Con motivo de los 50 años del golpe de estado de 1976 se han profundizado diversas reflexiones sobre la producción artística de la parte más oscura de la historia nacional. Así como el cine, la literatura o el teatro tienen una caudalosa producción, en materia de artes visuales, se destaca una conmovedora serie de pinturas del Maestro Carlos Alonso.
Hay obras de arte que no se pueden mirar de frente, como el sol o la muerte, sin que nos encandile la oscuridad. La serie «Manos Anónimas» de Carlos Alonso es una de ellas. Se trata de Treinta y ocho piezas con técnicas mixtas, en su mayoría pasteles al óleo, realizadas durante la década de los 80s y, que desde 2007 integran la exposición permanente del Museo Superior Evita – Palacio Ferreyra. Son patrimonio de los argentinos puesto que fueron adquiridas por el Gobierno de Córdoba en 2005. Son una antología poética del dolor con una profundidad tan honda como conmovedora.

El maestro que eligió Unquillo
Aunque todos lo conocemos, conviene recordar que Carlos Alonso tiene 97 años y es uno de los más grandes plásticos de la pintura argentina. Tenemos la sensación de que es cordobés porque lo encontramos dentro del paisaje serrano explicándole a Dios que colores usar en cada estación del año. Pero consta en actas que nació en Tunuyán, Mendoza, un 4 de febrero de 1929.
Estudió Bellas Artes en la Academia, pero dejó la formación institucional en el momento más conveniente: casi al comienzo. Prefirió aprender mano a mano con los grandes y no se equivocó cuando consiguió que Lino Eneas Spilimbergo, ni más ni menos, le adoptara como discípulo. Fue reconocido como ilustrador y su versión de El Quijote (1957), Martín Fierro (1959) y después La Divina Comedia (1968), le dieron reconocimiento internacional. Su faceta como pintor es inabarcable y sus obras en colecciones públicas y privadas poseen el silencio y los colores de una voz con autoridad.
Un dolor con nombre
En 1977, Carlos Alonso sufre lo que ningún padre debería vivir jamás: su hija Paloma fue secuestrada y desaparecida. Tenía veintitrés años, y era una militante comprometida con la política de su época, y la alfabetización de su ciudadanía. Esa herida aún sangra porque ella jamás apareció.

La historia como lienzo
Atormentado por el ruido, pero de forma silente, el maestro hizo de ese dolor indescriptible un cuerpo de obras en diferentes técnicas que inició en 1981 —al emprender su regreso del exilio en Italia y España— pero que recién reveló en 1989. Eran tiempos cuando el país ya había recuperado la democracia y los testimonios del horror se habían vuelto públicos gracias al informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP). Probablemente este texto y esa imagen son una pieza solitaria y un ejercicio coral marcadamente coincidentes.
Drama personal, tragedia colectiva, denuncia policromática, estos trabajos son una paleta que usa a la historia como pincel para que todos los argentinos vean -y entiendan- a dónde no debemos volver nunca más. Quienes han estudiado la serie Manos Anónimas consideran que son obras anacrónicas, porque ilustran recortes de la historia nacional que trascienden una época para sostener su dolor a través del tiempo.
Una condena situada
El cuerpo, los cuerpos, integran una anatomía de la violencia cuya delicadeza convive con una brutalidad que se esparce y difumina hasta desaparecer. Como las personas que representa. Una investigación de Agüero y Molina sobre la serie destaca que «los protagonistas de estas situaciones llegan, por su repetición, a constituir patrones representacionales: el represor —hombres— y la víctima —mujeres y niños—».

También destacan la presencia de represores civiles con rostro y una exhibición de la masculinidad con sombrero y sobretodo, mientras que los verdugos militares se pierden en la textura de los uniformes camuflados, o en el ruido de sus botas pisoteando la ciudad. Esta aparición de los testimonios de las víctimas tiene una condición que pocas obras consiguen: potencia conceptual y trascendencia estética. La sucesión de trabajos genera un ritmo tétrico que nos ubica como testigos de los crímenes porque presenciamos los hechos perpetuamente, como los niños de sus cuadros, por momentos impávidos, por momentos hundidos en la desesperación.
Testimonio visual del terrorismo de estado
Aunque estos trabajos son las perturbadoras imágenes de un padre desolado, de una hija secuestrada, su condición estética vuelve universal el asco de la violencia ejercida por el estado. Junto a esa condición resuenan los dolores físicos de Van Gogh con el apósito en su oreja, o las representaciones de Spilimbergo con sus vendas en manos y pies. El sufrimiento personal se ha vuelto colectivo.

Más allá de la belleza
Profundamente ideológico y exactamente poético, tal vez como la propia historia de nuestro país, como nuestras ideas y nuestras tragedias, Carlos Alonso pintó su calvario personal —el exilio, la desaparición de Paloma, la conmoción social— con una denuncia escrita en el lenguaje universal y atemporal de las artes visuales. Una materialidad ideal para la memoria imborrable. Más allá de la belleza, estamos frente a obras necesarias, persistentes, y más verdaderas que cualquier documento.
Gracias a Florencia Agüero y Constanza Molina por su texto «Manos Anónimas, el arte como testigo de la historia», cuya lectura ha sido fundamental para este texto.









