La sala late. No es una metáfora: el sonido rítmico del zapateo y el pulso del bombo se sienten en el pecho de cada espectador que colmó la planta baja del teatro en la tercera noche de esta cuarta temporada. Cuando el telón finalmente se cierra, lo que queda no es solo el eco de la percusión, sino una atmósfera de comunión que pocas veces se alcanza en el circuito teatral. Trum Malambo no es un espectáculo más de folclore; es una pieza de orfebrería donde la destreza física se encuentra con una sensibilidad que desborda el escenario.

Al finalizar la función, Hoy Día Córdoba pudo conversar con Facundo Lencina, director y motor de este proyecto. Su imagen al bajar de las tablas es la de un artista que lo ha dado todo. Con la respiración aún entrecortada y los ojos cargados de una transparencia conmovedora, Facundo no buscó frases hechas para explicar el éxito, sino que se refugió en la honestidad de sus afectos. La emoción que el público percibe en cada cuadro tiene un origen doméstico y sagrado. «Bueno, la emoción en realidad porque estamos ahí teniendo en casa con papá… Hay temas dentro del espectáculo que hacen recordar algunas fotos familiares, entonces, la propuesta también es muy fuerte, nosotros físicamente terminamos muy cansados y se junta todo, a veces no pasa, pero cuando pasa yo también desahogo porque que es mi forma de conectar también con la gente», confesó Lencina. Esa capacidad de transformar el cansancio extremo en un canal de desahogo y conexión humana es, quizás, el secreto mejor guardado de la compañía.
El origen de la danza y la magia del encuentro
Para comprender la magnitud de lo que Trum pone en escena, es necesario desandar la historia. Lejos de la visión solemne del folclore del museo, Lencina propone un aprendizaje vivo sobre lo que significa el malambo. Durante la entrevista, el director se detuvo a explicar que lo que el público presencia es una evolución del «contrapunto» histórico, esa instancia donde el gaucho ponía en juego su honor y su sustento. «El nacimiento del malambo es el contrapunto… es una danza del hombre que competía por diferentes cuestiones, por un caballo, por la comida o por peleas personales. Era un contrapunto, se peleaban a ver quién mejor zapateaba. Hay libros que dicen que se pasaban las noches zapateando y que el público decidía quién era el ganador. Ya sea por comida o por lo que sea», detalló Facundo, trazando un puente directo entre aquellas noches de fogón y la adrenalina que hoy se vive en el teatro.
Lo que distingue a esta obra es que ese contrapunto no se queda encerrado entre los artistas. Hay una intención deliberada de romper la pared invisible entre tablas y butacas, no a través de la interacción forzada, sino mediante una inducción sensorial. Según explica el director, el show está planificado como un vínculo tan potente que termina arrastrando al espectador hacia el centro de la escena. «El show que está planteado todo el tiempo en contrapunto en conexión con nosotros. Nosotros no hacemos la conexión con la gente. Lo que sucede es que la conexión con nosotros es tan fuerte que hacemos entrar a la gente a nuestro malambo. Y la gente termina teniendo la adrenalina o las emociones que estamos sintiendo en el escenario. Cuando se produce eso es la magia que nosotros tratamos de contagiar», reflexiona con una profundidad que explica por qué la gente se levanta de sus asientos con una euforia casi familiar.
Un elenco en perfecta coordinación
La arquitectura de Trum se sostiene sobre pilares que se trastocan y se potencian: la danza, la música y el humor. El espectáculo, que cuenta con la producción de Verónica Vaira, se destaca por una estética cuidada que rinde homenaje a la naturaleza y a un patriotismo inclusivo que resalta la fuerza de la mujer. El elenco, conformado por Facundo Heredia, Constanza Urquiza, Jesús Ferero, Jonatan Bisotto, Andrés Teruel, Belén Medina y Ezequiel Garay, funciona con una unidad que por momentos parece simbiótica. Son cuatro bailarines y dos bailarinas que se mueven con un compás exacto, rodeados de una estética que rinde culto a la naturaleza. Los colores tierra de los trajes, las hojas que decoran el espacio y el uso coreográfico de boleadoras y pañuelos construyen un patriotismo inclusivo.

La incorporación de Andrés Teruel ha sido uno de los grandes aciertos de esta temporada. Su llegada al grupo fue el resultado de una charla fortuita en Capilla del Monte, donde el deseo de fusionar el malambo con el humor campero empezó a «cranearse». Lencina no escatima en elogios para su compañero, destacando su versatilidad absoluta. «Yo creo que Andrés Teruel le da el toque de humor campero. Tiene muchas cartas, sabe tocar la guitarra, sabe cantar, sabe hacer humor, un humor para chicos, un humor para grandes, un humor campero. Tiene un abanico de humor impresionante que hace que sume al espectáculo», señaló el director sobre este aporte que suaviza la intensidad del zapateo con risas necesarias.
Asimismo, la identidad sonora encuentra su ancla en la voz de Jonatan Bisotto. Oriundo de Monte de los Gauchos, Bisotto aporta esa «voz campera» que huele a sur provincial y a centro del campo. Su canto le da raíz a la propuesta, permitiendo que el espectador cordobés se reconozca en cada nota. Es esa mixtura entre el virtuosismo técnico y la autenticidad del origen lo que hace que Trum sea una pieza de espectáculo única en su tipo.
El arte como respuesta a un presente complejo
No se puede ignorar el contexto en el que este grupo de artistas decide subir a escena. La situación del país, que Lencina describe como un «momento muy raro», atraviesa también la producción de la obra. Sin embargo, frente a la incertidumbre, la compañía propone la unión como bandera. Para Facundo, ver la sala llena es una señal de que el trabajo conjunto es el único camino posible para seguir creciendo. «Termina con una sala hermosa. Todo cuesta. El país está en un momento muy raro y de esta manera creo que invitamos a la gente para que también nos conozca y la extensión de nuestro espectáculo. Me parece muy importante trabajar en conjunto para que esto siga creciendo«, concluyó con una mezcla de realismo y esperanza.
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Cada detalle de Trum está pensado para quienes aman el folklore, pero también para aquellos que simplemente desean ver una parte de la historia argentina. La precisión en el maquillaje, el detalle de los trajes diferenciados y la valoración de lo audiovisual se amalgaman en un show donde el público es, en última instancia, el jurado que decide el ganador de ese contrapunto emocional. Los aplausos que rebasaron los hombros en esta tercera noche no fueron solo para el talento; fueron para la pasión, la práctica y la libertad de un grupo que ha decidido hacer del malambo su forma de habitar el mundo.
Para quienes deseen ser parte de esta experiencia, la recomendación es casi obligatoria: lleven su pañuelo, porque el aire se vuelve danza y es imposible no querer acompañar el compás desde la butaca. El espectáculo se presenta a las 22:30 en el Teatro Libertad (Av. Libertad 70), con funciones de miércoles a domingos, invitando a locales y turistas a redescubrir nuestra raíz con una potencia que, literalmente, desborda los hombros. Las entradas se adquieren a través de Autoentrada y en la boletería del teatro.











