Cada cinco años, la cita en el Teatro del Libertador San Martín (Av. General Paz 365) funciona para la Small Jazz Band como un pacto ineludible con su público. Ocurrió a los 30, a los 35, a los 40 y volverá a suceder este martes 20 de octubre a las 20. Sin embargo, para Francisco Castillo —director y clarinetista del grupo junto a sus compañeros de toda la vida—, la función de sus 45 años como reafirmación de una estética hoy extraña: la del jazz tradicional que prescinde del enchufe y busca el equilibrio justo entre la destreza técnica y la emoción
En conversación con Hoy Día Córdoba, el músico decide profundizar junto a este medio sobre ese recorrido, en vísperas de una función que los devuelve a su escenario habitual para celebrar y, por qué no, dar rienda suelta a la mística, el talento y la pasión que los caracteriza.
Movimiento I. El ritual de cada lustro
Tal es así que para la función que se avecina, la formación compartirá escenario con una nutrida nómina de invitados en los que se incluye el músico estadounidense Hunter Burgamy —cantante, banjoísta y guitarrista radicado en Nueva Orleans—, la cantante Cecilia Milone, los artistas cordobeses Guadalupe Briñón, Guillermo Delfino, Jorge Gornik y Alan Salas, junto a los bailarines de Córdoba Swing. De manera complementaria, en el hall de ingreso al teatro se montará una pequeña exposición con la constelación de premios y reconocimientos cosechados en más de cuatro décadas de camino.
Ver esta publicación en Instagram
Pero más allá de los invitados, el encuentro celebra la historia viva de sus anfitriones: la Small Jazz Band, un quinteto de alianza sólida que sostiene a tres de sus fundadores originales —con Francisco F. Castillo (h) al frente en corneta, clarinete y dirección, acompañado por Luis Alasino (trombón y saxo alto) y Alejandro Kras (banjo)— junto a Roque Celis en tuba y Javier Machado en batería y washboard.
A lo largo de este escrito, las palabras de Francisco Castillo serán la guía para un viaje que comienza en el significado de este nuevo aniversario, se adentra en la historia y la filosofía del jazz de época, y desemboca en lo raro que resulta hoy el encuentro cara a cara.
Movimiento II. 45 años de lenguaje, tradición y memoria
A lo largo de sus 45 años de trayectoria, la Small Jazz Band llevó el sonido del jazz tradicional cordobés a escenarios de Argentina, Europa y Estados Unidos. Entre sus actuaciones más significativas figuran las realizadas en Nueva Orleans, ciudad donde nació este género musical, y en espacios emblemáticos como el Preservation Hall y el New Orleans Jazz Museum. Una trayectoria que también cosechó distinciones en Córdoba, donde el quinteto recibió el Premio Jerónimo 2026, la máxima distinción que entrega la ciudad.
Cabe destacar que el vínculo con la cuna del jazz se fortaleció a partir de 2010, cuando Francisco Castillo y Luis Alasino participaron del New Orleans Traditional Jazz Camp y fueron seleccionados para actuar en el Satchmo Summerfest, festival dedicado a Louis Armstrong. Desde entonces, la formación volvió en distintas oportunidades a compartir escenarios con músicos estadounidenses y a presentarse en clubes históricos de Nueva Orleans y Nueva York. En junio de 2024, además, ofreció un concierto en el New Orleans Jazz Museum.
A los reconocimientos internacionales se suman el premio Jazzología de Oro, recibido en 2016, cuando el grupo cumplió 35 años, y el premio CIEyA a la trayectoria, otorgado en 2021. Ese mismo año también fue distinguido por instituciones municipales. En julio pasado, el Premio Jerónimo se incorporó a una lista que da cuenta de la continuidad de una formación que conserva a tres de sus integrantes fundadores.
Pero ¿qué implica sostener durante cuatro décadas y media un género nacido hace más de un siglo? Para la Small Jazz Band, una respuesta reside en la elección musical que mantiene desde sus comienzos. Formada en Alta Gracia en 1981, la banda surgió del encuentro entre Francisco Castillo y Luis Alasino, compañeros del Instituto Domingo Zipoli, y Alejandro Kras, quien vivía en esa ciudad. Desde entonces, el quinteto mantiene su dedicación al jazz tradicional, un estilo en el que Castillo encuentra el equilibrio entre la técnica y el sentimiento.
«Por eso nosotros elegimos el jazz tradicional, porque nos parece que es un equilibrio justo entre algunas cuestiones que tienen mucho sentimiento, pero no tienen técnica, y otras cuestiones que tienen muchísima técnica, pero el sentimiento está dejado de lado. Entonces, encontramos en el jazz tradicional la mezcla justa, el equilibrio entre lo técnico y lo sentimental», explica.
Para entender esa elección hay que viajar a Nueva Orleans, en el sur de Estados Unidos, donde el jazz tomó forma entre fines del siglo XIX y comienzos del XX. Castillo se detiene en la historia de la ciudad y en las raíces multiculturales que dieron vida al género.
«Nueva Orleans fue colonia francesa —por eso el nombre Nouvelle-Orléans—, después fue colonia española y por último se integró a los Estados Unidos. Pero por ese puerto del río Misisipi se produjo la entrada de todos los esclavos, por lo que la influencia afro en la música es fundamental: es una mezcla de pasiones. A los esclavizados se les permitía los domingos después del mediodía juntarse en Congo Square, una plaza que todavía se mantiene en Nueva Orleans, para hacer sus ceremonias religiosas y cultos vudú. Ahí empezaban los cantos en dos ramas: religiosos y profanos, que se fueron mezclando con las marchas francesas y tradiciones españolas», exclama.
En este punto, el director musical aclara una distinción histórica sustancial respecto de otros géneros populares como el blues:
«Esto lo aclaro porque por ahí la gente cree que el jazz nació igual que el blues. El blues es distinto, es más primitivo musicalmente: son tres acordes y una queja romántica o del trabajo hecha por los esclavos que no tenían estudios. En cambio, los músicos que dan nacimiento al jazz tradicional a fines de 1800 no eran esclavos. Eran los llamados «criollos» (creoles), músicos mestizados nacidos en Nueva Orleans que tenían acceso a escuelas de música y universidad, leían partituras, sabían composición y tocaban instrumentos. Ellos son los verdaderos creadores del jazz tras ese mestizaje», agrega a la conversación.
Y es que esa cuna académica y popular explica en gran parte la naturaleza festiva, cantable y bailable del género, marcando una brecha rotunda con las corrientes modernas del siglo XX:
«En el swing de los años 30 y 40 podés seguir el ritmo, la melodía y bailarlo. En cambio, los estilos más nuevos como el bebop se convierten en una música hipercomplicada en lo técnico que pierde el baile, pierde lo cantado y pierde mucho de lo sentimental. Pasa a ser una demostración de pirotecnia para ver cuántos sonidos podés meter en un segundo. El músico de jazz moderno toca para él, no para el público. Nosotros, aunque venimos de los estudios clásicos del conservatorio Zípoli, seguimos eligiendo el tradicional porque busca comunicarse directamente con quien escucha», reafirma.

Movimiento III. Aprender de oído y más
Pero, además, sostener este estilo exige un método de trabajo artesanal, ya que no existen partituras impresas de las grabaciones originales de los años 20 y 30. Como director musical, Castillo elabora los arreglos del quinteto escuchando de forma directa las fuentes históricas.
«Nosotros vamos directamente a la fuente original de los años 20 y 30, que hoy por suerte está accesible en todas las plataformas. Como no hay partituras, este es un idioma que se aprende escuchando, igual que cuando de chicos aprendemos a hablar en nuestra casa: por eso el que vive en Córdoba tiene una tonada y el de Santiago tiene otra. El jazz tradicional no es solo qué tocás, sino cómo lo tocás. La forma es muy diferente: hay vibratos y cuestiones técnicas donde el clarinetista o el trompetista buscan imitar los matices de la voz humana, algo totalmente distinto a una orquesta sinfónica», expresa.
Esta búsqueda de fidelidad tímbrica abarca también la concepción de la sección rítmica, alejada de los parámetros del sonido contemporáneo: «Los palillos son diferentes y los parches de la batería se afinan de otra manera. En el jazz tradicional la batería es un acompañamiento sutil, no está en primer plano. Hoy vas a escuchar cualquier banda de rock y el primer plano es del baterista golpeando a todo lo que da. De hecho, cuando vamos a un escenario y el sonidista no está acostumbrado a esta música, nos quieren poner el bombo que parece Van Halen. La batería en el jazz tradicional va atrás, acompañando la música», dice.
Sin embargo, el elemento que genera mayor asombro en las audiencias actuales es la naturaleza estrictamente acústica del quinteto. Un aspecto que resulta extraño. Sobre ello Francisco indica lo siguiente: «Todos nuestros instrumentos son convencionales. Para tocar jazz de los años 20 no podés poner un teclado MIDI ni una computadora que dispare frecuencias. Mirar una banda de cinco músicos donde nada se enchufa hoy resulta bastante raro. Se puede cortar la luz, podemos estar en medio del monte y lo nuestro suena igual, porque son instrumentos eternos. Eso nos da una versatilidad enorme: podemos tocar al aire libre en un casamiento en una estancia sin tirar un solo cable, o en un barcito chico sin necesidad de amplificación. Y cuando nos toca estar en el Teatro del Libertador, donde hay un sonido de lujo, lo aprovechamos, pero sabiendo que la instrumentación nos permite tocar en cualquier parte».

Movimiento IV. La Cova del Drac como trinchera imprescindible
El devenir de la Small Jazz Band se teje diariamente en el circuito cultural cordobés, teniendo como cuartel general -nada más ni nada menos- que a La Cova del Drac, en Güemes. Allí, Castillo encabeza todos los jueves las Castle Jams y utiliza el espacio para los ensayos generales, conferencias de prensa y lanzamientos de festivales.
«La Cova es como mi segundo hogar. Ahí hacemos las Jams las noches de los jueves, los ensayos de la banda y los lanzamientos para prensa de los festivales de jazz o los carnavales de invierno. En Córdoba quedan muy pocos lugares de tamaño íntimo para la música en vivo. El Teatro del Libertador es un lujo supremo, es el segundo teatro del país y uno de los más importantes del mundo, pero ahí estás a 25 metros de la gente. En La Cova tocás a centímetros del público, escuchando al que le gusta y al que no», explica.
Al reflexionar sobre el panorama musical local, el artista destaca la calidad técnica de las nuevas generaciones, aunque advierte sobre la escasez de espacios de programación continua: «En Córdoba hay músicos jóvenes e intermedios muy capos que tocan muy bien. Posiblemente faltan lugares para que tengan presencia durante todo el año. Un festival dura cinco o seis días y está buenísimo, pero después te quedan 360 días donde el músico necesita estar arriba del escenario compartiendo con la gente. Por eso nosotros nos movemos tanto: participamos en la Noche de las Peatonales, vamos al Cine-Teatro Monumental de Alta Gracia —donde nació la banda— o tocamos en festivales de colectividades. Abrir el abanico permite que un chico joven que iba a ver otra cosa se cruce con esta música y se enganche», enuncia.
Movimiento V. La Frecuencia Humana
En la conversación, también profundiza su mirada sobre el presente sociocultural, analizando cómo el avance del entorno digital ha modificado los vínculos humanos y el sentido del espectáculo en vivo. En este sentido, lanza un análisis muy interesante y dice: «En un mundo donde gran parte del día nos la pasamos detrás de una pantalla —sea el celular o la computadora—, donde las reuniones, los mensajes y los festejos son virtuales, de golpe estar frente a alguien que te está tocando un instrumento en vivo en tiempo real pasa a ser una cuestión medio hasta rara. Antes, ante cualquier eventualidad, ibas a la casa de un amigo a tomar una birra [estar ahí]; hoy le mandás un mensaje de WhatsApp y listo. Es más cómodo, pero se perdió el contacto».
En este sentido, hace mención de sus experiencias: «Lo veo en los shows: hay días donde te das cuenta de que la gente está muerta de ganas de hablar y de comunicarse porque se encuentra cara a cara con otro ser humano. Estás tocando y ves que se salen de las ganas de mirarse a los ojos y conversar. La música en vivo en estos espacios cumple la función de satisfacer esa necesidad impostergable de comunicación humana».
Esta resistencia artística se da en un contexto económico sumamente adverso, que Castillo describe con crudeza: «Sostener la cultura hoy está durísimo. La gente está recortando en todo: no compra carne, no compra pan, no compra los remedios en la farmacia, ¿qué va a ir a pagar una entrada a un teatro? En 45 años de banda, nosotros jamás vivimos una recesión así. Por eso nosotros ajustamos al máximo los precios de las entradas para el Libertador, entendiendo el esfuerzo enorme que significa para cualquiera sentarse a escuchar un concierto», advierte.
A la par de la autogestión musical, tres de los integrantes han sostenido sus vidas a través de la docencia pública —Castillo se desempeña como supervisor en el Ministerio de Educación de la Provincia—, canalizando los frutos del grupo en la posibilidad de viajar y difundir su obra.
Movimiento VI. Todo tiene un principio
El pasado 6 de julio, la trayectoria de la agrupación alcanzó su hito institucional más anhelado a nivel local cuando la Municipalidad de Córdoba les otorgó el Premio Jerónimo, el máximo galardón de la ciudad. Una distinción que se sumó a sus reconocimientos internacionales por parte del New Orleans Jazz Museum, galardones en Alemania y España, el Jazzología de Oro y el Premio ACE en Buenos Aires.
“Recibir premios por lo que uno hace, aunque no lo esté esperando siempre es grato”, comparte Castillo. Y reflexiona sobre lo que significó el galardón para el proyecto: “lo siento como con gran emoción, pero en el fondo -despojándome un poquito- siento que es justo también”.
Sin embargo, para la Small Jazz Band las distinciones y los aplausos cosechados no son una meta final, sino hermosas estaciones de paso de un viaje colectivo. Todo tiene un principio: y para este quinteto cordobés, ese principio de la magia, la emoción y el encuentro humano siempre ha estado y vuelve a estar sobre la sala de un bar o un gran escenario.
Las entradas para el concierto se pueden adquirir a través del sitio Autoentrada.com. Como antesala a la celebración, el grupo realizará su ensayo general abierto en La Cova del Drac (Belgrano 892- Barrio Güemes), espacio donde Francisco Castillo coordina las habituales jam sessions semanales de los jueves. Aún no ha anunciado fecha pero puede consultarse en el instagram oficial @small_jazz_band.









