la gravedad hasta La dificultad del fantasma y La llamada (al igual que en toda su vasta obra) su escritura se despliega como un laboratorio donde se ensayan preguntas sobre el oficio periodístico, la memoria, la verdad y los límites de la representación. No se trata solo de libros “sobre” algo: son libros que piensan, que se piensan a sí mismos y que obligan al lector a hacerse cargo de la complejidad de lo real.
La observación como forma de atención
En Teoría de la gravedad (2019), Guerriero reúne columnas publicadas a lo largo de años en distintos medios. El libro podría leerse como una bitácora del mundo contemporáneo y personal de la autora, pero también como un tratado implícito sobre cómo mirar. Con la atención puesta en lo cotidiano, en la escena doméstica y en los detalles casi imperceptibles, la autora devela tanto la debilidad y las tinieblas ocultas dentro de nosotros como en la esperanza que nos mantiene de pie.
A través de un recorrido de temas como el amor, el desamor, la pérdida, el pasado y la añoranza, la cotidianeidad y el hastío que lleva aparejado, la autora nos conduce a través de su propio viaje subjetivo. Ahí podemos encontrar palabras que nos abrazan y en muchas ocasiones nos identifican.
Las columnas son estructuras verbales, prosa viva que recurre a la poesía de otros autores cuando algo la interpela y se entrelaza con lo que acaba de describir exhaustivamente, sin la necesidad de sobreabundar en palabras. A través de relatos breves, Guerriero logra desentrañar el verdadero poder de la lectura. En palabras de la autora:
Ayer me llamaron de una radio, me preguntaron para qué sirven los libros. Debo haber respondido alguna estupidez. Lo que debí haber dicho es que los libros sirven para una sola cosa: para salvarnos la vida.
Escribir sobre escribir: el fantasma del oficio
La dificultad del fantasma (2023) profundiza esta reflexión. El libro, compuesto por ensayos y textos autobiográficos, pone en primer plano el proceso de escritura y las tensiones que lo atraviesan. Guerriero habla del miedo, de la inseguridad, de la obsesión por la forma, del trabajo casi artesanal que implica construir un texto que esté a la altura de aquello que quiere contar.
El “fantasma” del título puede leerse de muchas maneras: como la historia que se resiste a ser narrada, como la exigencia interna del escritor, como la tradición literaria que pesa sobre cada nueva página. La incógnita de lo no dicho y la dificultad de desentrañar un pasado que, a simple vista, parece estar a la vista de todos, atraviesan el libro a partir de la figura de Truman Capote y su célebre novela A sangre fría.
La autora construye un recorrido que mezcla investigación sobre el terreno y una búsqueda persistente de indicios sobre el proceso de construcción narrativa, que concluye en la imposibilidad de reconstruir del todo ese gesto creativo, en un pueblo donde todos y nadie parecen conocer a Capote.
La llamada: memoria, verdad y zona gris
Si Teoría de la gravedad observa el presente y La dificultad del fantasma reflexiona sobre el oficio, La llamada se interna de lleno en uno de los núcleos más sensibles de la historia argentina reciente. El libro reconstruye la vida de Silvia Labayrú, ex militante montonera secuestrada durante la dictadura, sobreviviente de la ESMA, y luego cuestionada por su propia organización y por sectores de la sociedad.
Lejos de cualquier relato complaciente, Guerriero elige un camino arduo: narrar sin simplificar. La llamada no busca héroes ni villanos puros. Se instala, deliberadamente, en la zona gris. Allí donde la historia oficial titubea, donde la memoria se vuelve conflictiva, donde el dolor no encaja del todo en los marcos interpretativos disponibles.
Este gesto es profundamente político. En un país donde las discusiones sobre el pasado reciente siguen abiertas y muchas veces polarizadas, Guerriero apuesta por una narrativa que no tranquiliza. El libro incomoda porque obliga a pensar la violencia, la militancia, la supervivencia y la culpa desde una perspectiva compleja, humana, contradictoria.
Este libro, casi imposible de resumir, no se divide en capítulos, pero sí utiliza un recurso que establece cortes, con un párrafo que se repite a lo largo de la historia y que compendia tanto la forma de narrar de la autora como la manera de situarse a la hora de escribir:
Después, a lo largo de cierto tiempo, nos dedicamos a reconstruir las cosas que pasaron, y las cosas que tuvieron que pasar para que esas cosas pasaran, y las cosas que dejaron de pasar porque pasaron esas cosas. Al terminar, al irme, me pregunto cómo queda ella cuando el ruido de la conversación se acaba. Siempre me respondo lo mismo: “Esta con el gato, pronto llegará Hugo”. Cada vez que vuelvo a encontrarla no parece desolada sino repleta de determinación: “Voy a hacer esto y lo voy a hacer contigo”. Jamás le pregunto por qué.

Leer a Guerriero hoy
¿Por qué leer hoy a Leila Guerriero? Porque sus libros dialogan de manera directa con los dilemas del presente. Porque cuestionan las certezas fáciles. Porque recuerdan que el periodismo puede ser algo más que un engranaje de la industria de la información.
Tal como lo dice en Teoría de la gravedad “Nadie nos advierte, pero el infierno vive en nosotros bajo la forma de indiferencia”. Es necesario reivindicar, en tiempos de urgencia, el valor de la lectura, la escritura y la observación atenta a los que nos rodea. Para no ser indiferentes y para que la individualización, cada día más presente y más marcada, no acabe con los vínculos, con la empatía y con el tiempo de calidad que nos dedicamos a nosotros mismos.
En tiempos de ruido, su escritura propone silencio. En tiempos de urgencia, propone demora. En tiempos de consignas, propone preguntas. No es poco.









