A no confundir valor y precio

Por Eduardo Ingaramo

Les sorprenderá saber cómo se establecen en la realidad: algunas formas pueden presumirse, pero otras son desopilantes, casi nunca dependen de los costos, y mucho menos en los mercados financieros, donde los bonos de países y acciones de empresas no representan su riqueza, ni su patrimonio.

Una regla general del valor de las cosas indica que los precios y las monedas en las que nominan son fruto de deseos, más o menos intensos, de más o menos personas, y de creencias sobre lo que va a ocurrir en el futuro.

O sea, algo muy poco objetivo, más relacionado con la subjetividad y las emociones, en especial de aquellos que pocas veces podemos fijar los precios de nuestros bienes y servicios, y jamás podremos influir en los precios de los bienes y servicios de los demás.

En el mejor de los casos, algunos consumidores con disponibilidad de dinero –y por tanto acceso a diversas formas de pago-, capacidad de almacenamiento –que puede permitir postergar compras-, disciplina –como para no tentarse-, y medios de movilidad, ganas, tiempo y memoria –como para buscar los precios más bajos- pueden minimizar el precio que pagan. El resto deberá caer en donde le den crédito, le vendan en pequeñas cantidades y estén cerca de su domicilio (donde seguramente será más caro).

En el ámbito internacional, el valor relativo de las monedas en las que denominan los precios también depende de las expectativas, muy poco objetivas, de los mayores fondos de inversión, apoyadas por “calificadoras de riesgo”, que les cobran por los bonos y acciones de empresas de esos países que comercializan.

En el Standard & Poor´s 500, en 1975, las mayores 500 empresas de Wall Street tenían un patrimonio que representaba el 83% de su valor de mercado, pero luego de 45 años de financierización de los mercados, solo el 10% de su valor bursátil es de su patrimonio, con lo que podemos concluir que es intrascendente lo que inviertan en sus activos fijos que generan valor de bienes, servicios y trabajo. Por lo que no resultan extrañas las recesiones recurrentes y el desempleo global.

Tampoco es extraño que las asambleas de accionistas de las empresas elijan CEOs que valoricen sus acciones en el mercado, más allá de que generen -o no- utilidades en sus balances, inversión patrimonial, o sostenibilidad económica, social y ambiental. Por lo que los premios e incentivos que les asignan tampoco se refieren a estos últimos objetivos.

En el ámbito internacional de las commodities (hidrocarburos, granos, minerales, etc.), su valor depende de las expectativas de producción, stock y consumo futuros, pero especialmente de quienes manejan la información privilegiada –meteorológica, regulatoria, sanciones comerciales-, y donde los ETF (fondos cotizados de conjuntos de empresas) sectoriales operan contratos a futuro, sin compromiso alguno con la producción.

No obstante, se afirma que las empresas que tienen o producirán esos bienes deben disponer de financiamiento para retenerlos o financiarlos, mientras que quienes los demandan o demandarán se aseguran sus precios a futuro. Sin embargo, dado que en esas operaciones pueden ingresar quienes no son tenedores, productores o demandantes, sino simples especuladores, los precios que establecen pueden no responder en absoluto al equilibrio de la producción y consumo.

En los mercados de bienes de alto valor agregado (hardware, software, comercio electrónico), su valor es mucho más voluble y vinculado a las expectativas sobre su futuro, por lo que tampoco puede esperarse de ellas que su precio tenga que ver mucho con su valor real.

Así, vivimos en un mundo en donde el valor de las monedas –Fiat (o sea por decreto) o criptomonedas- son una profesión de fe, no solo porque ya no representan su valor en bienes, servicios o sostenibilidad, sino porque tampoco representan la potencialidad de los países.

Tampoco el valor de las empresas, bienes y servicios depende de su capacidad de generación de riqueza y/o su distribución sostenible, sino de las expectativas, la información privilegiada que pocos disponen, y la información sesgada o confusa que esos capitales concentrados publican en sus redes para “cazar” incautos que abulten sus cuentas.

En fin, un capitalismo cada vez más ficticio. Todo ello debiera llevarnos, a los simples ciudadanos, a los trabajadores y consumidores, a volver al origen y procurar obtener aquello que pocas veces (o nunca) puede ser expropiado: nuestras familias, amigos, organización social, tierra, techo, educación y trabajo, que solo pueden obtenerse con esfuerzo propio y ayuda mutua, mientras elegimos gobiernos que se comprometan a favorecernos en esa tarea.

 
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