La memoria en carne viva

 Sobre “Esquirlas”, de Natalia Garayalde

Por Martín Iparraguirre

“El pueblo al poder con las armas”, dice el padre de Natalia Garayalde en una escena de “Esquirlas”, laureada ópera prima de la directora cordobesa que se estrena hoy en el Cineclub Municipal Hugo del Carril, a casi dos años de su consagración en el Festival Internacional de Mar del Plata (donde arrasó con cinco premios, entre ellos a Mejor Directora y Mejor Película Argentina). La sentencia no constituye un planteo anacrónico de aspiraciones revolucionarias, más bien es la constatación amarga e irónica de la impotencia ciudadana ante la impunidad del poder: en ese momento, el padre de Natalia está recogiendo un proyectil que atravesó la pared de una casa de Río Tercero tras la ominosa explosión de la Fábrica Militar durante el gobierno de Carlos Menem, destinada a ocultar las pruebas del contrabando de armas a Ecuador y Croacia. “Pero las armas casi nunca son del pueblo”, le responderá en off, desde el presente, la propia directora en un diálogo que atraviesa la historia y sintetiza no sólo las operaciones narrativas de la película sino también su tono marcado por la nostalgia y la emoción, el recuerdo de una época feliz que se truncó por la tragedia, acaso donde reside la inusual potencia política del filme. 

Ocurre que, aunque la respuesta de Natalia sugiera una actitud de resignación, su película provoca el efecto contrario: “Esquirlas” convoca a una justa indignación ante la corrupción y la prepotencia de los poderosos, sentimiento que mueve hacia la rebeldía aún ante causas perdidas. No es el caso de esta película que hurga en la memoria íntima de una familia para retratar el padecimiento colectivo de una ciudad que fue literalmente atacada por el propio Estado argentino, en uno de los tantos episodios ominosos de nuestra historia.

Garayalde recurre a sus propias filmaciones caseras de la infancia para narrar la explosión de la Fábrica Militar de Río Tercero, decisión que implica exponer abiertamente la intimidad de su familia para convertirla en un testimonio micropolítico de la hecatombe colectiva, cuya amenaza por cierto se extiende hasta el presente a través de la siniestra sombra del Polo Químico que sigue funcionando en la ciudad.

Como en todo documental de “found footage” (género que trabaja con archivos audiovisuales ajenos o de otro tiempo), su clave está en la organización de los materiales, en este caso intervenidos por la directora desde el presente con una voz en off que va guiando el recorrido por su propia memoria visual, que eventualmente se convertirá en testimonio de la historia. Se trata de una intimidad teñida por el recuerdo de un tiempo amado que se ha perdido, aunque esas toscas imágenes iniciales en VHS captadas por la directora a sus 12 años no buscan la manipulación emocional del espectador, pues funcionan más bien como un testimonio que será fundamental para la potencia emotiva y política que alcanzará luego el filme. En ese tramo inicial accedemos a la dinámica interna de una familia de clase media más o menos prototípica de los años ’90, vista desde la mirada de una niña que juega con su hermano a registrar a sus mayores. Hay una inocencia tierna y un espíritu lúdico en estas imágenes iniciales que serán respetados por la directora en su intervención del pasado: las palabras en off de Garayalde apuntan aquí a explicitar su mirada infantil sin juzgarla ni idealizarla, otra muestra de la valentía de la directora en el proceso de autoexposición de sí misma que ofrece la película. Simultáneamente, en esas imágenes late también una época histórica y una clase social, con sus intereses mundanos, sus prácticas amorosas, sus formas de socialización y ocio, sus gustos y placeres.

Pero ese pasado un poco idealizado, que nos llega a todos por su calidez -especialmente a quienes vimos la época-, se romperá violentamente el 3 de noviembre de 1995 con la irrupción de lo ominoso: de repente, Río III se convertirá en un territorio de guerra con más de 20.000 proyectiles lanzados sobre la ciudad por la explosión intencional de la Fábrica Militar. El corte es abrupto y estremecedor, con registros urgentes de la desesperación popular que siguen a esa cotidianeidad tranquila y despreocupada, potenciando la intensidad del momento. Basta un plano secuencia de un video casero tomado desde el interior de un auto que recorre la ciudad intentando auxiliar a los transeúntes para captar con precisión la dimensión del desastre: todo es confusión y caos en las calles, con gente corriendo desesperadamente entre escombros, nubes de humo y explosiones de fondo, sin saber adónde ir ni cómo actuar. Una ciudad en estado de shock, el trauma se vuelve colectivo. A partir de allí, Garayalde sumará videos ajenos y archivos de televisión para completar el cuadro histórico de la tragedia, sin dejar de lado la dimensión íntima del relato pues ella misma se dedicó, en los días posteriores al ataque, a registrar la vida de su pueblo como cineasta incipiente que era. El oficio periodístico de la directora emergerá aquí con mayor claridad, recorriendo la estulticia política y judicial que siguió a los acontecimientos: veremos al presidente Menem y al entonces gobernador de Córdoba Ramón Mestre intentando convencer a la prensa de que se trató de un accidente – “Ustedes tienen la obligación de decir que no fue un atentado”, le dirán a los periodistas– , así como también al primer juez del caso paseándose con evidente soberbia sobre la escena del crimen para certificar una pericia falsa, destinada a sellar la complicidad con el poder político. Habrá imágenes reveladoras como un video filmado por el principal chivo expiatorio del caso para demostrar su inocencia, repasando la historia del ocultamiento y ratificando una injusticia conocida por todos, hoy ratificada por la justicia a pesar de que Menem haya muerto en la absoluta impunidad.

Pero en medio surgirá lo más importante a través de la que acaso sea la figura central de la película: el padre de la directora, un obstetra honesto y querido por todos en el pueblo que indefectiblemente se convierte en la contraparte de estos personajes oscuros del poder. “Papá tenía metido en la cabeza que el aire estaba contaminado por los explosivos”, dirá en algún momento Garayalde y la premonición no tardará en volverse realidad. Ya cerca del final, veremos a ese hombre vital y generoso postrado en una silla de ruedas por un cáncer que ya le había quitado a una de sus hijas, la hermana mayor de la directora, quien ahora se encarga de cuidarlo. La contundencia de la película no podría ser mayor, aunque en su tramo final se tiña inevitablemente con el halo de la tragedia: el último plano es legítimamente conmovedor (e inolvidable) al mostrar a la directora jugando de niña con su padre en la intimidad del hogar feliz, que no esperaba el zarpazo que la historia política argentina le estaba guardando a la vuelta de la esquina. En esa intimidad expuesta, “Esquirlas” alcanza una dimensión universal y el dolor de Garayalde se convierte en un sufrimiento de todos: si la película fue su forma de reconciliación con ese pasado doloroso, sus planos nos dejan al resto con el compromiso de perpetuar la memoria viva, para que la próxima vez no ganen los desalmados.

 

 

 
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