Todo empieza con una decisión: ¿seguir al dinosaurio, perderse entre peluches o detenerse frente a un cuadro? En el Complejo Ferial Córdoba, esos tres recorridos conviven. Apenas cruzado el ingreso, una enorme boca de dinosaurio inflable recibe a los visitantes. Después, los caminos se bifurcan. Hacia un lado aparece un universo donde la felpa parece cubrirlo todo; hacia otro, una invitación a sumergirse en la pintura impresionista; más adelante, un parque jurásico donde los rugidos compiten con los gritos de quienes saltan en los inflables. Tres propuestas independientes, unidas por una misma capacidad: despertar el asombro sin importar la edad.
El primer desvío condujo a Plushland. Bastaron unos pocos pasos para entender que allí la felpa no era un detalle, sino el lenguaje de toda la muestra. Estaba en los peluches gigantes, pero también en los pisos, las paredes y las texturas que envolvían cada sala. Sin embargo, el recorrido comenzó diferente. Aparecían cientos de figuras colgantes que, reflejadas en espejos, desdibujaban los límites del espacio. Después la protagonista era una calesita que parecía girar sin moverse. Bastaba con subir para que la pantalla hiciera el resto y, por unos minutos, la sensación fuera la de estar dando vueltas de verdad.
Unos pasos más adelante, el recorrido cambiaba otra vez de clima. Esta vez, con un océano de personajes gigantes inspirados en el universo de Nemo. Allí, niños y niñas se arrojaban sobre el piso de felpa y movían los brazos para formar angelitos. Nadie parecía haberles enseñado el juego; simplemente ocurría una y otra vez.

Más adelante, el recorrido volvía a cambiar de escala. Una jungla de tigres, monos, osos panda y pingüinos gigantes ocupaba la siguiente estación. Allí las proporciones parecían perder sentido. Todo invitaba a detenerse para abrazarlos o, simplemente, fotografiarse junto a ellos.

La siguiente parada llevaba a la realidad virtual. Esta vez, una montaña rusa terminaba de completar la ilusión antes de abrir paso al espacio más concurrido de la muestra. Una enorme pileta de pelotas blancas, custodiada por un gigantesco Lotso, concentraba a chicos y grandes por igual. Las pelotas no dejaban de volar por el aire, los peinados terminaban cargados de estática y abandonar ese lugar parecía bastante más difícil que entrar.
Entre los colores de Monet y la aventura jurásica
Salir de Plushland también implicó dejar atrás el bullicio. Al atravesar los patios del predio, el recorrido encontró otro ritmo. Monet Inmersivo recibía a los visitantes con música clásica y una primera serie de salas donde las frases sobre la vida de Claude Monet, sus búsquedas artísticas y el nacimiento del impresionismo preparaban el camino antes de las grandes proyecciones.
Mientras algunos niños seguían con la mirada las imágenes y los colores, muchos adultos se detenían a leer en voz alta los textos para explicar quién había sido el artista francés y qué buscaba transmitir con sus pinturas. La muestra parecía construirse tanto sobre las paredes como en esas conversaciones.
Recién después aparecía el corazón del recorrido. Una sala completamente inmersiva envolvía a los visitantes con pantallas de gran formato donde los jardines, los estanques, las flores y las pinceladas de Monet se expandían de piso a techo. Los azules, los verdes y los rosados se sucedían lentamente al ritmo de la música, convirtiendo ese espacio en el lugar para detenerse por un largo rato. La experiencia culminaba con un gran balcón cubierto de flores y una estación de arte que permitía calcar con crayones algunas de las obras.

Con ese momento de pausa todavía presente, el recorrido cambiaba nuevamente de registro. Del otro lado esperaba Dino Jump, donde la adrenalina volvía a imponerse. Incluso antes de ingresar, los rugidos de los dinosaurios ya se mezclaban con los gritos de quienes atravesaban los inflables.
Una vez dentro, las criaturas prehistóricas sorprendían por su tamaño y movimiento, aunque rápidamente cedían protagonismo a las enormes estructuras inflables que ocupaban buena parte del espacio. A diferencia de las otras propuestas, aquí el recorrido estaba pensado para mantenerse en movimiento. Saltar, trepar y correr terminaban siendo parte de una experiencia donde chicos, adolescentes y adultos compartían los mismos circuitos, demostrando que la aventura tampoco entendía de edades.
Aunque cada propuesta construyó un universo propio, las tres compartieron un mismo objetivo: ofrecer maneras distintas de vivir las vacaciones de invierno. Plushland apostó por las texturas y el juego; Monet Inmersivo, por la contemplación y el arte; y Dino Jump, por el movimiento y la aventura. Las experiencias pueden recorrerse por separado, con entradas independientes, y permanecerán abiertas hasta el 26 de julio. Los tickets pueden adquirirse a través de QualityCenter.com.



















