Todos los jueves, en distintas canchas de la ciudad, un grupo de entre 24 y 30 personas se junta a jugar al fútbol como si fuera cualquier partido más. Pero apenas arranca el partido queda claro que ahí no rigen las reglas de siempre: nadie insulta, nadie le exige al compañero qué hacer con la pelota y, sobre todo, a nadie le importa demasiado el resultado. Se llama Fútbol Soft y, según cuentan sus propios integrantes, la pelota fue siempre la excusa para construir otra cosa.
Mateo Castellani y Lautaro Alincastro, un fotógrafo y un diseñador gráfico, dos de los referentes del grupo, dialogaron con Hoy Día Córdoba y reconstruyeron la historia de este espacio que nació en 2013 y que, con los años, se transformó en mucho más que una juntada futbolera.
Un grupo de artistas que no quería solo el fútbol de siempre
Fútbol Soft arrancó en 2013 con un puñado de amigos que, en su gran mayoría, venían del mundo del arte: Lautaro Alincastro, artista gráfico; Bruno, escenógrafo; Guille, músico; Luciano, apodado «el Laucha», escultor; Pablo Vinet, dibujante y docente universitario de artes; otro Bruno, diseñador industrial, y Joaquín, programador, entre los primeros en sumarse a esa foto fundacional. Con el tiempo se abrieron también a otras profesiones, como la psicología o la ingeniería civil, aunque la sensibilidad artística siguió marcando el pulso del grupo.

Muchos de ellos venían de los mismos fútbol 5 y 7 de siempre, de las canchas tradicionales y buscaban un espacio distinto. Mateo se sumó en 2015, de la mano de su amigo Gasti, cuando todavía jugaban al fútbol 5 en las viejas canchas del Dante, cerca del Parque Sarmiento, hoy convertidas en un lavador de autos. El boca a boca, la costumbre de invitar «amigos de amigos», hizo que el plantel creciera tanto que el grupo terminó dando el salto al fútbol 7 para que nadie quedara afuera.
Hoy el grupo de WhatsApp reúne a unas 40 personas y, cuando la convocatoria se desborda, prefieren armar un triangular antes que dejar a alguien sin jugar.
Un tercer tiempo diferente
Si el picado es la excusa, el tercer tiempo es, para ellos, el corazón del grupo. Ahí, con una cerveza de por medio, se dan charlas que poco tienen que ver con el resultado del partido: de los 20 a 30 integrantes habituales, cerca de 20 varones se prenden sin problema a hablar de todo, desde deconstrucción hasta política, así como de cualquier tema que no les cierre, algo que Mateo describe como “algo mucho más difícil de lograr en otras juntadas de puros varones”.
Muchas de esas charlas se disparan a partir de hechos de la agenda pública o de cuestionamientos propios, o de sus propias parejas y compañeras.
Esa misma filosofía se aplicó incluso frente a episodios de escrache o cancelación que atravesaron a algunos miembros del grupo. Lejos de excluirlos, la postura fue siempre sentarse a conversar y abordar la situación puertas adentro. Sin que eso implicara, aclaran, minimizar hechos graves.
Convocatorias que son obras de arte, un mural y camisetas propias
La impronta artística del grupo no se quedó solo en las charlas, se coló en la manera misma de organizarse. En los primeros años, cuando WhatsApp recién asomaba, todo se coordinaba a través de Facebook (Futbol soft para artistas), donde cada convocatoria de los jueves se pensaba como una «obrita» en sí misma.

Lautaro, que diseñó el logo original del grupo, una sigla junto a una pelota, sin mayores pretensiones conceptuales, se puso al hombro durante años la tarea de ilustrar esas convocatorias: dibujos y cómics que salían todos los martes al mediodía y sobre los que los jugadores se iban anotando en los comentarios, uno por uno, hasta completar el plantel.

De ese archivo visual, que hoy sigue guardado en los álbumes de Facebook y que se extiende aproximadamente hasta 2018, surgieron piezas memorables: memes sobre «el Laucha», célebre por intentar chilenas en cada partido; el afiche que le armaron a Mateo caracterizado como Rambo cuando viajó a Vietnam; fotos con banderas de Cataluña o en solidaridad con la desaparición de Santiago Maldonado, y hasta un montaje de Diego Maradona vestido con la primera camiseta bordada del equipo.





Esa misma pasión artística los llevó, además, a pintar de manera colectiva un mural de Maradona en la esquina de Roma y Rosario de Santa Fe, en barrio General Paz, sobre la pared trasera de un colegio. El diseño estuvo a cargo de «el Cape», jugador del equipo y uno de los muralistas más reconocidos de la ciudad, autor también del mural de Puente Maipú y de varias obras para Abuelas de Plaza de Mayo, pero la pintada fue tarea de gran parte del grupo, hijas de algunos integrantes incluidas. Al terminar, se sacaron una foto grupal que después usaron para convocar al partido de esa semana bajo la consigna «Vuelve el soft con mural del Diego ya hecho».

En materia de indumentaria, el club también hizo un camino propio: la primera camiseta, bordada, fue diseño de Lautaro; la segunda estuvo a cargo de Guille, y la tercera, la actual, de color amarillo, volvió a ser obra de Lautaro, aunque aclara que en las definiciones siempre opina todo el grupo. Ya trabajan, de hecho, en un nuevo modelo.
Un torneo sostenido a puro código
Además de la juntada de los jueves, parte del grupo compite desde hace años en un campeonato amateur que se juega en el complejo La Gran 7, con una particularidad: no tiene árbitro. Entre 10 y 15 equipos habituales se reparten dos torneos por año, Apertura y Clausura, y todo el desarrollo del juego se sostiene pura y exclusivamente en la buena fe y en los códigos de respeto entre rivales.
Con el correr de los años, y a medida que el compromiso competitivo creció, el propio grupo decidió dividir sus encuentros en dos días distintos, uno para quienes quieren jugar el campeonato en serio, y otro más relajado para quienes prefieren un ritmo recreativo. La aclaración de Lautaro es clara: no son grupos separados, sino el mismo grupo repartido en distintos ritmos, porque la amistad, insiste, siempre estuvo por encima del resultado.
Más que un futbol 7
Trece años después de aquella primera foto en 2013, Fútbol Soft dejó de ser solo un grupo de fútbol para convertirse, en palabras de sus propios integrantes, en «una forma de vida». De esas juntadas surgieron alianzas laborales, muestras de arte, bandas de música y hasta producciones audiovisuales conjuntas. Una postal poco habitual en el fútbol amateur cordobés, donde una pelota sirvió de excusa para construir, jueves a jueves, una red de amistad, arte y contención que va mucho más allá del resultado de un partido.
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