El miércoles 27 de mayo, Córdoba recibió por primera vez a Los Ángeles Azules. No fue solo un concierto: fue una ceremonia. Una en la que los anfitriones llegaron desde el otro lado del continente con una partitura aprendida de memoria, con coreografía y la disposición de que nadie se quedara quieto.
El show comenzó a las 21.44. Vestidos con trajes negros con brillos, la cantante y las dos músicas que la acompañaban hicieron su entrada al escenario mientras sonaba Cómo te voy a olvidar. La canción se escuchaba de fondo, todavía sin ser interpretada en vivo, como parte de una introducción que acompañaba la llegada de la banda y encendía el clima en la sala.
Entonces llegó el acordeón, con ese sonido bien marcado y festivo de la cumbia, seguido por las trompetas que terminaron de levantar al público. Entre pasos de baile y movimientos sincronizados, la banda arrancó oficialmente con Entrega de amor, desatando los primeros coros y palmas de la noche.
El lugar estaba lleno, pero permitía moverse, girar, dejarse llevar. Y eso fue exactamente lo que pasó.
Porque Los Ángeles Azules no improvisaron pero se movían respondiendo y esperando al público. Cada tema tuvo su propio temperamento, su velocidad particular, su manera de abrirse paso entre el público.
Detrás del escenario, una pantalla cargada de colores acompañaba el clima festivo con una sucesión de imágenes de flores, corazones, estrellas, lunas, un acordeón, una pareja bailando y siluetas en movimiento. Ese collage visual se transformaba constantemente, iluminando la noche con destellos fluorescentes, como un arcoíris encendido al ritmo de la cumbia.
¿Qué es exactamente lo que tocan?
Cumbia instrumental, guapachosa y psicodélica, se podría decir que eso en términos técnicos. Según la propia historia del grupo. Tres adjetivos que vale la pena desmenuzar. La cumbia instrumental prescinde de la voz como protagonista y pone al frente los metales, el acordeón, las percusiones: el cuerpo de la música sin mediaciones líricas.
Lo guapachoso remite a lo bailable, esa cualidad que hace que los músculos reaccionen solos ante el primer golpe del bajo. Lo psicodélico, en cambio, es herencia de una fusión que mezcla la cumbia colombiana con el rock psicodélico y con los folklores locales mexicanos, creando texturas que van más allá del ritmo tropical para adentrarse en algo más hipnótico, más denso y envolvente.
Representando al «tradicional mexicano», con una presentación icónica, ese ritual en el que la voz del animador convoca: «los ángeles… azules» o «de Iztapalapa para el mundo», desertaban al público constantemente para recordarles el ritmo al que iban. Pero el grupo no se quedó en la interacción formulaica sino que propuso instancias donde el público eligió qué canción escuchar a continuación, e incluso convocó a que la gente imitara formas de bailar, convirtiendo al campo en una extensión del escenario.
El repertorio fue un viaje por cuatro décadas de clásicos. Sonando Nunca es suficiente, Que le den cumbia a la gente, Mi niña mujer, Otra noche, Cómo te voy a olvidar, Te necesito, El amor de mi vida, Antes cumbiamba, Perdonarte ¿para qué? y El listón de tu pelo, entre otros. Pero dando protagonismo, sobre todo, a las canciones grabadas con artistas argentinos.
El resultado fue una velada con la calidez y tranquilidad de lo familiar. Una velada que estuvo a la altura de las expectativas de cualquiera que escuche un video o cd grabado, afinaciones sin fisuras, pausas precisas, coreografías que se desplegaban por cada parte del escenario. Todo lo que la pantalla prometía, el escenario lo confirmó. Y lo que ningún vídeo puede transmitir del todo, esa sonrisa cálida que circula entre los integrantes como si cada show fuera el primero y el último al mismo tiempo. Los Ángeles Azules llegaron por primera vez a la Docta, y se fueron como si siempre hubieran pertenecido a ella.
