El cine internacional despide a Robert Duvall, una de las figuras más influyentes y respetadas de la industria, quien falleció a los 95 años por causas naturales. Según informaron sus allegados, el actor murió en su casa de California, en un entorno íntimo y acompañado por su familia.
Dueño de una carrera que se extendió por más de seis décadas, Duvall dejó una marca indeleble en la pantalla grande. Su interpretación de Tom Hagen en El Padrino lo convirtió en un nombre imprescindible dentro de Hollywood. El personaje del abogado de la familia Corleone se transformó en uno de los más recordados de la emblemática saga.
A lo largo de su trayectoria participó en producciones que hoy son consideradas clásicos, como Apocalypse Now y To Kill a Mockingbird. Su capacidad interpretativa le permitió moverse con solvencia entre distintos géneros, desde el drama bélico hasta el western, siempre con actuaciones de gran intensidad.
El reconocimiento de la industria no tardó en llegar. En 1984 obtuvo el premio Oscar al Mejor Actor por su labor en Tender Mercies, donde encarnó a un cantante de música country en una actuación celebrada por la crítica. A lo largo de su carrera también recibió cuatro Globos de Oro y un premio BAFTA, distinciones que confirmaron su prestigio y vigencia artística.
Más allá de su trabajo en el cine, Duvall mantenía un perfil reservado. Amante de la vida rural y apasionado por el tango, visitó en varias oportunidades Argentina, país con el que mantenía un lazo especial. Su esposa, Luciana Pedraza, es actriz y directora argentina, vínculo que fortaleció aún más su cercanía con Buenos Aires y su cultura.
De aspirante a figura imprescindible del cine
Nacido en 1931 en San Diego, California, pasó parte de su infancia en Annapolis, Maryland, acompañando la carrera naval de su padre. Su madre, actriz aficionada, fue quien despertó su interés por el arte dramático.
En sus primeros años universitarios estudió Historia y Gobierno, pero terminó volcándose definitivamente al teatro y se graduó en arte dramático en 1953. Tras cumplir servicio en el Ejército, se instaló en Nueva York decidido a probar suerte como actor.
Allí se formó en el reconocido Neighborhood Playhousey compartió departamento con jóvenes intérpretes que, al igual que él, buscaban abrirse camino en la industria mientras sobrevivían con trabajos ocasionales.
La televisión y el teatro fueron sus primeras plataformas hasta que llegó su debut cinematográfico en 1962 con Matar a un ruiseñor, una aparición breve pero recordada que marcaría el inicio de una carrera en ascenso.
Robert Duvall y Mary Badham, en una de las escenas de Matar a un ruiseñor (1962), clásico del cine que marcó el debut cinematográfico del actor y se convirtió en una obra fundamental sobre la infancia y el racismo en el sur de Estados Unidos.
El papel que lo volvió inolvidable
La verdadera proyección internacional llegó con El Padrino, donde interpretó a Tom Hagen, el abogado y consejero estratégico de la familia Corleone, personaje que se convirtió en uno de los roles más reconocibles del cine.
En medio de un universo dominado por la violencia y la ambición, su personaje representaba la calma y la racionalidad, transformándose en una pieza fundamental de la historia.
La continuidad llegó con El Padrino II, consolidando su lugar en la saga y posicionándolo definitivamente entre los actores más valorados de Hollywood.
Desde entonces su nombre comenzó a asociarse con personajes sólidos, complejos y profundamente humanos, sello que mantendría durante toda su carrera.
Marlon Brando y Robert Duvall como Don Vito Corleone y Consigliere Tom Hagen en El Padrino (1972).
El coronel Kilgore y una escena eterna
A fines de los años setenta sumó otro papel icónico con Apocalypse Now, donde interpretó al teniente coronel Bill Kilgore, figura tan carismática como perturbadora.
La secuencia de los helicópteros avanzando sobre la costa y su célebre frase sobre el napalm quedaron grabadas en la memoria colectiva del cine.
Ese personaje confirmó su capacidad para construir figuras inolvidables incluso en apariciones que no ocupaban el centro del relato.
El Oscar y la madurez artística
La consagración absoluta llegó en 1983 gracias a Tender Mercies («Gracias y Favores»), trabajo por el que obtuvo el Oscar al Mejor Actor.
Allí interpretó a un cantante country alcohólico que intenta reconstruir su vida, en una actuación contenida y profundamente emotiva que muchos críticos consideran la mejor de su carrera.
Ese reconocimiento selló definitivamente su prestigio dentro de la industria y confirmó que era un actor capaz de sostener una película entera desde la emoción mínima.
Robert Duvall recibe el Oscar al Mejor Actor por su trabajo en Gracias y favores durante la 56ª edición de los Premios de la Academia, en 1984.
Mucho más que un actor
A lo largo de su carrera alternó grandes producciones con proyectos personales, participó en dramas, westerns, thrillers y comedias, y también se desempeñó como director y productor.
Fundó su propia productora a comienzos de los años noventa y desarrolló trabajos que reflejaban intereses personales, manteniendo siempre independencia en sus decisiones creativas.
Incluso en sus últimos años continuó trabajando en cine y televisión, demostrando una vigencia poco habitual y un compromiso intacto con la actuación.
El actor que evitó el estrellato
A diferencia de muchas figuras de su generación, Duvall nunca buscó ocupar el centro de la escena mediática. Prefería mantenerse lejos de escándalos y apariciones públicas innecesarias.
Quienes trabajaron con él solían destacar su profesionalismo, su obsesión por comprender cada personaje y su búsqueda constante de autenticidad.
Esa actitud lo convirtió en referencia para nuevas generaciones y en uno de los intérpretes más respetados por sus propios colegas.
La despedida de Luciana Pedraza
La confirmación pública de su fallecimiento llegó a través de su esposa, compañera de vida durante más de dos décadas, quien compartió un emotivo mensaje recordando sus últimos momentos juntos.
“Ayer nos despedimos de mi amado esposo, querido amigo y uno de los mejores actores de nuestro tiempo. Bob falleció en paz en su hogar, rodeado de amor y consuelo”.
También subrayó la diferencia entre la figura pública y el hombre en la intimidad: “Para el mundo, fue un actor ganador del Oscar, un director, un narrador. Para mí, lo era todo”.
Pedraza también recordó la pasión con la que vivía su profesión y la vida cotidiana: “Su pasión por el arte solo era comparable a su profundo amor por los personajes, una comida exquisita y su capacidad para conquistar corazones. En cada uno de sus roles, Bob lo dio todo por la auténtica esencia humana que representaban”.
Finalmente pidió privacidad para atravesar el duelo en familia.
Robert Duvall junto a su esposa Luciana Pedraza, nieta de la pionera de la aviación argentina Susana Ferrari Billinghurst, con quien se casó en 2005.
Una historia de amor nacida en Buenos Aires
La relación entre ambos comenzó en 1996, cuando el actor visitaba Argentina y conoció a Pedraza en un encuentro casual en Buenos Aires. Una invitación a una milonga marcó el inicio de un vínculo que se sostuvo a lo largo de los años.
La pareja se casó en 2005 y compartió proyectos y viajes manteniendo siempre un perfil bajo, alejados de la exposición mediática.
Quienes los conocían aseguran que en esa etapa Duvall disfrutaba de una vida más tranquila, lejos del ritmo frenético de Hollywood.
El final de una era
La muerte del actor representa el adiós a uno de los últimos grandes intérpretes surgidos durante el período que consolidó el cine moderno estadounidense.
Su legado no se mide solo en premios o reconocimientos, sino en personajes que siguen siendo revisitados por nuevas generaciones y en una forma de entender la actuación basada en la verdad y la honestidad emocional.
Mientras el mundo del cine vuelve a mirar sus escenas más memorables, queda claro que su obra continuará viva mucho después de su partida.
Porque, como ocurre con los grandes intérpretes, cada vez que alguna de sus películas vuelva a proyectarse, su presencia seguirá ahí, recordando por qué se convirtió en una figura imprescindible de la historia del cine.